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  • El celibato como esponsalidad con el Pueblo de Dios

    Una reflexión para la formación y la vida del clero latinoamericano a la luz de la entrega pastoral Basado en el artículo "Dios quiere curas casados" del Pbro. Dr. José María Recondo (Revista Pastores) En el contexto de la formación permanente del clero y el discernimiento vocacional en nuestros seminarios latinoamericanos, solemos abordar el celibato sacerdotal desde la óptica de la renuncia. Sin embargo, una profunda reflexión del Pbro. José María Recondo, titulada "Dios quiere curas casados", nos invita a dar un giro copernicano en nuestra comprensión de este don: el celibato no se entiende desde lo que se deja, sino desde lo que se abraza. Para el formador, el obispo y el sacerdote, comprender esta dinámica esponsal es la clave para evitar las tragedias humanas y espirituales que, a veces, empañan nuestro ministerio. De la renuncia a la atracción: el misterio de la llamada Si a un seminarista o a un fiel le preguntamos por qué el sacerdote "renuncia" al matrimonio, probablemente partiremos de una premisa equivocada. El celibato no es una imposición eclesiástica ni una mera contención. Como bien señala el Papa Francisco, nuestra vida no es el resultado de un "yo" aislado, sino la respuesta a una llamada de lo Alto. El celibato es fruto de una atracción. Dios no solo llama, sino que da la gracia para seguir esa llamada. Si no se entiende esta atracción esponsal hacia Dios y hacia su Pueblo, la renuncia se vuelve incomprensible e insostenible. Abordar el celibato desde la pura renuncia es "querer entrar por la puerta de salida". El peligro del "síndrome del solterón" y las "medias vidas" El Pbro. Recondo hace una distinción vital para nuestra formación: no es lo mismo ser soltero que ser solterón. El soltero puede tener un horizonte solidario y oblativo; el "solterón", en cambio, vive en una trinchera cavada por el egoísmo para defenderse de Dios y de la gente. Cuando un sacerdote no se "casa" con su misión, desarrolla lo que el autor denomina el "síndrome del solterón". Este es el caldo de cultivo de las "medias vidas": sacerdotes que tienen un pie en el ministerio y otro afuera, buscando su felicidad, descanso o compensación por fuera del rebaño. Y como advierte la experiencia pastoral, la "media vida" es antesala y tolerancia de la "doble vida", generando un dolor inmenso en las comunidades que creyeron en su pastor. "Casarse" con el rebaño: La paternidad espiritual Juan Pablo II recordaba en Pastores Dabo Vobis que el sacerdote está llamado a ser imagen viva de Cristo Esposo de la Iglesia. De aquí se desprende una verdad radical: no es posible vivir bien el celibato si uno no se "casa". Y casarse, en el lenguaje del pastoreo, significa entregar el corazón a Dios y a su Pueblo. El sacerdote está llamado a la paternidad. Podremos no tener hijos biológicos, pero no podemos no ser padres. Cuando un pastor no se "casa" con su gente, termina cuidándose a sí mismo en lugar de cuidar al rebaño, pasando del buen pastor al asalariado (cf. Jn 10,11-13). El verdadero celibatario por el Reino experimenta que su vida ya no le pertenece. Al igual que un hombre casado y un padre de familia, el sacerdote debe estar disponible, debe dejarse "molestar", interrumpir y desbordar por las necesidades de su gente. Como la imagen del ternero que importuna a la vaca para que le dé leche (San Cesáreo de Arlés), el Pueblo de Dios debe importunar el corazón del pastor. En esa entrega, donde el sacerdote siente el dolor y la alegría de su gente como propios, reside la felicidad y la plenitud de su celibato. El fundamento cristológico: Cristo, el Esposo Para que nuestros seminaristas y sacerdotes comprendan esto, debemos llevarlos al misterio de Cristo. Jesús no es célibe en el sentido de un "eunuco" o de alguien que simplemente prescindió del amor humano. Jesús es célibe para "casarse" con la humanidad. Su corazón expresa las características de un amor esponsal, de entrega total y de cercanía. Por lo tanto, tanto el celibato de Cristo como el celibato cristiano hallan su expresión adecuada no en la privación, sino en el rico y bello título de "Esposo". Un desafío para la Formación en OSLAM Esta reflexión nos interpela directamente en la labor que realizamos desde OSLAM en la formación del clero latinoamericano: En el discernimiento vocacional: No basta con evaluar si el candidato "aguantará" la regla del celibato. Debemos discernir si posee la capacidad afectiva, la libertad y la valentía para "casarse" con una porción del Pueblo de Dios, asumiendo los riesgos de la paternidad espiritual y la disponibilidad total. En la formación permanente: Debemos ayudar a nuestros sacerdotes a sanar las "medias vidas" y a huir de la comodidad del "solterón". El celibato se preserva con la entrega pastoral, y la entrega pastoral se preserva con el celibato bien entendido. En la misericordia: Ni el matrimonio ni el celibato están libres de cicatrices. Dios quiere sacerdotes "casados" con su pueblo, pero conscientes de que esta entrega solo es posible reverdeciendo y renaciendo una y otra vez desde la misericordia del Señor. La escasez de vocaciones o las crisis en el ministerio no se resolverán buscando atajos o compensaciones. Se superarán con una mayor radicalidad evangélica que nos permita recuperar la autoridad moral de una vida auténticamente entregada. Porque, en el fondo, Dios no quiere sacerdotes aislados; Dios quiere curas "casados" con su gente. Este artículo es una síntesis y adaptación pastoral basada en la reflexión "Dios quiere curas casados" del Pbro. Dr. José María Recondo, publicada en la Revista Pastores (Num. 67, Mayo 2020), material de gran valor para la formación permanente del clero: https://www.cuadernospastores.org.ar/wp-content/documents/PASTORESN67.pdf

  • Mons. Damián Nannini a formadores: "María nos ayuda a formar en los seminaristas el corazón de Dios"

    En el marco del curso para padres formadores de Seminarios Mayores que se desarrolla en Buenos Aires, el presidente de la Comisión Episcopal de Ministerios de la CEA ofreció una profunda reflexión sobre el rol de la Virgen en la formación presbiteral. 18 de julio de 2026. Basílica de Luján, Argentina. En el contexto del curso latinoamericano dirigido a los padres formadores de Seminarios Mayores, la comunidad vivió un intenso momento de oración y reflexión bajo la protección de la Virgen de Luján. La celebración eucarística fue presidida por Mons. Damián Nannini, obispo de San Miguel y presidente de la Comisión Episcopal de Ministerios de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA). Durante su homilía, el prelado se detuvo en la figura de la Santísima Virgen no solo como devoción popular, sino como el "primer amor del mundo según el plan de Dios" y el modelo perfecto de cómo responder al ideal de amor que Dios tiene para cada persona. Tomando como eje la mariología aplicada a la formación, Mons. Nannini invitó a los formadores a mirar la tarea educativa desde la escuela de María, destacando cinco actitudes fundamentales que la Virgen enseña a los futuros pastores: La primacía de la gracia "María es modelo de la recepción de la gracia. Eso que nos cuesta tanto: saber reconocer la primacía de la gracia de Dios", afirmó el obispo. Subrayó que María se dejó trabajar por Dios con total docilidad y disponibilidad "sin vacío", enseñando a los seminaristas que el ministerio no nace del esfuerzo humano, sino de dejarse amar y configurar por el Señor. Armonizar contemplación y acción Mons. Nannini destacó que María armoniza de modo natural la vida interior y el compromiso pastoral. "Ella pasa sencillamente de la contemplación de la Anunciación a la caridad de la Visitación, sin problema", explicó, invitando a los formadores a ayudar a los seminaristas a vivir esa tensión de manera saludable, integrando el silencio de la oración con la entrega al pueblo de Dios. La humildad del Magníficat El obispo señaló que en el Magníficat, María vive de un modo sencillo la tensión entre la gracia de Dios y su propia realidad humana. "Se alegra en Dios su Salvador, pero al mismo tiempo, sin falsedad, reconoce su propia pequeñez", reflexionó. Un realismo espiritual que aleja al seminarista de la soberbia y lo ancla en la verdad de su condición de criatura amada. Dar sentido a las renuncias evangélicas En uno de los puntos más emotivos, el presidente de la Comisión de Ministerios unió el "perder y encontrar" a Jesús en la vida de María con los consejos evangélicos. "Esto nos ayuda a dar sentido a la renuncia. Lo que tratamos de vivir con el celibato, con la pobreza, con la obediencia, son renuncias, pero con fidelidad", explicó. María, que aceptó entregar a su Hijo para la salvación del mundo, enseña a los futuros sacerdotes a entregar sus afectos para recibir, en cambio, a todos los hombres como hermanos. Formar el "corazón de Dios" Haciendo eco de los documentos de la Iglesia sobre la formación inicial, Mons. Nannini recordó que María tiene una parte activa y fundamental en el seminario: "Ella, como Madre, nos ayuda a formar en los otros el corazón de Dios. Los sentimientos de Cristo en nosotros". Una formación encarnada en el mundo Finalmente, el obispo advirtió sobre el riesgo de una espiritualidad desencarnada. "María nos enseña a vivir la encarnación entre Dios y los hombres de un mundo sano", exhortó, recordando que los sacerdotes no están llamados a huir del mundo, sino a vivir en él, con presencia, para ser testigos de que "Él es el Salvador del mundo". Desde OSLAM, nos unimos en oración para que, bajo el manto de la Virgen de Luján, los formadores sigan siendo guías fieles que ayudan a nacer en los seminaristas los mismos sentimientos de Cristo Buen Pastor.

  • El problema de la formación sacerdotal en los Seminarios: la fragilidad del sujeto en formación y la mediación pedagógica

    Pbro. Lic. Mauricio Damián Larrosa / Argentina Desde hace décadas el debate sobre la formación sacerdotal se ha centrado, con frecuencia, en el modelo institucional: Seminarios sí o Seminarios no, más abiertos o más cerrados. La hipótesis de estas páginas es que esa discusión, siendo importante, no alcanza el verdadero núcleo del problema. La principal dificultad de la formación sacerdotal no reside en el modelo institucional adoptado, sino en la particular condición de fragilidad propia del sujeto en discernimiento eclesial y en la calidad evangélica de la mediación ejercida por quienes lo acompañan. 1. La posición de fragilidad del sujeto en formación La condición del sujeto en formación es, en muchos aspectos, una condición de especial fragilidad. Quien ingresa al Seminario sabe que su itinerario depende del discernimiento de personas que poseen autoridad jerárquica para orientar, ralentizar o incluso interrumpir su camino hacia el ministerio ordenado. Aunque, desde el punto de vista pedagógico, un eventual retraso en el proceso se comprenda como una personalización de los tiempos formativos según las necesidades de cada candidato, en la experiencia concreta suele vivirse como una amenaza, un fracaso o incluso un castigo. Por otra parte, existe una tensión entre el sujeto ideal que presuponen los documentos y el sujeto real que inicia un proceso vocacional, es una tensión que atraviesa toda la formación sacerdotal. Los textos magisteriales describen, implícitamente, una persona dotada de una considerable madurez humana y cristiana, capaz de ejercer una notable libertad interior y de abrirse con sinceridad al discernimiento eclesial. Un ejemplo paradigmático puede encontrarse en el discernimiento de candidatos con tendencias homosexuales. Los documentos piden que el interesado manifieste esta realidad a sus formadores.[1] En el plano ideal, la exigencia resulta plenamente comprensible: supone honestidad, confianza en Dios y disponibilidad para dejarse discernir por la Iglesia. Sin embargo, en el plano existencial, esa apertura puede constituir un paso extremadamente difícil para quien experimenta esa tendencia como motivo de vergüenza, procura ocultarla, aún no la ha asumido plenamente, no tiene suficiente conciencia de ella o espera que disminuya con el paso del tiempo, evitando quizá poner en riesgo su camino hacia el sacerdocio. Más allá de este caso particular, el proceso formativo parece presuponer un sujeto capaz de un acto de confianza extraordinariamente profundo. No se le pide solamente que confíe en la institución o en sus formadores; se le pide, sobre todo, que se confíe a ellos. La diferencia no es menor. Confiar significa reconocer al otro como digno de crédito; confiarse implica entregar la propia historia, las propias heridas, los deseos más profundos y el futuro personal al discernimiento de otro. Mientras que al confiar el centro de la decisión permanece fundamentalmente en uno mismo, al confiarse el eje del discernimiento pasa, en buena medida, a situarse en quien acompaña el proceso. Se trata de un acto que compromete a la persona entera. Puede advertirse, entonces, la elevada estatura humana y cristiana que este proceso supone. 2. Cuando la institución dificulta la confianza A este desafío se añaden algunos elementos propios de la vida institucional que, aunque posean una justificación legítima, pueden ser experimentados como factores que infantilizan[2] y alimentan la desconfianza. Entre ellos se encuentran determinados estilos disciplinares excesivamente rígidos, donde el temor a correcciones o sanciones puede desalentar la apertura sincera. Cuando el formando percibe al formador principalmente como quien vigila, controla o evalúa su desempeño, difícilmente pueda experimentarlo al mismo tiempo como un padre y hermano al que confiar la propia intimidad y las heridas más profundas. La autoridad disciplinar, cuando ocupa el primer plano de la relación, puede terminar debilitando la confianza que requiere el acompañamiento formativo. También la distinción entre fuero interno y fuero externo, indispensable para proteger la conciencia y la libertad espiritual de la persona, puede ser interpretada por algunos candidatos como una invitación implícita a no revelar suficientemente su mundo interior a los formadores. Como consecuencia, no resulta extraño que algunos desarrollen una cierta duplicidad: una identidad que responde a las expectativas del proceso formativo y otra, más profunda, que permanece cuidadosamente resguardada. 3. El “falso” debate sobre el Seminario Esta percepción se ve reforzada, además, por una desconfianza bastante extendida en el clero hacia el propio “sistema” Seminario,[3] al que con frecuencia se atribuyen los problemas posteriores del ministerio sacerdotal. Sin embargo, como advierte Cencini, esta explicación se ha convertido en una fórmula repetitiva y poco fecunda.[4] Existen crisis que solo emergen con el paso de los años y en circunstancias concretas de la vida ministerial. Por ello, el problema no puede reducirse únicamente a la formación inicial, sino que debe comprenderse en continuidad con la formación permanente. Todo esto lleva a pensar que la condición de fragilidad propia del sujeto en formación no desaparece por el hecho de sustituir el Seminario por otras estructuras formativas. La vulnerabilidad del candidato permanece, cualquiera sea el modelo institucional adoptado. 4. La verdadera cuestión: crear las condiciones de la confianza teologal La verdadera condición de posibilidad de un auténtico proceso pedagógico parece encontrarse, más bien, en la creación de un clima profundamente evangélico. Un clima sostenido por la verdad, la caridad y la credibilidad de los formadores, capaz de hacer posible una confianza lúcida[5] y progresiva, hasta que el candidato pueda entregarse libremente por la fe al discernimiento de la Iglesia. Pero esta confianza no puede sostenerse únicamente sobre la simpatía personal o la afinidad afectiva con el formador. Requiere una verdadera mística de la mediación eclesial. A medida que la fe evangeliza los afectos, el seminarista puede abrirse a las mediaciones de la Iglesia con mayor libertad interior, superando progresivamente desconfianzas y temores. Este proceso le permite abrirse a quienes la Iglesia ha puesto para acompañar el discernimiento como un acceso importante al querer de Dios. En último término, confiarse al formador es un acto de fe antes que de afinidad afectiva, aunque nunca deje de estar condicionado por la afectividad y por la propia historia personal -en lo que se refiere a haberse "confiado" a alguien en otras oportunidades-. Lo que supone un proceso de maduración del corazón, que no se logra en poco tiempo. Lo que llamamos “alianza formativa” es una base necesaria a la que se debe llegar para que sea posible el camino, pero el proceso al que se apunta es más profundo e incluye diversas etapas y niveles. Hay realidades que exigen cierta altura espiritual, una mística que haga posible lo que parece imposible. Tal como ocurre en otros ámbitos de la vida cristiana. Por ejemplo, la propuesta de la castidad prematrimonial se formulaba, en otro contexto histórico, para personas que contraían matrimonio hacia los veinte años. Hoy, cuando el matrimonio suele postergarse hasta edades cercanas a los cuarenta, esa misma propuesta exige condiciones humanas, afectivas y espirituales muy distintas para resultar realmente vivible. No basta con afirmar el valor del ideal ni constatar la bondad y buena voluntad de las personas; también es necesario preguntarse por las condiciones concretas que hacen posible su realización. Se necesita una mística evangélica profunda. Del mismo modo, la formación sacerdotal no puede limitarse a proponer la confianza como una exigencia moral, sino que debe crear las condiciones humanas, espirituales y comunitarias que permitan que esa confianza nazca, crezca y madure de manera auténtica. En otras palabras, la formación inicial no solo debe discernir al candidato, sino que debe crear las condiciones de posibilidad para que el candidato pueda dejarse acompañar y discernir, y pueda construir una mística evangélica sólida. 5. La mediación de los formadores Desde esta perspectiva, la cuestión decisiva deja de ser dónde se forma un futuro sacerdote para preguntarse quiénes forman y desde qué calidad humana y espiritual ejercen esa mediación. Siguen siendo actuales las conclusiones de un famoso artículo de Imoda,[6] uno de los fundadores del Instituto de Psicología de la Gregoriana: más que grandes reformas institucionales, la condición indispensable es contar con formadores verdaderamente formados como tales. Porque el trabajo formativo no consiste, ante todo, en administrar una estructura, sino en ofrecer una presencia personal capaz de suscitar confianza, libertad interior y crecimiento. En este ámbito, antes que modificar las instituciones, resulta necesario que los propios formadores recorran un serio camino de formación permanente. 6. El valor pedagógico del Seminario Esto permite comprender también el valor específico del Seminario. Su finalidad no es aislar del mundo, sino crear un ámbito pedagógico donde sea posible una transformación profunda de la persona: la gestación de una personalidad sacerdotal.[7] Como ocurre en otros procesos intensivos de aprendizaje o incluso terapéuticos, ciertos cambios del corazón requieren un tiempo relativamente protegido, capaz de disminuir las múltiples posibilidades de evasión propias de la vida ordinaria. En una cultura marcada por la fragmentación, la aceleración, el entretenimiento permanente y el individualismo, la vida comunitaria estable, el ritmo pausado, el silencio, la oración y la convivencia cotidiana constituyen, paradójicamente, una propuesta profundamente contracultural. No se trata de defender un "encierro" permanente, sino de reconocer el valor pedagógico de un tiempo y un espacio que favorezcan la unificación interior y la configuración con Cristo. La cuestión es, entonces, cómo articular un proceso de maduración del corazón, para “tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús”, con una inserción progresiva en la misión y un adecuado "aterrizaje" en la vida pastoral. 7. La asimetría pedagógica y la docibilitas En definitiva, toda formación supone una cierta asimetría pedagógica. El problema no radica en que exista esa asimetría —porque sin ella no habría auténtica formación—, sino en cómo hacer que quien ocupa la posición más vulnerable pueda vivirla desde la confianza y no desde el miedo. La cuestión verdaderamente es: ¿cómo hacer habitable la inevitable vulnerabilidad del sujeto que está en formación? La respuesta se deja ver. No basta algo exterior, reformas de espacios o estructuras. Se necesitan formadores capaces de generar un clima auténticamente evangélico, sostenido por la verdad, la caridad y la credibilidad de sus propias vidas, y una seriedad institucional que favorezca la docibilitas, es decir, la disposición permanente a dejarse formar por Dios en lo concreto de la vida de cada día. No se trata, por ello, de defender o cuestionar el modelo "Seminario", sino de identificar la verdadera condición de posibilidad de toda formación cristiana: una autoridad que, precisamente por la verdad de su corazón y la calidad de su testimonio, haga posible que otro pueda confiarse libremente y crecer en el seguimiento de Cristo. Para favorecer este clima, se vuelve prioritaria tanto la rigurosa selección y preparación de quienes acompañan el proceso, como la urgencia de contar con un instrumento pedagógico institucional: un Proyecto Formativo integral, real, accesible y vivo. 8. Contar con un Proyecto Formativo Un elemento fundamental, y que con frecuencia está insuficientemente desarrollado en los Seminarios, es la existencia de un verdadero Proyecto Formativo. No se trata simplemente de un documento formal o de una exigencia administrativa, sino de un auténtico instrumento pedagógico. Hace a la seriedad institucional. El Proyecto Formativo ofrece al seminarista un mapa del camino que está llamado a recorrer: explicita los objetivos de cada etapa, los medios para alcanzarlos, los criterios de evaluación y las competencias que se espera que vaya adquiriendo progresivamente. De este modo, el proceso formativo no depende exclusivamente de la mayor o menor lucidez del formador, ni queda librado a apreciaciones puramente subjetivas. El discernimiento personal continúa siendo indispensable, pero se realiza dentro de un itinerario suficientemente objetivo, estable y compartido. Precisamente porque el camino está previamente explicitado, el seminarista puede comprender mejor lo que se espera de él, evaluar su propio crecimiento y convertirse en protagonista activo de su formación, acompañado por sus formadores. En este sentido, el Proyecto Formativo constituye también un importante factor de confianza institucional. El formando no solo deposita su confianza en una persona, sino también en una comunidad educativa que sabe hacia dónde quiere conducirlo. Cuando el Proyecto Formativo es conocido, coherente y efectivamente vivido por el equipo formador y por los seminaristas, fortalece la credibilidad del Seminario, disminuye la sensación de arbitrariedad y ayuda a que la inevitable asimetría pedagógica sea experimentada con mayor libertad y serenidad. La confianza deja entonces de descansar exclusivamente en las cualidades personales del formador para apoyarse también en una mediación institucional transparente, estable y compartida. La confianza lúcida formativa posee, por tanto, una doble dimensión: es interpersonal e institucional. El seminarista necesita poder confiarse a un formador, pero también confiar en un proyecto educativo que haga inteligible, estable y verificable el camino de su crecimiento. Solo la articulación de ambas dimensiones hace posible una auténtica pedagogía del discernimiento. 9. La formación de formadores como prioridad eclesial Tanto un modelo excesivamente disciplinario como otro carente de referencias claras pueden producir efectos igualmente nocivos. El primero favorece el miedo a la autoridad; el segundo, el desprecio o la indiferencia hacia ella. En ambos casos se debilita la confianza lúcida en las personas y en las mediaciones que la Iglesia ofrece para el discernimiento. Esta situación constituye el germen de la antiformación: alimenta la doble vida, favorece la percepción del itinerario formativo como una carrera de obstáculos o como un ejercicio de mera supervivencia institucional y termina convirtiéndose en terreno fértil para el clericalismo. Esta fragilidad puede aparecer en cualquier contexto formativo, cualquiera sea el lugar físico o la institución en que se desarrolle. Por ello, más que multiplicar reformas o modificar documentos, resulta decisivo invertir en la calidad humana, espiritual y pedagógica de quienes dan vida a esas instituciones. Por otro lado, ningún seminarista o sacerdote se imagina a sí mismo como futuro formador. La proyección ministerial suele dirigirse espontáneamente hacia la parroquia, la escuela, la misión o la docencia. La formación sacerdotal aparece, en cambio, como un destino circunstancial y transitorio. Sin embargo, se trata probablemente de uno de los ministerios más complejos de la Iglesia, pues exige integrar competencias espirituales, pedagógicas, psicológicas, comunitarias y de discernimiento. Precisamente por ello, el ministerio del formador requiere una preparación específica que difícilmente pueda improvisarse. La experiencia muestra que son necesarios varios años de formación especializada, acompañados del ejercicio concreto de la tarea, para adquirir las competencias que ella demanda. Las investigaciones sobre el desarrollo de la experticia en profesiones y actividades de alta complejidad muestran que el dominio de una práctica suele requerir aproximadamente una década de práctica deliberada y reflexiva.[8] Aunque estos estudios no se refieren directamente a la formación sacerdotal, resulta razonable pensar que un ministerio tan complejo como el de formar futuros presbíteros exige también largos años de aprendizaje, supervisión y experiencia acumulada.[9] A ello se suma un principio ampliamente reconocido por las ciencias de la educación: los procesos formativos significativos requieren estabilidad y continuidad. En consecuencia, la calidad de la formación sacerdotal depende, en buena medida, de la permanencia de formadores experimentados, capaces de madurar progresivamente en este servicio. Quizá también convenga preguntarse si la elección y permanencia de los formadores no deberían discernirse, además de por sus cualidades personales, como un auténtico carisma eclesial y un ministerio específico dentro del presbiterio. Si la Iglesia reconoce que determinadas tareas requieren una vocación particular y una preparación prolongada, parece razonable considerar la formación sacerdotal desde esa misma perspectiva De aquí se sigue otra consecuencia, frecuentemente subestimada: la estabilidad del equipo formador constituye un verdadero requisito pedagógico. La confianza no surge de manera inmediata; es una realidad que se construye lentamente a partir del conocimiento mutuo, la coherencia de vida y la experiencia compartida. Cada cambio de formador obliga al seminarista a iniciar nuevamente ese delicado proceso de apertura interior. Mientras aprende a conocer a quien lo acompaña y a discernir si puede confiarse verdaderamente a él, el proceso formativo puede ralentizarse o quedar reducido a una relación correcta pero superficial. Incluso algunos candidatos, para evitar el costo afectivo que implica volver a abrir su intimidad a otra persona, pueden optar por mantener un vínculo formal, preservando aspectos significativos de su mundo interior. Desde esta perspectiva, la estabilidad del equipo formador deja de ser una simple cuestión organizativa para convertirse en un elemento esencial de la pedagogía del discernimiento. 10. Conclusiones Toda pedagogía supone una paradoja: para crecer en libertad es necesario aceptar, durante un tiempo, una cierta dependencia. La cuestión no consiste en eliminar esa dependencia —lo que haría imposible toda formación— sino en lograr que sea vivida como una mediación de la libertad y no como una amenaza para ella. Esta paradoja adquiere una particular intensidad en la formación y el discernimiento de la vocación sacerdotal. El candidato no solo está llamado a aprender contenidos o adquirir habilidades, sino a confiar su propia vida al discernimiento de la Iglesia. Esa confianza no puede imponerse; solo puede suscitarse. Por ello, el verdadero desafío de la formación sacerdotal no consiste tanto en radicales cambios de estructuras cuanto en crear las condiciones humanas, espirituales y pedagógicas que hagan posible ese acto de confianza. En este sentido, el Seminario —'semillero'— está llamado a ser un verdadero "vivero" vocacional: un ámbito protegido, no para aislar de la realidad, sino para favorecer el crecimiento de una libertad interior suficientemente sólida. Como toda planta joven necesita un tiempo y un ambiente adecuados antes de ser trasplantada, también la vocación requiere un espacio donde pueda echar raíces, fortalecer su identidad y adquirir la consistencia necesaria para afrontar la complejidad del ministerio sacerdotal y su misión pastoral. De ahí se sigue una consecuencia ineludible. La principal inversión que la Iglesia puede realizar para mejorar la formación sacerdotal consiste en discernir, preparar y sostener formadores capaces de ejercer una auténtica paternidad espiritual evangélica. La calidad de la formación dependerá, en gran medida, de la calidad humana, espiritual y pedagógica de quienes la hagan posible. Invertir generosamente tiempo, recursos y estabilidad en la formación de formadores no es un aspecto secundario de la pastoral vocacional, sino una de las decisiones más estratégicas para el futuro del ministerio ordenado. En conclusión, la primera tarea de todo Seminario consiste precisamente en hacer posible ese acto de "confiarse". El mismo Seminario debe ser un clima donde sea posible dejarse formar. Las vocaciones no crecen simplemente donde existen buenos programas, sino allí donde encuentran personas e instituciones capaces de inspirar una confianza tan profunda, tan humana y teologal, que haga posible dejarse formar por Cristo a través de la Iglesia. [1] RFIS 200, Cf. Instrucción sobre los criterios de discernimiento vocacional en relación con las personas con tendencias homosexuales antes de su admisión al seminario y a las órdenes sagradas, AAS 97 (2005) [2] Recientemente en un encuentro de la organización de los Seminarios de Mexico (OSMEX) hablaron de la urgencia de pasar de una pedagogía (guiar al hijo /niño) a una “andragogía” (facilitar el aprendizaje del adulto), invitando a revisar los reglamentos de cada Seminario en este sentido. [3] En las discusiones del Sínodo sobre la Sinodalidad se percibió, en algunos momentos, una cierta mirada de sospecha hacia los Seminarios. Como fruto del trabajo del Grupo 4 se publicó el documento Revisión de la Ratio Fundamentalis desde una perspectiva sinodal misionera (2026), que ofrece una muy valiosa propuesta de conversión de las relaciones desde una perspectiva rica y sugerente. Sin embargo, el documento presenta algunas limitaciones metodológicas. La consulta internacional se sustentó en solo 59 contribuciones, mayoritariamente europeas, debido al escaso tiempo destinado al proceso de participación. Asimismo, resulta discutible que el anexo proponga como modelos experiencias fuertemente condicionadas por contextos muy particulares —como el período propedéutico desarrollado en parroquias de Rusia— sin explicitar suficientemente las circunstancias que las hacen posibles, entre ellas el reducido número de fieles y las grandes distancias geográficas. En este sentido, el documento transmite, al menos en algunos aspectos, la impresión de haber sido elaborado con una participación limitada de formadores en ejercicio, especialmente provenientes de contextos no europeos. [4] Cencini, A., ¿Ha cambiado algo en la Iglesia después de los escándalos sexuales? Análisis y propuestas para la formación, Salamanca 2016, 39. [5] MURILLO, J. A., Confianza Lúcida, Santiago de Chile 2012. [6] IMODA, F., “Alcune considerazioni sull’apporto della psicologia alla vita comunitaria”, en AA.VV., Comunione e comunità, (Teologia Sapienziale, 4) Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 1987, 103-139. [7] Cf. PDV 67 y 71. [8] Cf. K. ANDERS ERICSSON, MICHAEL J. PRIETULA, AND EDWARD T. COKELY; The Making of an Expert en Harvard Business Review 6 (2007) 115 -121. K. ANDERS ERICSSON, RALF TH. KRAMPE, AND CLEMENS TESCH-ROMER, The Role of Deliberate Practice in the Acquisition of Expert Performance en American Psychological Association 3 (1993) 363-406 [9] A diferencia de otras profesiones donde la experticia es técnica, en el formador es "artesanal y espiritual", ya que no trabaja con destrezas mecánicas, sino con el misterio de la libertad humana y la gracia.

  • Formadores vertebrados y con raíces: el desafío de acompañar con misericordia y humanidad

    Homilía del Arzobispo de Buenos Aires Mons. Jorge Ignacio García Cuerva a Formadores de Seminarios Buenos Aires, Argentina. – En el marco del Curso para Formadores de Seminarios Mayores que se está llevando a cabo en la Casa de Encuentro de OMP, el Arzobispo de Buenos Aires presidió la celebración eucarística el sábado 11 de julio de 2026 en la Catedral Metropolitana. Durante su homilía, dirigió a los sacerdotes presentes —y por extensión a toda la Organización de Seminarios de América Latina (OSLAM)— un profundo llamado a replantear la identidad, el estilo y el corazón de quien acompaña a los futuros presbíteros. Tomando como hilo conductor la vocación del profeta Isaías y el Evangelio de Mateo, el Arzobispo trazó tres grandes pilares para la formación sacerdotal en nuestro continente, culminando con una poderosa y gráfica alegoría sobre la anatomía espiritual del formador. Reconciliados con nuestra humanidad: No somos una "casta de elegidos" El primer llamado fue a tomar conciencia de nuestra fragilidad. Al igual que Isaías que exclama "¡Ay de mí, que soy un hombre de labios impuros!", el formador debe reconciliarse con su propia humanidad, con sus heridas y enterezas. "No somos una casta de elegidos porque seamos más puros o menos decaídos. Somos parte de nuestro pueblo", advirtió. El Arzobispo alertó sobre la tentación de separarse de la gente o de creer que el seminario es un bunker. "Un sacerdote que se olvida de sus raíces se transforma en un príncipe de la iglesia, creyendo que tiene sangre azul. Cuando en realidad tenemos que tener la sangre de nuestro pueblo, de ese pueblo del que Dios está enamorado y por el cual se encarnó". Formar, por tanto, es ayudar a que los seminaristas echen raíces y no avergüencen de su origen. Sanadores heridos: Testigos de la misericordia, no de la moralina Al reflexionar sobre el serafín que toca los labios de Isaías con la brasa para perdonar su culpa, el Arzobispo subrayó la urgencia de formar "testigos de la misericordia". Recordó que los formadores son "sanadores heridos", cuyo corazón está lleno de cicatrices que solo la infinita misericordia de Dios ha logrado curar. En contraste, advirtió sobre el peligro del formador que "levanta el dedito acusador" y lleva "un manual de moralina bajo el brazo". "Cuando nos olvidamos de nuestras propias heridas curadas por Dios, nos metemos en la vida de los demás y atamos pesadas cargas. Somos crueles con el nombre de la verdad", señaló, recordando que el valor absoluto no es la verdad fría, sino la caridad, y que a veces, por caridad, hay que saber callar para no hacer daño. Hombres de confianza, no de temor Abordando el Evangelio, donde Jesús repite "no teman", el Arzobispo hizo una fina distinción entre el miedo (ante un peligro concreto) y el temor (ante peligros imaginados o futuros). El formador está llamado a ser un hombre que confía profundamente en Dios, que no lo controla todo y que deja situaciones en las manos del Padre. Invitó a los formadores a perder el miedo a no tener todas las respuestas, citando al escritor uruguayo Mario Benedetti: "Cuando tuvimos todas las respuestas, nos cambiaron las preguntas". "Qué lindo poder ser sacerdotes que dicen 'no sé', que dicen 'busquemos juntos'. Sacerdotes que quieren vivir de manera sencilla porque no tienen todo claro y controlado, y por eso se confían en Dios". La alegoría del sacerdote vertebrado El Arzobispo regaló a los presentes una profunda alegoría para definir la anatomía espiritual del sacerdote como un vertebrado: "Un vertebrado se sostiene por dentro gracias a su estructura ósea, pero por fuera es blando, es carne", explicó. Por dentro, el sacerdote debe tener una columna vertebral firme. Es la estructura de su identidad sacerdotal, la fidelidad a la Iglesia, la solidez de la doctrina y su vida de oración. Es lo que lo sostiene, lo que le da postura para no doblegarse ante las modas culturales o las crisis. Sin esta estructura ósea interna, el sacerdote colapsa y no puede guiar a nadie. Por fuera, Pero todo vertebrado, por fuera, es blando, es músculo, es piel, es carne. Es la cercanía, la ternura, la escucha paciente, la misericordia y el olor a oveja. El Arzobispo advirtió sobre los dos extremos que enferman la formación sacerdotal: el sacerdote que es puro hueso por fuera, rígido, intransigente, frío. Si el formador saca su estructura ósea (la norma, la ley) para usarla como arma, golpea, hiere y quiebra a los seminaristas. El sacerdote que no tiene huesos por dentro: blando por dentro y por fuera; carece de identidad, de convicciones y de columna vertebral. No puede sostener el peso de la vocación ni ofrecer un camino seguro. La sabiduría del formador, el verdadero estilo de Jesús, consiste en tener la columna firme de la verdad y la doctrina, pero envuelta siempre en la carne blanda, cálida y acogedora de la caridad pastoral. Aquí estoy, envíame La homilía concluyó con una invitación a dejar que el Señor nos cure, nos reconcilie con nuestra fragilidad y nos llene de confianza. Solo desde esa humanidad asumida y abrazada por la misericordia, el formador de seminarios en América Latina puede hacer suyo el grito de Isaías y de tantos jóvenes que llaman a la puerta: "Aquí estoy, envíame". Desde OSLAM, agradecemos al Arzobispo de Buenos Aires por estas palabras que iluminan nuestra misión de acompañar la formación de los futuros pastores de la Iglesia en América Latina y el Caribe.

  • Decálogo para los formadores

    Pbro. Lic. Mauricio Damián Larrosa / Argentina 1.- Vivir el Seminario como una llamada a la conversión: a crecer y madurar como persona y como sacerdote, a ser más eucarístico, más pascual. Es estar en formación permanente. 2.- Quitarse de encima los prejuicios sobre la formación. Parece fácil, pero están escondidos, por lo que requieren tiempo. Algunos nos vienen de la cultura eclesiástica (“pobre, te mandaron al Seminario”, “es una estructura caduca”, “ahora que no haces nada… podrás?”, “eligen a lo selecto del clero, lo mejor”, “te envidian”, “qué carrera!”), otros son los recuerdos de la propia experiencia del que fuera nuestro Seminario, lo que “hicieron” con uno, lo bueno y lo malo, las personas de referencia, etc. Aquello era otro contexto y otras personas. Uno puede buscar inspiración, pero no repetir esquemas. 3.- Buscar amar, es oficio de amor. Siendo formador uno puede ser tan plenamente pastor como en otras tareas ministeriales. Pastorear es aprender a amar bien, a ser padres, a hacernos cargo de otros. Hay desafíos y gratificaciones, pero además es un privilegio de esperanza: ser testigos de la obra de Dios en la vida de jóvenes de hoy. La tarea formativa no consiste en hacer cumplir normas o en llegar a ciertas “expectativas de logro” sin más: su norte es la caridad. Amar es ayudar a crecer, y auctoritas indica capacidad para hacer crecer (no la idea de un poder directivo). En cuanto a las normas y al ejercicio de la autoridad, es bueno recordar que los planteamientos rígidos generan ocultamiento y sumisión, como la carencia de referencias claras, dispersión y desorientación. 4.- Querer aprender. Saber muy bien qué hay que hacer o cambiar en la formación inicial suele indicar más bien una torpeza pastoral, afectiva o intelectual. Si un padre de familia, en el contexto actual, dijera que sabe muy bien cómo educar a sus hijos, con la receta justa frente a los cambios culturales impresionantes que vivimos, es muy probable que se trate de uno que busca seguridades o que se cree “iluminado”, inclinaciones que pueden hacer mucho daño. Es bueno tener conciencia de que hay que estar siempre en búsqueda, dejándose guiar por la Iglesia Madre y por la realidad concreta. La brújula es el amor cristiano que nos hace creativos y audaces. 5.- Respetar y estimar a cada persona. Los seminaristas no son ni más ni menos que tus hermanos, en una etapa y en un proceso en el que la Iglesia confía a los formadores la tarea de acompañar y guiar. No hay dignidad mayor que ser bautizado, y en esta comunidad de iguales hay ministerios de diverso tipo, unos estructurales, esenciales, jerárquicos, pero al servicio de los que son hermanos (LG 32). No son niños. Es frecuente que un cura se queje diciendo de otro o de un obispo “¡me trata como a un seminarista!”, ¿Qué significa eso? ¿Como adulto? También es frecuente que al “llegar” a ser Diácono transeúnte parezca un insulto decir que es un seminarista, es decir, que está en formación inicial. Una tendencia a infantilizar y el clericalismo subyacen en esta visión de las cosas. Como en el caso del Catecumenado, el Seminario es mucho más y algo todavía distinto que un lugar físico, se trata de un camino.[1] 6.- Saber escuchar. Estar en formación permanente es aprender a obedecer: “Dios habla cada día, si hay un corazón que escucha” (Cencini). Esto implica: aprender de los formadores (antiguos y nuevos), de la gente que trabaja en el Seminario y de las comunidades, y de los mismos seminaristas. Las cosas existían antes que uno llegara. La tarea formativa nos trasciende. Forma la Iglesia en la que somos corresponsables. 7.- Enseñar, y también saber decir "no sé". El ser formador no supone estar capacitado para todo. En cuanto a la enseñanza siempre es mejor incentivar a que el otro encuentre por sí mismo la senda, hacer sentir el gusto de aprender, no dar la comida ya digerida. Frente a cualquier temática difícil o confusa suelen ser puntos luminosos ir a lo esencial, las verdades básicas, así como una mirada global y de conjunto. En todo aspecto de la formación es imprescindible valorar el disenso positivamente, no asustarse, y distinguir según el famoso aforismo: “en lo esencial unidad, en lo opinable libertad, en todo caridad”. Por otro lado, a veces se acusa a la formación de remarcar demasiado lo negativo. Cuando hay que corregir, hay que partir de lo bueno. Además, algunos vicios se combaten mejor haciendo crecer una virtud existente. “Padres, no exasperen a sus hijos…” (Col 3, 21) 8.- Dar testimonio, se educa con el ejemplo. Incrementar la vida de oración y ponerse “en orden” en cada dimensión: no podemos pedir a otros que tengan dirección espiritual si nosotros la hemos abandonado, por ejemplo, o pedir que se estudie si nosotros perdimos el hábito de lectura. También, como ocurre siempre con el Evangelio, debemos dar el testimonio de nuestra pobreza y de la misericordia de Dios. No debo esperar a vivir íntegramente el Evangelio para predicarlo, sino predicarlo con humildad. El hipócrita predica, pero no piensa mover ni siquiera un dedo, no lo intenta, no cree que sea posible vivirlo o, peor, piensa que es para otros, inferiores o en otra etapa que él ya superó. 9.- Buscar una formación específica. La Iglesia confía en la honestidad y responsabilidad de sus hijos sacerdotes. Se espera que cualquier cura frente a un encargo dedique un buen tiempo de reflexión y estudio sobre esa área pastoral, lo mismo que buscar guía en otros más experimentados. Es triste que existan formadores que nunca hayan estudiado la Pastores, la Ratio Internacional y la Nacional. Es un signo de responsabilidad básica -y de Caridad Pastoral- leer los textos fundamentales del oficio que se te confía y regresar cada tanto a ellos, así como aprovechar las instancias de formación para formadores. 10.- Somos servidores de la comunión y la reconciliación. En el Seminario saber estar con todos, no cerrarse a unos pocos; no crear divisiones. Buscar vivir la fraternidad sacerdotal con el equipo de formadores, y no escatimar esfuerzos en cultivar los vínculos: con el obispo, los presbíteros, la vida religiosa, las familias y las comunidades. Nuestra visión política partidaria, o nuestras tendencias ideológicas -incluso teológicas-, no deben convertirse en muro que impida ser reconocidos como sacerdote para todos. [1] “El Seminario en sus diversas formas (…) antes que ser un lugar o un espacio material, debe ser un ambiente espiritual, un itinerario de vida, una atmósfera que favorezca y asegure un proceso formativo…” (PdV 42).

  • Curso Latinoamericano para Formadores de Seminarios Mayores 2026

    Del 6 al 24 de julio en Buenos Aires, Argentina, Casa de Encuentro María Reina OMP La Organización de Seminarios Latinoamericanos OSLAM y el Consejo Episcopal Latinoamericano CELAM, invitan al XLVII Curso Latinoamericano para Formadores de Seminarios Mayores, en la ciudad de Buenos Aires, Argentina: Formación inicial en una Iglesia Sinodal Link para inscribirse: https://forms.gle/2RTbKJMEnkMEWZco8 Dirección: Casa de encuentro María Reina OMP. Av. Medrano 735, C1179AAM Cdad. Autónoma de Buenos Aires, Argentina: GPS: https://maps.app.goo.gl/WMZMFMWzUWU7niyo9 página web de la Casa: https://www.ompargentina.org.ar/casadeencuentro Ubicación de la casa en Maps: https://maps.app.goo.gl/RpF1irgrzwBDThRA9 Curso de modalidad presencial. Fecha del Curso: del 6 al 24 de julio de 2026. Llegada: domingo 5 de julio, salida: sábado 25 de julio. Los participantes deberán costear sus pasajes de llegada y salida, así como los gastos de lavandería personales. Clima a considerar: Durante el mes de julio 2026, en Buenos Aires, Argentina, se experimenta el clima típico del invierno austral, caracterizado por temperaturas frías a moderadas, humedad y días mayormente nublados. Es esencial llevar ropa de abrigo, incluyendo chaquetas, abrigos de lana, bufandas y ropa en capas para adaptarse a los cambios de temperatura entre la mañana y la tarde. Lavandería: La Casa no cuenta con servicio de lavandería interno ni lavaderos disponibles para uso de los huéspedes. Sin embargo, existe un servicio de lavandería externo cercano que ofrecemos como alternativa conveniente y que acepta pago con tarjeta. Lavado por volumen; Bolsa con hasta 7 prendas (remeras, pantalones, camisas, etc.); $10.000 (pesos argentinos, equivalentes a 7 dólares) Planchado por prenda: $6.000 (pesos argentinos equivales a 4.25 dólares) Conexión eléctrica: En Argentina, la conexión eléctrica estándar utiliza enchufes de tipo I (tres clavijas planas, dos en V y una vertical de tierra) con un voltaje de 220V. Se recomienda un adaptador si viaja desde países con enchufes diferentes. Divisas: En efectivo se utiliza el peso argentino. En la mayoría de lugares comerciales se aceptan tarjetas de débito y crédito. https://www.bna.com.ar/Personas La inversión del Curso incluye hospedaje, alimentación y formación: 1,250 USD. Favor de cancelar en efectivo. Destinatarios: Formadores de Seminarios o Casas de formación al sacerdocio que no hayan recibido una formación específica, así como aquellos que deseen actualizarse en los temas propuestos. Objetivos generales: Este curso propone releer la tarea formativa a la luz del camino sinodal de la Iglesia, entendiendo la formación inicial como una experiencia de comunión, corresponsabilidad y discernimiento compartido, orientada a formar pastores en clave de Pueblo de Dios. Al concluir el curso se espera que los participantes:  Hayan vivido una experiencia concreta de fraternidad y de acercamiento a la riqueza de la realidad latinoamericana.  Integren una visión panorámica de la tarea formativa, sus implicancias y sus principales instrumentos pedagógicos.  Asuman con claridad la identidad, misión y responsabilidades del formador como miembro de una comunidad formativa.  Valoren la necesidad de una preparación específica y de una formación permanente para este servicio eclesial.  Reconozcan el ministerio formativo como una gracia exigente y gozosa, capaz de enriquecer profundamente el propio sacerdocio.  Dispongan de criterios para discernir personalmente la llamada al servicio en la formación inicial.  Intercambien experiencias y desafíos de los Seminarios en las diversas regiones de América Latina.  Se familiaricen con los recursos que ofrecen OSLAM, CELAM y el CEBITEPAL para la formación permanente de formadores y seminaristas. Esquema general: Cada semana incluirá espacios específicos de taller, estudio de casos y trabajo grupal orientados a integrar los contenidos teóricos con situaciones formativas concretas. Primera semana: Fundamentos de la tarea formativa Se abordarán los elementos esenciales que sostienen y orientan la misión del formador en el contexto actual. 1. Historia de la formación sacerdotal y sus principales documentos magisteriales. 2. Horizontes teológico-pastorales del contexto actual. 3. El Seminario hoy: identidad, desafíos y perspectivas. 4. La formación integral y el acompañamiento comunitario. 5. El Proyecto Formativo y el Reglamento: necesidad, límites y posibilidades. 6. Identidad y perfil de la persona del formador. 7. Tareas del formador e instrumentos pedagógicos fundamentales. Énfasis de la primera semana: prevención de abusos, sinodalidad y responsabilidad en la tarea formativa. Segunda Semana: Herramientas para el acompañamiento personal de los seminaristas Se ofrecerán criterios y recursos para el acompañamiento humano y personal, atendiendo especialmente a los procesos de maduración. 1. La formación humana: aspectos generales. 2. Nociones básicas de psicología del desarrollo. 3. Antropología teológica de la vocación cristiana. 4. El acompañamiento personal y la entrevista formativa. 5. Intimidad y afectividad en la vida del formador. 6. La cuestión de la homosexualidad en el proceso formativo. 7. Aportes y límites de la psicología en la formación sacerdotal. Énfasis de la segunda semana: dimensión humana, afectividad, dinámicas personales de base y la entrevista formativa. Tercera semana: “Oficio de amor”: formar el corazón del pastor Se profundizará en la dimensión espiritual y pastoral de la formación, entendida como un verdadero servicio eclesial. 1. Jesucristo, nuestro divino formador. 2. La historia de la salvación como maestra de formación. 3. La dirección espiritual en el proceso formativo. 4. La espiritualidad apostólica. 5. La caridad pastoral como principio unificador. 6. Formar en la “radical forma comunitaria” del ministerio sacerdotal (PDV 17). Énfasis de la tercera semana: dimensión espiritual y pastoral, la “radical forma comunitaria” del ministerio sacerdotal, la espiritualidad del sacerdote diocesano y la convicción de que formamos, ante todo, con nuestro propio ser. Facilitadores: Primera Semana : Pbro. Lic. Mauricio Damián Larrosa. Rector del Seminario Mayor «San José», Diócesis de Morón, Argentina. Presidente de OSAR y Vicepresidente de OSLAM. Segunda Semana: Pbro. Lic. Juan Pablo Dreidemie. Rector del Seminario de Mendoza, Argentina. Licenciado en Psicología por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Miembro del Equipo Jeremías, dependiente de la Conferencia Episcopal Argentina, orientado a la promoción de la salud integral de los presbíteros. Tercera Semana: Mons. Doc. Mauricio Landra. Obispo auxiliar de la Diócesis de Mercedes-Luján, Argentina. Doctor en Derecho Canónico por la Pontificia Universidad Católica Argentina. Pbro. Lic. Carlos Coto Loría. Rector del Seminario Nacional “Ntra. Sra. de los Ángeles”, Costa Rica. Licenciado en teología bíblica por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma.

  • Educar el deseo: La vocación sacerdotal como camino hacia la amistad con Dios

    (Basado en el estudio teológico "Vocación y deseo" del P. Pedro Antonio Benítez Mestre publicado en la Revista Seminarios) En el corazón de cada joven que cruza las puertas de nuestros seminarios late una pregunta fundamental, a veces explícita y otras oculta: ¿Cómo puedo ser feliz? Lejos de ser una inquietud mundana que deba ser reprimida en favor de un supuesto "amor puro" y desinteresado, esta búsqueda de la felicidad es el punto de partida exacto de la antropología cristiana y el motor de toda vocación. Recientes reflexiones teológicas sobre el Catecismo de la Iglesia Católica nos invitan a redescubrir la vocación como un camino de deseo. Comprender cómo funciona el deseo humano es, hoy más que nunca, una tarea ineludible para quienes tenemos la responsabilidad de acompañar a los futuros pastores de la Iglesia en Latinoamérica. 1. Dios quiere que lo deseemos La tradición de la Iglesia, frente a ciertas corrientes históricas que pretendían un amor a Dios sin deseo de recompensa (como si la felicidad fuera un estorbo para la espiritualidad), ha reafirmado una verdad hermosa: Dios quiere que lo deseemos. El Catecismo nos recuerda que existe un «deseo natural de felicidad» (CEC 1718) y que Dios no cesa de llamar al hombre para que lo busque y encuentre la dicha (CEC 30). La vocación sacerdotal no es la anulación de los deseos humanos, sino su asunción, purificación y elevación. Dios sale al encuentro del deseo del hombre. La gracia no destruye nuestro anhelo de plenitud, sino que lo provoca, lo eleva y lo invita a participar de la vida trinitaria. Formar en el seminario, por tanto, no es apagar el fuego del deseo juvenil, sino enseñar a orientarlo hacia el único que puede saciarlo. 2. No deseamos solos: El rol del formador y la comunidad Uno de los descubrimientos más fascinantes de la filosofía personalista y la antropología contemporánea es que el deseo es interpersonal y mimético. No deseamos en el vacío; aprendemos a desear mirando a otros. El filósofo Maurice Nédoncelle y el pensador René Girard nos muestran que el deseo humano se estructura a través de "mediadores". Nosotros deseamos aquello que vemos encarnado en alguien a quien admiramos o amamos. ¿Qué significa esto para la formación sacerdotal? Significa que la vocación no es un proyecto individualista, sino profundamente comunitario. El seminarista no descubre su llamado mirando un manual de derecho canónico o aislado en su cuarto; lo descubre al ver el deseo de Dios encarnado en la vida de sus formadores, de sus compañeros y de su comunidad. Si el formador vive su sacerdocio con alegría y deseo de entrega, se convierte en un "mediador" que despierta en el seminarista el deseo de identificarse con ese ideal. Si, por el contrario, la comunidad formativa transmite un cristianismo triste, cínico o meramente funcional, el deseo del joven se apagará o se desviará. Como afirma el Catecismo: "Nadie puede creer solo... no puedo creer sin ser sostenido por la fe de los otros" (CEC 166). Lo mismo aplica al deseo vocacional: nadie desea el sacerdocio en soledad. 3. La Comunión de los Santos: Nuestros grandes modelos En última instancia, el camino del deseo cristiano desemboca en la Comunión de los Santos. San Bernardo de Claraval lo expresaba de manera magistral: no solo deseamos la compañía de los santos, sino que deseamos lo que ellos desean. La vocación es sumarse a una "cadena ininterrumpida" de amigos de Dios. El seminarista debe descubrir que, al aspirar al altar, no está solo; se está apoyando en el deseo de los apóstoles, de los padres de la Iglesia, de los santos patronos de su diócesis y de tantos sacerdotes santos que, antes que él, dejaron todo por la amistad con Cristo. La formación en el seminario debe ser un constante ejercicio de "contagio" de este deseo a través de la lectura de las vidas de los santos y la veneración de sus reliquias, entendiendo que ellos son los grandes mediadores de nuestro deseo de Dios. Desafíos prácticos A la luz de esta teología del deseo, podemos extraer tres pistas concretas para nuestra labor diaria en los seminarios: Acompañar el deseo, no reprimirlo: El discernimiento vocacional debe ayudar al seminarista a conocer su propio corazón. ¿Qué deseas realmente? ¿Buscas el sacerdocio por inercia, por necesidad de afecto, o por un deseo genuino de la amistad con Cristo y la entrega pastoral? La gracia supone la naturaleza; hay que llevar los deseos humanos a la luz para que la gracia los eleve. Ser testigos creíbles (Mediadores del deseo): Los formadores debemos revisar constantemente nuestra propia vida. ¿Nuestros seminaristas ven en nosotros a hombres que desean a Dios? ¿Nuestra fraternidad sacerdotal es un espacio donde el deseo de la santidad es contagioso? Nuestra vida es el primer "manual" de formación. Fomentar la amistad: La meta de la vocación es la plenitud de la amistad (con Dios y con los hermanos). El seminario no debe ser una fábrica de funcionarios sagrados, sino una escuela de amistad. Es en la experiencia de la fraternidad donde el joven aprende a desear el bien del otro y se prepara para la caridad pastoral. Formar el corazón del futuro sacerdote es, en gran medida, educar su deseo. Es ayudarlo a pasar de un deseo natural e inconsciente de felicidad, a un deseo provocado por la gracia, modelado por el testimonio de la Iglesia y orientado hacia la amistad eterna con la Trinidad. Que nuestros seminarios latinoamericanos sean, cada vez más, espacios donde se encienda y se oriente el santo deseo de seguir a Cristo, el Buen Pastor. Fuente: https://seminariosdigital.es/index.php/RevistaSeminarios/article/view/6262/4871

  • El desafío de formar el corazón: Claves para la formación sacerdotal en tiempos de posmodernidad del Pbro. Dr. José María Recondo

    Síntesis y edición basada en el Encuentro Nacional de Formadores - Boletín OSAR, Año 6, N° 12 Al asomarnos a los desafíos que la historia y la cultura contemporánea plantean a nuestros Seminarios, una certeza se impone con fuerza: el desafío de esta hora es formar el corazón. En los albores del Tercer Milenio, tras ser testigos de numerosas crisis y deserciones sacerdotales, no podemos seguir ingenuamente pensando que la solución a las fragilidades humanas y espirituales de nuestros seminaristas pasa por un mayor rigor académico. Las crisis no comienzan por la cabeza; comienzan por el corazón. Y es allí, en el núcleo afectivo-espiritual de la persona, donde la formación debe echar raíces. El peligro de formar "plateístas" en lugar de "jugadores" Existe una disociación peligrosa que a menudo se cuela en nuestras casas de formación: creer que entender un valor es lo mismo que haberlo integrado en la vida. Si usamos una analogía futbolística, debemos preguntarnos si estamos formando "plateístas" o "jugadores". En la platea están los más exigentes, los que saben todo lo que se debe hacer en la cancha, pero que al bajar al césped y tener la pelota en los pies, son incapaces de ejecutarlo. Muchos seminaristas egresan con un "discurso" teológico y moral impecable, pero con un corazón que no ha sido transformado por esas verdades. Se llega mucho más rápido a conocer la verdad que a realizar el bien. Formar el corazón supone el reto de conducir al formando desde la mera convención hasta la convicción profunda, esa que deja cicatrices en el alma y sostiene la entrega cuando el ministerio exige la donación total. El perfil del joven posmoderno Los jóvenes que llaman a las puertas de nuestros Seminarios traen consigo los rasgos de la posmodernidad. Por un lado, son acogedores, espontáneos, generosos y sensibles a lo espiritual. Pero, por otro, presentan desafíos acuciantes para la formación: Fragilidad identitaria y narcisismo: Un "yo" que exige ser el centro, con baja autoestima y necesidad constante de aprobación. Escaso sentido de fidelidad y del deber: Dificultad para asumir compromisos definitivos, teñidos de un hedonismo que busca "pasarla bien". Fe emocional: Una religiosidad que, si no se traduce en respuestas inmediatas a sus problemas existenciales, se vuelve superflua. Distanciamiento institucional: Pertenencia a la Iglesia solo mientras "se sienten a gusto". Si ante este panorama reaccionamos redoblando la apuesta por lo puramente racional, dejaremos a nuestros formandos a la intemperie en el campo donde son más débiles: el campo de la afectividad y las convicciones profundas. Las cuatro trampas en la integración de lo humano y lo espiritual El "corazón" es el lugar donde lo psicológico y lo espiritual se entrelazan. La gracia supone la naturaleza y la perfecciona. Sin embargo, en la tarea de discernimiento y acompañamiento, los formadores debemos evitar cuatro reduccionismos: Espiritualizar lo psicológico: Atribuir a la falta de espiritualidad lo que en realidad es inmadurez o patología psicológica. (Ej. Querer solucionar todo "haciendo rezar", o confundir defectos humanos con virtudes: el pseudo-manso que en realidad es pusilánime; el pseudo-comunitario que huye de la soledad). Psicologizar lo espiritual: Reducir todo fenómeno espiritual a una lectura psicológica, ignorando la realidad del pecado y de la gracia. Sobrenaturalizar lo espiritual: Ignorar las causas segundas, las leyes de la psicología y la dimensión humana, pretendiendo que todo se resuelve con intervenciones extraordinarias. Secularizar lo psicológico: Creer que la psicoterapia por sí sola madurará integralmente a la persona, delegando la formación humana y olvidando que el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. La pedagogía de la internalización y la autoridad cálida No basta con "echar buena semilla". Hay que arar la tierra. El formando debe transitar desde la sumisión (hacer las cosas por premio, castigo o complacencia con el formador), pasando por la identificación con un modelo, hasta llegar a la internalización y personalización de los valores. Para lograr esto, el equipo de formadores debe ejercer una autoridad que sea estricta pero cálida. La disciplina sin afecto genera neurosis o rebeldía; el afecto sin límites genera inseguridad. Solo la calidez afectiva combinada con un esquema que promueva el ejercicio responsable de la libertad, forja seminaristas creativos, seguros y capaces de la autotrascendencia que exige la caridad pastoral. El "Año en Parroquia": Que la parroquia los haga a ellos Una de las claves para madurar el corazón es el tiempo de experiencia pastoral. Como solemos decirles a los seminaristas: "La pretensión no es que ustedes hagan mucho en la parroquia, sino que la parroquia haga mucho en ustedes". Este tiempo no es un "año de pastoral" como un título académico más, sino una instancia vital para anticipar las crisis. Al salir de la estructura "protectora" del Seminario, el orden de vida se desarma y la vida de oración entra en crisis. Es mejor que esa crisis ocurra siendo seminarista, acompañados por sus formadores, a que estalle una vez ordenados y bajo la presión del ministerio. El objetivo no es que egresen con un "techo" de perfección, sino con un "piso" de madurez humana, espiritual y vocacional, y con la autoconciencia de saber qué les falta por recorrer. Formar para la Esperanza, no para el Optimismo Finalmente, formar el corazón es formar la vida teologal. Hoy es urgente distinguir entre optimismo y esperanza cristiana. El optimismo es una actitud psicológica que a menudo encubre desesperación o es un mecanismo de negación de la realidad dolorosa (el "está todo bien" de la cultura New Age). La esperanza cristiana, en cambio, se funda en la confianza en Quien promete. Los profetas no fueron hombres optimistas, fueron hombres esperanzados: miraban la crudeza de la realidad de frente, pero confiaban en Dios. Formar sacerdotes para el Tercer Milenio es transmitirles la convicción de que en la vida personal y en la construcción del Reino, siempre será más importante lo que Dios haga que lo que nosotros hagamos. El llamado de Dios a la formación de sus futuros sacerdotes nos exige una revisión constante. No podemos formar desde nuestras propias carencias afectivas o necesidades de aprobación. El Seminario no es un lugar para "aprobar" en todo momento, sino un espacio de gracia para que los inmaduros muestren sus fragilidades y, acompañados por la fraternidad y el amor de Dios, vean su corazón transformado en un corazón pastoral, capaz de dar la vida por la grey. Fuente: https://osar.org.ar/el-desafio-de-esta-hora-es-formar-el-corazon-pbro-dr-jose-maria-recondo-2000/

  • Pastores de la «magnífica humanidad»

    La formación sacerdotal a la luz de la Encíclica Magnifica Humanitas Las res novae de nuestro tiempo no solo interpelan a la sociedad civil, a los tecnólogos y a los legisladores; constituyen también un urgente llamado de atención para la vida eclesial y, de manera muy particular, para la formación de los futuros presbíteros. La reciente Carta Encíclica Magnifica Humanitas de Su Santidad León XIV, dedicada a la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial, traza un horizonte antropológico que los seminarios y casas de formación no pueden ignorar. En una época en la que el "paradigma tecnocrático" amenaza con reducir la realidad a meros datos y la persona a un recurso optimizable, el seminario está llamado a ser un santuario de la magnífica humanidad, un espacio donde se custodie la integridad del corazón humano frente a las promesas de una autosuficiencia ilusoria. Formar sacerdotes hoy exige discernir con lucidez entre la lógica de la eficiencia, que deshumaniza, y la lógica de la gracia, que salva. A continuación, se proponen cuatro ejes fundamentales para repensar el itinerario formativo a la luz del magisterio de León XIV. Contra la torre de Babel de la invulnerabilidad clerical La Encíclica advierte con claridad sobre las narrativas del transhumanismo, que conciben el límite humano como un defecto que debe ser corregido o superado. Lamentablemente, esta mentalidad a menudo se filtra en la vida consagrada y sacerdotal bajo la máscara de un clericalismo que exige al seminarista ser un sujeto siempre disponible, emocionalmente blindado y psicológicamente "optimizado". León XIV nos recuerda una verdad liberadora: «el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite» (n. 118). La formación sacerdotal debe abandonar el "síndrome de Babel", esa pretensión de construir una torre de autosuficiencia donde el ministro aparezca como un ser casi angelicado, carente de fragilidad. Por el contrario, el seminario debe ser el lugar donde el joven aprenda a integrar su propia contingencia, su dolor y su finitud. Un sacerdote que niega sus límites o que los oculta tras una máscara de infalibilidad no solo se expone a la deshumanización, sino que se vuelve incapaz de compasión hacia el pueblo que se le confíe. La verdadera madurez afectiva nace de aceptar la propia vulnerabilidad como el espacio donde la gracia de Dios se hace presente. Higiene de la atención y el cultivo de la sabiduría El Santo Padre denuncia que la omnipresencia de los medios digitales y la inmediatez de la información generan una cultura que «alimenta el cansancio, el aburrimiento y la apatía ante el esfuerzo que supone buscar la verdad» (n. 139). En el ámbito formativo, esto se traduce en el riesgo de reducir los estudios teológicos y espirituales a una mera acumulación de datos o a la elaboración de síntesis rápidas, tareas que cualquier algoritmo puede realizar en segundos. La formación sacerdotal exige promover una verdadera "higiene de la atención". El seminario debe custodiar el silencio, la lectura pausada, la oración litúrgica y el estudio reflexivo. Como sugiere el Pontífice, las verdades más profundas requieren tiempo y esfuerzo, «"frotando" los conceptos y las experiencias como si fueran pedernal, hasta que salte la chispa de la comprensión» (n. 140). No formamos técnicos de lo sagrado, sino hombres de oración capaces de habitar el misterio. La inteligencia artificial puede procesar información, pero solo un corazón humano, forjado en la paciencia y en el silencio, puede acceder a la sabiduría y a los mismos sentimientos de Cristo. De la cultura del poder a la civilización del amor en la autoridad Uno de los diagnósticos más lúcidos de Magnifica Humanitas es su denuncia de la "cultura del poder", la cual normaliza el dominio y reduce al otro a un instrumento. En el contexto de la formación, esto exige una vigilancia extrema contra todo tipo de abuso —de poder, de conciencia o espiritual—, el cual surge precisamente cuando se ignora la dignidad inalienable del seminarista. La autoridad en el seminario no puede ejercerse como un dominio tecnocrático o como un control asfixiante. El formador está llamado a ser un artesano de la "civilización del amor", cuya autoridad emana de la compasión y la intercesión. Reconocer la vulnerabilidad del joven en formación no como un dato a gestionar, sino como "tierra sagrada", es el antídoto contra la mercantilización de las personas. La formación debe educar la sensibilidad para que el futuro sacerdote aprenda a mirar a los fieles no como usuarios de un servicio religioso, sino como hermanos y hermanas de infinita dignidad, cuyas heridas requieren la cercanía del Buen Samaritano, no la frialdad de un protocolo. El verdadero "más que humano" es la Gracia Ante las promesas de una humanidad potenciada por la técnica, la Encíclica ofrece una respuesta teológica contundente: el verdadero "más que humano" no se alcanza mediante la hibridación con la máquina ni a través de la mera superación psicológica, sino exclusivamente a través de la gracia de Dios. El seminario no es un centro de optimización del rendimiento humano, sino el lugar del encuentro con el Verbo encarnado. La formación espiritual debe centrarse en este misterio: Cristo no vino a eliminar mágicamente nuestra condición creatural, sino a asumirla, a "vulnerabilizarse" en la cruz para redimirla. La Eucaristía, la Liturgia de las Horas y la vida sacramental son los medios por los cuales el seminarista es transformado desde dentro. Solo un sacerdote que ha experimentado en su propia carne la ternura del perdón y el consuelo de Dios puede ofrecer un ministerio que no sea una mera administración de ritos, sino un verdadero encuentro salvífico. El camino de Nehemías Su Santidad León XIV nos invita a no ser «espectadores resignados a las fracturas sociales y culturales, ni simples comentaristas de las ruinas», sino a tomar el modelo de Nehemías para reconstruir, ladrillo a ladrillo, la ciudad de la comunión (n. 241). Los formadores de hoy tienen la monumental tarea de forjar a los pastores del mañana. No necesitamos administradores de lo sagrado ni funcionarios de un paradigma tecnocrático. Necesitamos pastores con olor a oveja y a humanidad, capaces de habitar la magnífica humanidad que Dios ha creado, con sus grandezas y sus heridas. Necesitamos sacerdotes que, en un mundo acelerado y deshumanizado, sepan detenerse, escuchar, llorar con el que llora y señalar, con su propia vida vulnerable y redimida, que el verdadero poder de Dios se manifiesta en la misericordia. Esa es la magnífica humanidad que la Iglesia, y el mundo, esperan de sus pastores.

  • Caminar con los jóvenes: El rector como un papá y la semilla de la esperanza en América Latina

    Reflexiones del P. Manuel Antonio Penagos Plaza sobre la formación sacerdotal, la evangelización digital y la esperanza en medio de la convulsión social En una reciente conversación radial con el programa La verdad y punto de Radio Guatapurí, el padre Manuel Antonio Penagos Plaza compartió una mirada íntima y pastoral sobre la realidad de la formación sacerdotal en América Latina. Rector del Seminario Mayor de Girardot, coordinador nacional de rectores de seminarios vinculados a la Organización de Seminarios Latinoamericanos (OSLAM) y al CELAM, y reconocido por su labor de evangelización digital, el sacerdote colombiano recordó que, más allá de la academia o la administración, el corazón del seminario late en el acompañamiento humano y espiritual. “Más que un rector, un padre” Al preguntarle por su rol al frente de un seminario mayor, el padre Penagos respondió con claridad y calidez: “El rol es el papá. Allí tenemos nuestros jóvenes, que llegan con historias familiares diversas y con la valentía de haberse planteado entregar su vida. Mi experiencia no es la de un director administrativo, sino la de un padre que camina, escucha, orienta y forma para la entrega”. Esta visión encarna el espíritu que promueve OSLAM: una formación integral que no se limita a lo intelectual o pastoral, sino que se arraiga en la relación de confianza, la escucha atenta y el testimonio de vida. Formar sacerdotes hoy exige, ante todo, formar hombres capaces de amar como padres espirituales, de sostener a sus comunidades en tiempos de fragilidad y de recordarles, con palabras y gestos, que no están solos. Del papiro a la pantalla: una evangelización que nace del silencio El padre Penagos es ampliamente conocido por enviar cada madrugada reflexiones del Evangelio a cientos de miles de personas. Este ministerio digital, que hoy es un puente de cercanía para miles, nació de una pregunta sencilla y trascendente en 2014, tras la Semana Santa: “¿Y ahora qué? ¿Qué toca después de los ritos?”. Comenzó con un pequeño aviso en la parroquia invitando a recibir el Evangelio diario por WhatsApp. Hoy, esa iniciativa responde a un clamor silencioso pero profundo: “La gente tiene sed. En un mundo lleno de ruido, afanes y vacíos de sentido, la Palabra de Dios no llega para dar una clase, sino para ofrecer un norte. Mi misión es salir al encuentro de quien va en el bus, en la cocina o en la oficina, para decirle: aquí hay una palabra para ti hoy”. Lejos de sustituir la vida sacramental, la evangelización digital se convierte, en manos de formadores y pastores, en un extensión del púlpito y del confesionario: un espacio de encuentro, de consuelo y de recordatorio constante de la presencia de Dios en lo cotidiano. Vocación, contexto social y un llamado a la fraternidad La vocación del padre Penagos nació de una canción, de una clase de filosofía y del acompañamiento respetuoso de su padre, un policía retirado que, sin imponer, lo llevó personalmente al Seminario. Esa historia de apertura y discernimiento resuena hoy en un país marcado por la polarización, la violencia y la indiferencia juvenil frente a la fe y a la participación cívica. Frente a este escenario, su mensaje es claro: “Nos estamos acostumbrando a la indiferencia. Pero el Evangelio nos urge a recuperar la capacidad de mirar al otro no como un enemigo a vencer, sino como un hermano a descubrir. La regla de oro sigue vigente: amémonos los unos a los otros. Si pudiéramos tratarnos con respeto y coherencia, construiríamos un país muy lindo”. La formación sacerdotal, en este sentido, no es un refugio aislado de la realidad, sino una escuela de humanidad donde se aprende a dialogar, a sanar heridas y a ofrecer esperanza activa: “No una esperanza pasiva que espera a que las cosas cambien solas, sino la certeza de que Dios camina con Colombia, y con cada uno de nosotros, en este momento”. OSLAM y la formación que construye Iglesia Como coordinador nacional de rectores vinculados a OSLAM y al CELAM, el padre Penagos reafirma el compromiso de la Iglesia latinoamericana con una formación sacerdotal que responda a los signos de los tiempos, que integre la dimensión digital sin perder la profundidad espiritual, y que forme pastores con corazón de padre. La labor de los seminarios no solo forja sacerdotes; forja puentes entre la tradición y la contemporaneidad, entre el silencio de la oración y el ruido de la historia. Invitamos a la comunidad eclesial, a las familias y a todos los que creen en el poder de la formación integral, a seguir apoyando los seminarios, a orar por los rectores y formadores, y a reconocer en cada joven seminarista la semilla de un servicio que, arraigado en el Evangelio, busca ser luz y compañía para un mundo que necesita, más que nunca, padres espirituales. Para unirse al grupo de WhatsApp Orando la palabra: https://chat.whatsapp.com/Dg9rhlil2KNKiShzu3Gayd

  • Formación en la Omnipotencia del Amor

    Curso Virtual Latinoamericano impartido por el Pbro. Dr. Amedeo Cencini En un contexto eclesial que exige una renovación profunda y una respuesta honesta y evangélica a los desafíos contemporáneos, la formación integral de los futuros ministros y de quienes los acompañan se convierte en una prioridad ineludible. Recientemente, en el marco del Curso Virtual Latinoamericano para Directores Espirituales, Psicólogos de Seminarios y Formadores, el Pbro. Dr. Amedeo Cencini ofreció una propuesta formativa luminosa y desafiante, centrada en la vulnerabilidad, la teología y la verdadera naturaleza del poder divino. A continuación, compartimos una síntesis de los ejes fundamentales de este itinerario formativo, diseñado para transformar el acompañamiento desde el conocimiento intelectual hasta la sabiduría del corazón. 1. Vulnerabilidad y fragilidad: El punto de partida El padre Cencini comienza estableciendo una distinción crucial para la salud de cualquier proceso formativo: Vulnerabilidad: Es la condición natural de la criatura, limitada por naturaleza y expuesta a ser herida en múltiples niveles (físico, afectivo, psicológico y espiritual). No es un pecado, sino un espacio de apertura y necesidad de ayuda mutua. Fragilidad: Se define como una vulnerabilidad que ha sido herida, a menudo por no haber sido identificada a tiempo, dejando a la persona subjetivamente más expuesta a las pretensiones y al poder de los demás. La formación real comienza el día en que el joven (y el formador) es capaz de dar un nombre preciso a su propia vulnerabilidad, reconociéndola no como una falla, sino como el lugar donde Dios actúa. 2. Un itinerario formativo en tres etapas El acompañamiento no es solo una metodología, sino un "alimento" para el crecimiento permanente. El padre Cencini propone una estructura simétrica que vincula lo espiritual, lo psicopedagógico y lo salvífico: Teología (Conocimiento/Creación): Fase intelectual y espiritual donde el hombre reflexiona sobre Dios. Es la visión de Dios como objeto de reflexión, reconociendo los límites de nuestra inteligencia. Teofanía (Experiencia/Encarnación): Se pasa de la mente a la experiencia concreta y a la sensibilidad. Bíblicamente, no es tanto el hombre quien "hace experiencia de Dios", sino Dios quien hace experiencia del hombre (como con Abraham o Moisés), y el hombre responde a esa propuesta de relación. Teopatía (Sabiduría/Redención): Es el objetivo final. Consiste en la conversión de los gustos, afectos y deseos hacia los de Dios. Es adquirir un "nuevo saber" o sabiduría a través del misterio de la salvación, siendo capaces de amar a los demás con la misma sensibilidad con la que el Padre nos amó en nuestra propia fragilidad. 3. La vulnerabilidad de Dios y la crítica a la falsa omnipotencia Un punto central del curso fue desafiar la idea clásica de un Dios únicamente invulnerable. Dios elige ser vulnerable: En la Creación: Dios realiza un acto de "de-creación" o autolimitación, "echándose atrás" para dejar espacio a la libertad humana, asumiendo el riesgo divino de ser rechazado. En la Encarnación y la Cruz: Dios asume la vulnerabilidad humana de modo dramático, "vulnerabilizándose" al compartir la condición del pecador y el sufrimiento. En la Cruz, Jesús manifiesta su divinidad al optar por la impotencia: siendo libre de bajar de la cruz, elige no hacerlo para respetar la libertad del amado y generar una respuesta de amor igualmente libre. Citando a Bonhoeffer, Cencini advierte que Dios nos salva por su debilidad y sufrimiento, no por una omnipotencia mal entendida. Dios es, en realidad, omnipotente en el amor. 4. Autoridad vs. poder: El antídoto contra el abuso La formación debe ser una barrera contra el abuso, el cual surge cuando se ignora la propia vulnerabilidad o se utiliza la del otro para ejercer poder. Autoridad: Es un concepto cristiano que significa servicio para el crecimiento y la identidad del otro. Sus fuentes son la compasión (sufrir con el otro) y la intercesión. Un formador es creíble y tiene autoridad auténtica solo cuando es compasivo. Poder: No es un concepto cristiano; implica posesión, dominio y control del otro como si fuera un objeto. El curso alertó sobre el "mix" peligroso que surge al mezclar una idea distorsionada de la omnipotencia divina con un delirio de omnipotencia humana, lo que puede derivar en un "abuso vocacional" o en un clericalismo descrito como un estilo "autoerótico clerical", donde el ministro se pone a sí mismo en el centro en lugar de a Dios o al otro. 5. Educación de la sensibilidad La formación no consiste solo en cambiar conductas externas, sino en un proceso de evangelización de los sentimientos que dura toda la vida. Una sensibilidad sana reconoce la vulnerabilidad propia y ajena como un "lugar teológico" de encuentro y "tierra sagrada". En casos donde la sensibilidad está gravemente herida, el acompañamiento debe saber derivar hacia un apoyo profesional psicoterapéutico, integrando así la prudencia y la caridad. El ejemplo de San Pablo y su "espina en la carne" ilustra esta conversión definitiva: "Te basta mi gracia, mi poder se manifiesta en la debilidad". El auténtico poder de Dios no habita en la omnipotencia soñada, sino precisamente en su vulnerabilidad acogida. Conclusión El Curso Virtual Latinoamericano 2026 ha sido un llamado urgente a repensar el acompañamiento formativo. Acompañar en el camino hacia una formación integral exige dejar atrás las máscaras de infalibilidad y poder, para abrazar la "omnipotencia del amor" que se manifiesta en la compasión, el servicio y el respeto profundo por la historia de cada persona. Solo formadores que han integrado su propia vulnerabilidad y han sido tocados por la teopatía divina pueden guiar a las nuevas generaciones hacia una madurez humana y espiritual auténtica, libre de abusos y llena de la verdadera libertad de los hijos de Dios. Este espacio de aprendizaje y comunión eclesial reunió a una valiosa comunidad de religiosas, psicólogas y psicólogos, sacerdotes formadores y directores espirituales. La riqueza de las reflexiones se vio enormemente potenciada por la participación de representantes de 20 países: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Perú, Portugal, Puerto Rico, República Dominicana, Venezuela y Paraguay. Esta amplia convocatoria demuestra el compromiso transversal de la Iglesia en nuestra región por asumir el acompañamiento formativo con mayor profundidad, ética y humanidad. La Junta Directiva de OSLAM, agradece al Pbro. Dr. Amedeo Cencini por su generosa y valiosa participación en este Curso Virtual Latinoamericano. Su vasta trayectoria, sabiduría pastoral y su clara integración de la psicología y la espiritualidad han sido un verdadero regalo, brindando a los asistentes luces esenciales y herramientas prácticas para su delicada labor de acompañamiento. Gracias por enriquecer el trabajo formativo en América Latina.

  • Dios siempre ha caminado con nosotros

    Entrevista al P. Manuel Penagos, Rector del Seminario de Girardot, Presidente de la Organización de Seminarios en Colombia, Vocal de OSLAM Recientemente, rectores de seminarios y formadores de casas de estudio sacerdotal de toda Colombia se congregaron en el Seminario Mayor Juan Pablo II de Valledupar. El motivo: meditar, reflexionar y evaluar el estado actual de la formación sacerdotal en medio de una sociedad en constante transformación. En el marco de este encuentro, conversamos con el padre Manuel Penagos, quien comparte una visión lúcida, esperanzadora y profundamente pastoral sobre el camino vocacional hoy. El sacerdote que el mundo necesita: cercanía y coherencia Para el padre Manuel, la misión del seminario trasciende lo académico. Se trata de forjar hombres de integridad, con una sólida vida espiritual y humana, capaces de caminar al lado del Pueblo de Dios. «Necesitamos sacerdotes cercanos, hombres espirituales, capaces de ser testimonio y de transparentar la luz del Evangelio en las familias, los jóvenes, los universitarios y el mundo profesional», afirma. En una época marcada por la prisa y la fragmentación, la Iglesia apuesta por pastores que acompañen sin juicios, que comprendan las crisis personales y sociales, y que vivan su entrega con coherencia y alegría. No se buscan figuras distantes, sino hermanos que sepan sanar heridas y caminar al ritmo de la gente. Retos de una generación en busca de raíces profundas Los candidatos llegan al seminario marcados por la realidad contemporánea: familias en crisis, carencias afectivas, presión por el éxito inmediato y una cultura digital que a veces prioriza la apariencia sobre la profundidad. «Muchos jóvenes ponen sus raíces en tierra movediza; crecen, pero no profundizan», señala el padre Penagos. Frente a esto, la formación exige paciencia y acompañamiento personalizado. «Como en la agricultura, hay que preparar la tierra, regar, esperar y no apresurar la cosecha». La tarea formativa se enriquece con el apoyo profesional en salud mental y psicología, la participación activa de los laicos y familias ejemplares (en línea con la sinodalidad que promueve el papa Francisco), y, sobre todo, con formadores que sepan escuchar, discernir y guiar sin imponer. Cuatro dimensiones, un solo corazón: la intimidad con Dios La formación sacerdotal se articula en cuatro ejes inseparables: humano, espiritual, intelectual y pastoral. «Cuando logramos equilibrar estas dimensiones, proyectamos el sacerdote que el pueblo necesita», explica el rector. Sin embargo, advierte con claridad pastoral: sin una vida de oración profunda, el ministerio corre el riesgo de volverse administrativo. «Sin intimidad con el Señor, el sacerdote vive vacío; se convierte en un funcionario que solo administra sacramentos y actividades. Si la copa no está rebosando, ¿qué podremos dar a los demás?», recuerda citando a santa Teresa de Jesús. La Liturgia de las Horas y el Rosario son pilares disciplinarios, pero lo central es ese encuentro personal y silencioso con Cristo: la visita al Santísimo, la lectura orante de la Palabra y la revisión de vida a la luz del Evangelio. «Es su Palabra la que nos da vida», concluye. «No hay crisis vocacional, hay crisis de ejemplo» Ante el frecuente discurso sobre una supuesta escasez de vocaciones, el padre Manuel es categórico: «No hay crisis vocacional. Si hablamos de crisis, también tendríamos que hablar de crisis matrimonial o familiar. Lo que falta es llegar, animar y arrastrar con el ejemplo». Invita a los jóvenes a descubrir que Dios no es un juez lejano, ni un castigo, ni una idea abstracta. Es presencia viva, fuente de alegría y paz. «Cada vez que me entrego, soy feliz. La verdadera felicidad está en Dios, en caminar con Él. Dios es felicidad, es alegría, es fe, es mi tranquilidad». Comparte una anécdota del padre Rafael García Herreros, quien, al ver a un joven detenido por la policía desde un bus en Bogotá, dijo: «Si yo fuera ese policía, le daría una segunda oportunidad». Esa mirada de misericordia, añade el padre Penagos, es la que Dios nos ofrece constantemente: «Siempre está esperando, siempre quiere contar con nosotros. Qué lindo poder responderle». Un llamado a orar y caminar juntos La conversación cierra con una petición sencilla pero profunda: orar por los sacerdotes, especialmente por los rectores y formadores que cargan con la delicada tarea de moldear futuros pastores en un mundo vertiginoso. «No es fácil, pero vale la pena», reconoce. Mientras la Iglesia colombiana renueva su compromiso con la formación, una verdad permanece inquebrantable, tal como reza el título de esta reflexión: Dios siempre ha caminado con nosotros. Y mientras haya jóvenes dispuestos a escuchar su voz, y comunidades dispuestas a acompañarlos con paciencia, testimonio y oración, la vocación seguirá floreciendo como semilla en buena tierra. Ver la entrevista completa: https://www.facebook.com/ALEGRIAYGOZO/videos/980572461108300

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