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El desafío de formar el corazón: Claves para la formación sacerdotal en tiempos de posmodernidad del Pbro. Dr. José María Recondo

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Síntesis y edición basada en el Encuentro Nacional de Formadores - Boletín OSAR, Año 6, N° 12


Al asomarnos a los desafíos que la historia y la cultura contemporánea plantean a nuestros Seminarios, una certeza se impone con fuerza: el desafío de esta hora es formar el corazón.

En los albores del Tercer Milenio, tras ser testigos de numerosas crisis y deserciones sacerdotales, no podemos seguir ingenuamente pensando que la solución a las fragilidades humanas y espirituales de nuestros seminaristas pasa por un mayor rigor académico. Las crisis no comienzan por la cabeza; comienzan por el corazón. Y es allí, en el núcleo afectivo-espiritual de la persona, donde la formación debe echar raíces.


El peligro de formar "plateístas" en lugar de "jugadores"

Existe una disociación peligrosa que a menudo se cuela en nuestras casas de formación: creer que entender un valor es lo mismo que haberlo integrado en la vida. Si usamos una analogía futbolística, debemos preguntarnos si estamos formando "plateístas" o "jugadores". En la platea están los más exigentes, los que saben todo lo que se debe hacer en la cancha, pero que al bajar al césped y tener la pelota en los pies, son incapaces de ejecutarlo.

Muchos seminaristas egresan con un "discurso" teológico y moral impecable, pero con un corazón que no ha sido transformado por esas verdades. Se llega mucho más rápido a conocer la verdad que a realizar el bien. Formar el corazón supone el reto de conducir al formando desde la mera convención hasta la convicción profunda, esa que deja cicatrices en el alma y sostiene la entrega cuando el ministerio exige la donación total.


El perfil del joven posmoderno

Los jóvenes que llaman a las puertas de nuestros Seminarios traen consigo los rasgos de la posmodernidad. Por un lado, son acogedores, espontáneos, generosos y sensibles a lo espiritual. Pero, por otro, presentan desafíos acuciantes para la formación:


  • Fragilidad identitaria y narcisismo: Un "yo" que exige ser el centro, con baja autoestima y necesidad constante de aprobación.

  • Escaso sentido de fidelidad y del deber: Dificultad para asumir compromisos definitivos, teñidos de un hedonismo que busca "pasarla bien".

  • Fe emocional: Una religiosidad que, si no se traduce en respuestas inmediatas a sus problemas existenciales, se vuelve superflua.

  • Distanciamiento institucional: Pertenencia a la Iglesia solo mientras "se sienten a gusto".


Si ante este panorama reaccionamos redoblando la apuesta por lo puramente racional, dejaremos a nuestros formandos a la intemperie en el campo donde son más débiles: el campo de la afectividad y las convicciones profundas.


Las cuatro trampas en la integración de lo humano y lo espiritual

El "corazón" es el lugar donde lo psicológico y lo espiritual se entrelazan. La gracia supone la naturaleza y la perfecciona. Sin embargo, en la tarea de discernimiento y acompañamiento, los formadores debemos evitar cuatro reduccionismos:


  1. Espiritualizar lo psicológico: Atribuir a la falta de espiritualidad lo que en realidad es inmadurez o patología psicológica. (Ej. Querer solucionar todo "haciendo rezar", o confundir defectos humanos con virtudes: el pseudo-manso que en realidad es pusilánime; el pseudo-comunitario que huye de la soledad).

  2. Psicologizar lo espiritual: Reducir todo fenómeno espiritual a una lectura psicológica, ignorando la realidad del pecado y de la gracia.

  3. Sobrenaturalizar lo espiritual: Ignorar las causas segundas, las leyes de la psicología y la dimensión humana, pretendiendo que todo se resuelve con intervenciones extraordinarias.

  4. Secularizar lo psicológico: Creer que la psicoterapia por sí sola madurará integralmente a la persona, delegando la formación humana y olvidando que el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado.


La pedagogía de la internalización y la autoridad cálida

No basta con "echar buena semilla". Hay que arar la tierra. El formando debe transitar desde la sumisión (hacer las cosas por premio, castigo o complacencia con el formador), pasando por la identificación con un modelo, hasta llegar a la internalización y personalización de los valores.

Para lograr esto, el equipo de formadores debe ejercer una autoridad que sea estricta pero cálida. La disciplina sin afecto genera neurosis o rebeldía; el afecto sin límites genera inseguridad. Solo la calidez afectiva combinada con un esquema que promueva el ejercicio responsable de la libertad, forja seminaristas creativos, seguros y capaces de la autotrascendencia que exige la caridad pastoral.


El "Año en Parroquia": Que la parroquia los haga a ellos

Una de las claves para madurar el corazón es el tiempo de experiencia pastoral. Como solemos decirles a los seminaristas: "La pretensión no es que ustedes hagan mucho en la parroquia, sino que la parroquia haga mucho en ustedes".


Este tiempo no es un "año de pastoral" como un título académico más, sino una instancia vital para anticipar las crisis. Al salir de la estructura "protectora" del Seminario, el orden de vida se desarma y la vida de oración entra en crisis. Es mejor que esa crisis ocurra siendo seminarista, acompañados por sus formadores, a que estalle una vez ordenados y bajo la presión del ministerio. El objetivo no es que egresen con un "techo" de perfección, sino con un "piso" de madurez humana, espiritual y vocacional, y con la autoconciencia de saber qué les falta por recorrer.


Formar para la Esperanza, no para el Optimismo

Finalmente, formar el corazón es formar la vida teologal. Hoy es urgente distinguir entre optimismo y esperanza cristiana. El optimismo es una actitud psicológica que a menudo encubre desesperación o es un mecanismo de negación de la realidad dolorosa (el "está todo bien" de la cultura New Age).


La esperanza cristiana, en cambio, se funda en la confianza en Quien promete. Los profetas no fueron hombres optimistas, fueron hombres esperanzados: miraban la crudeza de la realidad de frente, pero confiaban en Dios. Formar sacerdotes para el Tercer Milenio es transmitirles la convicción de que en la vida personal y en la construcción del Reino, siempre será más importante lo que Dios haga que lo que nosotros hagamos.


El llamado de Dios a la formación de sus futuros sacerdotes nos exige una revisión constante. No podemos formar desde nuestras propias carencias afectivas o necesidades de aprobación. El Seminario no es un lugar para "aprobar" en todo momento, sino un espacio de gracia para que los inmaduros muestren sus fragilidades y, acompañados por la fraternidad y el amor de Dios, vean su corazón transformado en un corazón pastoral, capaz de dar la vida por la grey.


 
 
 

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