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Reflexiones del P. Manuel Antonio Penagos Plaza sobre la formación sacerdotal, la evangelización digital y la esperanza en medio de la convulsión social


En una reciente conversación radial con el programa La verdad y punto de Radio Guatapurí, el padre Manuel Antonio Penagos Plaza compartió una mirada íntima y pastoral sobre la realidad de la formación sacerdotal en América Latina. Rector del Seminario Mayor de Girardot, coordinador nacional de rectores de seminarios vinculados a la Organización de Seminarios Latinoamericanos (OSLAM) y al CELAM, y reconocido por su labor de evangelización digital, el sacerdote colombiano recordó que, más allá de la academia o la administración, el corazón del seminario late en el acompañamiento humano y espiritual.


“Más que un rector, un padre”

Al preguntarle por su rol al frente de un seminario mayor, el padre Penagos respondió con claridad y calidez: “El rol es el papá. Allí tenemos nuestros jóvenes, que llegan con historias familiares diversas y con la valentía de haberse planteado entregar su vida. Mi experiencia no es la de un director administrativo, sino la de un padre que camina, escucha, orienta y forma para la entrega”.

Esta visión encarna el espíritu que promueve OSLAM: una formación integral que no se limita a lo intelectual o pastoral, sino que se arraiga en la relación de confianza, la escucha atenta y el testimonio de vida. Formar sacerdotes hoy exige, ante todo, formar hombres capaces de amar como padres espirituales, de sostener a sus comunidades en tiempos de fragilidad y de recordarles, con palabras y gestos, que no están solos.


Del papiro a la pantalla: una evangelización que nace del silencio

El padre Penagos es ampliamente conocido por enviar cada madrugada reflexiones del Evangelio a cientos de miles de personas. Este ministerio digital, que hoy es un puente de cercanía para miles, nació de una pregunta sencilla y trascendente en 2014, tras la Semana Santa: “¿Y ahora qué? ¿Qué toca después de los ritos?”.

Comenzó con un pequeño aviso en la parroquia invitando a recibir el Evangelio diario por WhatsApp. Hoy, esa iniciativa responde a un clamor silencioso pero profundo: “La gente tiene sed. En un mundo lleno de ruido, afanes y vacíos de sentido, la Palabra de Dios no llega para dar una clase, sino para ofrecer un norte. Mi misión es salir al encuentro de quien va en el bus, en la cocina o en la oficina, para decirle: aquí hay una palabra para ti hoy”.

Lejos de sustituir la vida sacramental, la evangelización digital se convierte, en manos de formadores y pastores, en un extensión del púlpito y del confesionario: un espacio de encuentro, de consuelo y de recordatorio constante de la presencia de Dios en lo cotidiano.


Vocación, contexto social y un llamado a la fraternidad

La vocación del padre Penagos nació de una canción, de una clase de filosofía y del acompañamiento respetuoso de su padre, un policía retirado que, sin imponer, lo llevó personalmente al Seminario. Esa historia de apertura y discernimiento resuena hoy en un país marcado por la polarización, la violencia y la indiferencia juvenil frente a la fe y a la participación cívica.


Frente a este escenario, su mensaje es claro: “Nos estamos acostumbrando a la indiferencia. Pero el Evangelio nos urge a recuperar la capacidad de mirar al otro no como un enemigo a vencer, sino como un hermano a descubrir. La regla de oro sigue vigente: amémonos los unos a los otros. Si pudiéramos tratarnos con respeto y coherencia, construiríamos un país muy lindo”.


La formación sacerdotal, en este sentido, no es un refugio aislado de la realidad, sino una escuela de humanidad donde se aprende a dialogar, a sanar heridas y a ofrecer esperanza activa: “No una esperanza pasiva que espera a que las cosas cambien solas, sino la certeza de que Dios camina con Colombia, y con cada uno de nosotros, en este momento”.


OSLAM y la formación que construye Iglesia


Como coordinador nacional de rectores vinculados a OSLAM y al CELAM, el padre Penagos reafirma el compromiso de la Iglesia latinoamericana con una formación sacerdotal que responda a los signos de los tiempos, que integre la dimensión digital sin perder la profundidad espiritual, y que forme pastores con corazón de padre. La labor de los seminarios no solo forja sacerdotes; forja puentes entre la tradición y la contemporaneidad, entre el silencio de la oración y el ruido de la historia.


Invitamos a la comunidad eclesial, a las familias y a todos los que creen en el poder de la formación integral, a seguir apoyando los seminarios, a orar por los rectores y formadores, y a reconocer en cada joven seminarista la semilla de un servicio que, arraigado en el Evangelio, busca ser luz y compañía para un mundo que necesita, más que nunca, padres espirituales. Para unirse al grupo de WhatsApp Orando la palabra: https://chat.whatsapp.com/Dg9rhlil2KNKiShzu3Gayd

Entrevista al P. Manuel Penagos, Rector del Seminario de Girardot, Presidente de la Organización de Seminarios en Colombia, Vocal de OSLAM


Recientemente, rectores de seminarios y formadores de casas de estudio sacerdotal de toda Colombia se congregaron en el Seminario Mayor Juan Pablo II de Valledupar. El motivo: meditar, reflexionar y evaluar el estado actual de la formación sacerdotal en medio de una sociedad en constante transformación. En el marco de este encuentro, conversamos con el padre Manuel Penagos, quien comparte una visión lúcida, esperanzadora y profundamente pastoral sobre el camino vocacional hoy.


El sacerdote que el mundo necesita: cercanía y coherencia

Para el padre Manuel, la misión del seminario trasciende lo académico. Se trata de forjar hombres de integridad, con una sólida vida espiritual y humana, capaces de caminar al lado del Pueblo de Dios.

«Necesitamos sacerdotes cercanos, hombres espirituales, capaces de ser testimonio y de transparentar la luz del Evangelio en las familias, los jóvenes, los universitarios y el mundo profesional», afirma.

En una época marcada por la prisa y la fragmentación, la Iglesia apuesta por pastores que acompañen sin juicios, que comprendan las crisis personales y sociales, y que vivan su entrega con coherencia y alegría. No se buscan figuras distantes, sino hermanos que sepan sanar heridas y caminar al ritmo de la gente.


Retos de una generación en busca de raíces profundas

Los candidatos llegan al seminario marcados por la realidad contemporánea: familias en crisis, carencias afectivas, presión por el éxito inmediato y una cultura digital que a veces prioriza la apariencia sobre la profundidad.

«Muchos jóvenes ponen sus raíces en tierra movediza; crecen, pero no profundizan», señala el padre Penagos. Frente a esto, la formación exige paciencia y acompañamiento personalizado. «Como en la agricultura, hay que preparar la tierra, regar, esperar y no apresurar la cosecha».

La tarea formativa se enriquece con el apoyo profesional en salud mental y psicología, la participación activa de los laicos y familias ejemplares (en línea con la sinodalidad que promueve el papa Francisco), y, sobre todo, con formadores que sepan escuchar, discernir y guiar sin imponer.


Cuatro dimensiones, un solo corazón: la intimidad con Dios

La formación sacerdotal se articula en cuatro ejes inseparables: humano, espiritual, intelectual y pastoral. «Cuando logramos equilibrar estas dimensiones, proyectamos el sacerdote que el pueblo necesita», explica el rector.

Sin embargo, advierte con claridad pastoral: sin una vida de oración profunda, el ministerio corre el riesgo de volverse administrativo.

«Sin intimidad con el Señor, el sacerdote vive vacío; se convierte en un funcionario que solo administra sacramentos y actividades. Si la copa no está rebosando, ¿qué podremos dar a los demás?», recuerda citando a santa Teresa de Jesús.

La Liturgia de las Horas y el Rosario son pilares disciplinarios, pero lo central es ese encuentro personal y silencioso con Cristo: la visita al Santísimo, la lectura orante de la Palabra y la revisión de vida a la luz del Evangelio. «Es su Palabra la que nos da vida», concluye.


«No hay crisis vocacional, hay crisis de ejemplo»

Ante el frecuente discurso sobre una supuesta escasez de vocaciones, el padre Manuel es categórico: «No hay crisis vocacional. Si hablamos de crisis, también tendríamos que hablar de crisis matrimonial o familiar. Lo que falta es llegar, animar y arrastrar con el ejemplo».

Invita a los jóvenes a descubrir que Dios no es un juez lejano, ni un castigo, ni una idea abstracta. Es presencia viva, fuente de alegría y paz. «Cada vez que me entrego, soy feliz. La verdadera felicidad está en Dios, en caminar con Él. Dios es felicidad, es alegría, es fe, es mi tranquilidad».

Comparte una anécdota del padre Rafael García Herreros, quien, al ver a un joven detenido por la policía desde un bus en Bogotá, dijo: «Si yo fuera ese policía, le daría una segunda oportunidad». Esa mirada de misericordia, añade el padre Penagos, es la que Dios nos ofrece constantemente: «Siempre está esperando, siempre quiere contar con nosotros. Qué lindo poder responderle».


Un llamado a orar y caminar juntos

La conversación cierra con una petición sencilla pero profunda: orar por los sacerdotes, especialmente por los rectores y formadores que cargan con la delicada tarea de moldear futuros pastores en un mundo vertiginoso. «No es fácil, pero vale la pena», reconoce.

Mientras la Iglesia colombiana renueva su compromiso con la formación, una verdad permanece inquebrantable, tal como reza el título de esta reflexión: Dios siempre ha caminado con nosotros. Y mientras haya jóvenes dispuestos a escuchar su voz, y comunidades dispuestas a acompañarlos con paciencia, testimonio y oración, la vocación seguirá floreciendo como semilla en buena tierra.


Compartimos los puntos clave de la reunión virtual celebrada el 26 de marzo de 2026, entre la Organización de Seminarios de Latinoamérica (OSLAM) y la Comisión de Pueblos Originarios. El objetivo central del encuentro fue establecer un diálogo sobre la necesidad de transformar la formación sacerdotal para que responda de manera auténtica a la realidad de los pueblos indígenas, superando barreras históricas de discriminación y clericalismo.

La vocación sacerdotal suele describirse como un llamado a la entrega total, pero para muchos jóvenes de los pueblos originarios de América Latina, este camino conlleva una renuncia inesperada y dolorosa: la de su propia identidad. ¿Qué sucede cuando, para servir a Dios, un seminarista siente que debe "dejar de ser quien es"? Esta tensión no es solo un dilema personal, sino un desafío estructural y teológico que cuestiona los cimientos de la educación eclesiástica en un continente marcado por una herencia colonial que aún respira en los pasillos de sus instituciones.

A través de este diálogo, se busca entender la urgencia de transitar desde una formación estandarizada y eurocéntrica hacia una que reconozca y valore la riqueza espiritual y teológica de las culturas ancestrales, permitiendo que la fe se encarne realmente en la diversidad del territorio.

El Dolor de la "Despersonalización": No es solo Estudiar, es Desaparecer

Para muchos seminaristas indígenas, el ingreso a la formación tradicional se percibe como un proceso de erosión de su ser. Según los testimonios recogidos, la estructura institucional a menudo exige que el candidato borre su bagaje cultural para adoptar un modelo clerical ajeno. Este fenómeno, denominado "despersonalización", representa un impacto psicológico y espiritual profundo. No se trata solo de adquirir nuevos conocimientos, sino de la "satanización" o anulación de la espiritualidad ancestral, tratándola como algo pagano que debe ser superado.

Angélica, integrante de la Comisión y testigo de este proceso, describe este sentimiento de pérdida con una crudeza que interpela la conciencia eclesial:

"Ellos señalaban el dolor de que despersonalizarse... porque toda su identidad originaria, toda su riqueza espiritual, teológica que llevan era prácticamente borrarla y crear una, a veces decían al menos como hacer una nueva persona, una nueva identidad, o que tenían que dejar todo lo que son para adaptarse a la propuesta de los seminarios."

Obligar a los candidatos a elegir entre su cultura y su vocación no solo hiere al individuo, sino que empobrece a la Iglesia misma. Al intentar imponer una fe "estandarizada", se corre el riesgo de extinguir la vitalidad de las iglesias locales. Como bien señaló la hermana de las Misioneras Madre Lidia, este proceso de escucha revela que la Iglesia debe sensibilizarse ante el padecimiento de los pueblos para responder a los más frágiles con una identidad que no les resulte extraña.

La Trampa del Clericalismo: Cuando el Formado se Convierte en Opresor

Uno de los hallazgos más contra-intuitivos y dolorosos discutidos en la reunión es el ciclo de alienación que genera una formación deficiente. El Padre Gerardo (Secretario de la Comisión) y otros participantes señalaron un fenómeno alarmante: en ocasiones, los sacerdotes indígenas que pasan por el sistema actual terminan replicando las mismas estructuras de opresión y discriminación que ellos mismos sufrieron, distanciándose de sus propias raíces y comunidades.

"Terminan siendo los que maltratan, los que no escuchan... ya no quieren trabajar con sus mismos pueblos, con los mismos pueblos originarios, y eso es lo que también hay que buscar y atender desde nuestros seminarios."

Este comportamiento es un síntoma claro del clericalismo, exacerbado por una formación que privilegia el estatus sobre el servicio. Al ser víctimas de una "infravaloración" histórica que se remonta a la época de la Colonia, algunos candidatos asumen el modelo clerical como un mecanismo de ascenso social que los obliga a dar la espalda a su origen. Para una Iglesia que aspira a la sinodalidad, este aislamiento del pastor respecto a su pueblo es el principal obstáculo a derribar.

Más allá del Folclorismo: Hacia una Teología India Real

La transformación de los seminarios exige pasar de ver lo indígena como un adorno decorativo —el llamado "folclorismo"— a integrarlo como un pilar académico y espiritual riguroso. La reunión de OSLAM dejó claras varias propuestas concretas para reformar los currículos y la vida comunitaria:

Estudio de lenguas y culturas locales: No como una opción secundaria, sino como una herramienta esencial para la encarnación del Evangelio en la realidad diocesana.

Integración de la "Teología India": Superar el prejuicio de que solo la teología occidental tiene validez académica, incorporando la reflexión teológica propia de los pueblos originarios en la currícula oficial.

El Modelo del Acontecimiento Guadalupano: Reconocer en la Virgen de Guadalupe un modelo inmenso y pedagógico de inculturación, que sirve como puente para dialogar con los sectores más conservadores de la institución.

Superación de la discriminación y la violencia: Cuidar que los seminarios sean espacios donde se valore la identidad del joven originario, evitando que se sienta forzado a "blanquear" su fe para ser aceptado.

Simposio de Teología India en Riobamba: Se destacó el valor del próximo simposio organizado por el CELAM y coordinado por Monseñor Álvaro Ramazzini (Guatemala), que se llevará a cabo del 20 al 25 de abril en Ecuador, como un espacio clave para profundizar en estos contenidos.

El Rostro del Futuro: Una Iglesia con "Corazón Indígena"

La visión final de este diálogo no es la creación de una estructura paralela, sino la evolución de la Iglesia hacia una identidad más auténtica. Esta lucha indígena es, en realidad, la vanguardia de un movimiento más amplio que incluye a las poblaciones afrodescendientes y garífunas, como destacó la representación de CEPRAP (Brasil), quienes también buscan visibilizar sus culturas en la discusión sobre la sinodalidad.

El desafío para los directivos de OSLAM, como los padres Eric Wilson (Dominicana), Mauricio Larrosa (Argentina), Carlos Coto (Costa Rica) y Dionicio Gómez (México) es transitar de una "formación en masa" (estandarizada y técnica) hacia una formación personalizada e inculturada. Solo así se podrá cumplir el anhelo expresado por la comisión:

"...hacer posible una iglesia con rostro y corazón indígena como nosotros aspiramos como pueblos."

Este cambio beneficia a toda la institución, pues una Iglesia que reconoce la especificidad de cada cultura se vuelve más resiliente, menos autoritaria y más capaz de responder a los desafíos de un mundo plural.

Conclusión

La apertura mostrada por la directiva de OSLAM es un signo de esperanza. Reconocer que la formación debe ser sinodal, misionera y respetuosa de las identidades es el primer paso para sanar las heridas de exclusión que aún persisten. La urgencia es manifiesta: una fe que no se encarna en la cultura corre el riesgo de volverse irrelevante o, en el peor de los casos, un instrumento de asimilación forzada.

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