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Homilía del Arzobispo de Buenos Aires Mons. Jorge Ignacio García Cuerva a Formadores de Seminarios



Buenos Aires, Argentina. – En el marco del Curso para Formadores de Seminarios Mayores que se está llevando a cabo en la Casa de Encuentro de OMP, el Arzobispo de Buenos Aires presidió la celebración eucarística el sábado 11 de julio de 2026 en la Catedral Metropolitana. Durante su homilía, dirigió a los sacerdotes presentes —y por extensión a toda la Organización de Seminarios de América Latina (OSLAM)— un profundo llamado a replantear la identidad, el estilo y el corazón de quien acompaña a los futuros presbíteros.


Tomando como hilo conductor la vocación del profeta Isaías y el Evangelio de Mateo, el Arzobispo trazó tres grandes pilares para la formación sacerdotal en nuestro continente, culminando con una poderosa y gráfica alegoría sobre la anatomía espiritual del formador.


Reconciliados con nuestra humanidad: No somos una "casta de elegidos"

El primer llamado fue a tomar conciencia de nuestra fragilidad. Al igual que Isaías que exclama "¡Ay de mí, que soy un hombre de labios impuros!", el formador debe reconciliarse con su propia humanidad, con sus heridas y enterezas.

"No somos una casta de elegidos porque seamos más puros o menos decaídos. Somos parte de nuestro pueblo", advirtió. El Arzobispo alertó sobre la tentación de separarse de la gente o de creer que el seminario es un bunker. "Un sacerdote que se olvida de sus raíces se transforma en un príncipe de la iglesia, creyendo que tiene sangre azul. Cuando en realidad tenemos que tener la sangre de nuestro pueblo, de ese pueblo del que Dios está enamorado y por el cual se encarnó". Formar, por tanto, es ayudar a que los seminaristas echen raíces y no avergüencen de su origen.


Sanadores heridos: Testigos de la misericordia, no de la moralina

Al reflexionar sobre el serafín que toca los labios de Isaías con la brasa para perdonar su culpa, el Arzobispo subrayó la urgencia de formar "testigos de la misericordia".

Recordó que los formadores son "sanadores heridos", cuyo corazón está lleno de cicatrices que solo la infinita misericordia de Dios ha logrado curar. En contraste, advirtió sobre el peligro del formador que "levanta el dedito acusador" y lleva "un manual de moralina bajo el brazo". "Cuando nos olvidamos de nuestras propias heridas curadas por Dios, nos metemos en la vida de los demás y atamos pesadas cargas. Somos crueles con el nombre de la verdad", señaló, recordando que el valor absoluto no es la verdad fría, sino la caridad, y que a veces, por caridad, hay que saber callar para no hacer daño.


Hombres de confianza, no de temor

Abordando el Evangelio, donde Jesús repite "no teman", el Arzobispo hizo una fina distinción entre el miedo (ante un peligro concreto) y el temor (ante peligros imaginados o futuros). El formador está llamado a ser un hombre que confía profundamente en Dios, que no lo controla todo y que deja situaciones en las manos del Padre.

Invitó a los formadores a perder el miedo a no tener todas las respuestas, citando al escritor uruguayo Mario Benedetti: "Cuando tuvimos todas las respuestas, nos cambiaron las preguntas". "Qué lindo poder ser sacerdotes que dicen 'no sé', que dicen 'busquemos juntos'. Sacerdotes que quieren vivir de manera sencilla porque no tienen todo claro y controlado, y por eso se confían en Dios".


La alegoría del sacerdote vertebrado

El Arzobispo regaló a los presentes una profunda alegoría para definir la anatomía espiritual del sacerdote como un vertebrado: "Un vertebrado se sostiene por dentro gracias a su estructura ósea, pero por fuera es blando, es carne", explicó.


Por dentro, el sacerdote debe tener una columna vertebral firme. Es la estructura de su identidad sacerdotal, la fidelidad a la Iglesia, la solidez de la doctrina y su vida de oración. Es lo que lo sostiene, lo que le da postura para no doblegarse ante las modas culturales o las crisis. Sin esta estructura ósea interna, el sacerdote colapsa y no puede guiar a nadie.


Por fuera, Pero todo vertebrado, por fuera, es blando, es músculo, es piel, es carne. Es la cercanía, la ternura, la escucha paciente, la misericordia y el olor a oveja. El Arzobispo advirtió sobre los dos extremos que enferman la formación sacerdotal: el sacerdote que es puro hueso por fuera, rígido, intransigente, frío. Si el formador saca su estructura ósea (la norma, la ley) para usarla como arma, golpea, hiere y quiebra a los seminaristas. El sacerdote que no tiene huesos por dentro: blando por dentro y por fuera; carece de identidad, de convicciones y de columna vertebral. No puede sostener el peso de la vocación ni ofrecer un camino seguro.


La sabiduría del formador, el verdadero estilo de Jesús, consiste en tener la columna firme de la verdad y la doctrina, pero envuelta siempre en la carne blanda, cálida y acogedora de la caridad pastoral.


Aquí estoy, envíame

La homilía concluyó con una invitación a dejar que el Señor nos cure, nos reconcilie con nuestra fragilidad y nos llene de confianza. Solo desde esa humanidad asumida y abrazada por la misericordia, el formador de seminarios en América Latina puede hacer suyo el grito de Isaías y de tantos jóvenes que llaman a la puerta: "Aquí estoy, envíame".


Desde OSLAM, agradecemos al Arzobispo de Buenos Aires por estas palabras que iluminan nuestra misión de acompañar la formación de los futuros pastores de la Iglesia en América Latina y el Caribe.


Pbro. Lic. Mauricio Damián Larrosa / Argentina

Desde hace décadas el debate sobre la formación sacerdotal se ha centrado, con frecuencia, en el modelo institucional: Seminarios sí o Seminarios no, más abiertos o más cerrados. La hipótesis de estas páginas es que esa discusión, siendo importante, no alcanza el verdadero núcleo del problema. La principal dificultad de la formación sacerdotal no reside en el modelo institucional adoptado, sino en la particular condición de fragilidad propia del sujeto en discernimiento eclesial y en la calidad evangélica de la mediación ejercida por quienes lo acompañan.

 

1.     La posición de fragilidad del sujeto en formación

La condición del sujeto en formación es, en muchos aspectos, una condición de especial fragilidad. Quien ingresa al Seminario sabe que su itinerario depende del discernimiento de personas que poseen autoridad jerárquica para orientar, ralentizar o incluso interrumpir su camino hacia el ministerio ordenado. Aunque, desde el punto de vista pedagógico, un eventual retraso en el proceso se comprenda como una personalización de los tiempos formativos según las necesidades de cada candidato, en la experiencia concreta suele vivirse como una amenaza, un fracaso o incluso un castigo.

 

Por otra parte, existe una tensión entre el sujeto ideal que presuponen los documentos y el sujeto real que inicia un proceso vocacional, es una tensión que atraviesa toda la formación sacerdotal. Los textos magisteriales describen, implícitamente, una persona dotada de una considerable madurez humana y cristiana, capaz de ejercer una notable libertad interior y de abrirse con sinceridad al discernimiento eclesial.

 

Un ejemplo paradigmático puede encontrarse en el discernimiento de candidatos con tendencias homosexuales. Los documentos piden que el interesado manifieste esta realidad a sus formadores.[1] En el plano ideal, la exigencia resulta plenamente comprensible: supone honestidad, confianza en Dios y disponibilidad para dejarse discernir por la Iglesia. Sin embargo, en el plano existencial, esa apertura puede constituir un paso extremadamente difícil para quien experimenta esa tendencia como motivo de vergüenza, procura ocultarla, aún no la ha asumido plenamente, no tiene suficiente conciencia de ella o espera que disminuya con el paso del tiempo, evitando quizá poner en riesgo su camino hacia el sacerdocio.

 

Más allá de este caso particular, el proceso formativo parece presuponer un sujeto capaz de un acto de confianza extraordinariamente profundo. No se le pide solamente que confíe en la institución o en sus formadores; se le pide, sobre todo, que se confíe a ellos. La diferencia no es menor. Confiar significa reconocer al otro como digno de crédito; confiarse implica entregar la propia historia, las propias heridas, los deseos más profundos y el futuro personal al discernimiento de otro. Mientras que al confiar el centro de la decisión permanece fundamentalmente en uno mismo, al confiarse el eje del discernimiento pasa, en buena medida, a situarse en quien acompaña el proceso. Se trata de un acto que compromete a la persona entera.

 

Puede advertirse, entonces, la elevada estatura humana y cristiana que este proceso supone.

 

2.     Cuando la institución dificulta la confianza

A este desafío se añaden algunos elementos propios de la vida institucional que, aunque posean una justificación legítima, pueden ser experimentados como factores que infantilizan[2] y alimentan la desconfianza. Entre ellos se encuentran determinados estilos disciplinares excesivamente rígidos, donde el temor a correcciones o sanciones puede desalentar la apertura sincera. Cuando el formando percibe al formador principalmente como quien vigila, controla o evalúa su desempeño, difícilmente pueda experimentarlo al mismo tiempo como un padre y hermano al que confiar la propia intimidad y las heridas más profundas. La autoridad disciplinar, cuando ocupa el primer plano de la relación, puede terminar debilitando la confianza que requiere el acompañamiento formativo.

 

También la distinción entre fuero interno y fuero externo, indispensable para proteger la conciencia y la libertad espiritual de la persona, puede ser interpretada por algunos candidatos como una invitación implícita a no revelar suficientemente su mundo interior a los formadores. Como consecuencia, no resulta extraño que algunos desarrollen una cierta duplicidad: una identidad que responde a las expectativas del proceso formativo y otra, más profunda, que permanece cuidadosamente resguardada.

 

3.     El “falso” debate sobre el Seminario

Esta percepción se ve reforzada, además, por una desconfianza bastante extendida en el clero hacia el propio “sistema” Seminario,[3] al que con frecuencia se atribuyen los problemas posteriores del ministerio sacerdotal. Sin embargo, como advierte Cencini, esta explicación se ha convertido en una fórmula repetitiva y poco fecunda.[4] Existen crisis que solo emergen con el paso de los años y en circunstancias concretas de la vida ministerial. Por ello, el problema no puede reducirse únicamente a la formación inicial, sino que debe comprenderse en continuidad con la formación permanente.

 

Todo esto lleva a pensar que la condición de fragilidad propia del sujeto en formación no desaparece por el hecho de sustituir el Seminario por otras estructuras formativas. La vulnerabilidad del candidato permanece, cualquiera sea el modelo institucional adoptado.

 

4.     La verdadera cuestión: crear las condiciones de la confianza teologal

La verdadera condición de posibilidad de un auténtico proceso pedagógico parece encontrarse, más bien, en la creación de un clima profundamente evangélico. Un clima sostenido por la verdad, la caridad y la credibilidad de los formadores, capaz de hacer posible una confianza lúcida[5] y progresiva, hasta que el candidato pueda entregarse libremente por la fe al discernimiento de la Iglesia.

 

Pero esta confianza no puede sostenerse únicamente sobre la simpatía personal o la afinidad afectiva con el formador. Requiere una verdadera mística de la mediación eclesial. A medida que la fe evangeliza los afectos, el seminarista puede abrirse a las mediaciones de la Iglesia con mayor libertad interior, superando progresivamente desconfianzas y temores. Este proceso le permite abrirse a quienes la Iglesia ha puesto para acompañar el discernimiento como un acceso importante al querer de Dios. En último término, confiarse al formador es un acto de fe antes que de afinidad afectiva, aunque nunca deje de estar condicionado por la afectividad y por la propia historia personal -en lo que se refiere a haberse "confiado" a alguien en otras oportunidades-. Lo que supone un proceso de maduración del corazón, que no se logra en poco tiempo.

 

Lo que llamamos “alianza formativa” es una base necesaria a la que se debe llegar para que sea posible el camino, pero el proceso al que se apunta es más profundo e incluye diversas etapas y niveles.

 

Hay realidades que exigen cierta altura espiritual, una mística que haga posible lo que parece imposible. Tal como ocurre en otros ámbitos de la vida cristiana. Por ejemplo, la propuesta de la castidad prematrimonial se formulaba, en otro contexto histórico, para personas que contraían matrimonio hacia los veinte años. Hoy, cuando el matrimonio suele postergarse hasta edades cercanas a los cuarenta, esa misma propuesta exige condiciones humanas, afectivas y espirituales muy distintas para resultar realmente vivible. No basta con afirmar el valor del ideal ni constatar la bondad y buena voluntad de las personas; también es necesario preguntarse por las condiciones concretas que hacen posible su realización. Se necesita una mística evangélica profunda. Del mismo modo, la formación sacerdotal no puede limitarse a proponer la confianza como una exigencia moral, sino que debe crear las condiciones humanas, espirituales y comunitarias que permitan que esa confianza nazca, crezca y madure de manera auténtica.

 

En otras palabras, la formación inicial no solo debe discernir al candidato, sino que debe crear las condiciones de posibilidad para que el candidato pueda dejarse acompañar y discernir, y pueda construir una mística evangélica sólida.

 

5.     La mediación de los formadores

Desde esta perspectiva, la cuestión decisiva deja de ser dónde se forma un futuro sacerdote para preguntarse quiénes forman y desde qué calidad humana y espiritual ejercen esa mediación. Siguen siendo actuales las conclusiones de un famoso artículo de Imoda,[6] uno de los fundadores del Instituto de Psicología de la Gregoriana: más que grandes reformas institucionales, la condición indispensable es contar con formadores verdaderamente formados como tales. Porque el trabajo formativo no consiste, ante todo, en administrar una estructura, sino en ofrecer una presencia personal capaz de suscitar confianza, libertad interior y crecimiento. En este ámbito, antes que modificar las instituciones, resulta necesario que los propios formadores recorran un serio camino de formación permanente.

 

6.     El valor pedagógico del Seminario

Esto permite comprender también el valor específico del Seminario. Su finalidad no es aislar del mundo, sino crear un ámbito pedagógico donde sea posible una transformación profunda de la persona: la gestación de una personalidad sacerdotal.[7] 

 

Como ocurre en otros procesos intensivos de aprendizaje o incluso terapéuticos, ciertos cambios del corazón requieren un tiempo relativamente protegido, capaz de disminuir las múltiples posibilidades de evasión propias de la vida ordinaria.

 

En una cultura marcada por la fragmentación, la aceleración, el entretenimiento permanente y el individualismo, la vida comunitaria estable, el ritmo pausado, el silencio, la oración y la convivencia cotidiana constituyen, paradójicamente, una propuesta profundamente contracultural. No se trata de defender un "encierro" permanente, sino de reconocer el valor pedagógico de un tiempo y un espacio que favorezcan la unificación interior y la configuración con Cristo. La cuestión es, entonces, cómo articular un proceso de maduración del corazón, para “tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús”, con una inserción progresiva en la misión y un adecuado "aterrizaje" en la vida pastoral.

 

7.     La asimetría pedagógica y la docibilitas

En definitiva, toda formación supone una cierta asimetría pedagógica. El problema no radica en que exista esa asimetría —porque sin ella no habría auténtica formación—, sino en cómo hacer que quien ocupa la posición más vulnerable pueda vivirla desde la confianza y no desde el miedo. La cuestión verdaderamente es: ¿cómo hacer habitable la inevitable vulnerabilidad del sujeto que está en formación?

 

La respuesta se deja ver. No basta algo exterior, reformas de espacios o estructuras. Se necesitan formadores capaces de generar un clima auténticamente evangélico, sostenido por la verdad, la caridad y la credibilidad de sus propias vidas, y una seriedad institucional que favorezca la docibilitas, es decir, la disposición permanente a dejarse formar por Dios en lo concreto de la vida de cada día. No se trata, por ello, de defender o cuestionar el modelo "Seminario", sino de identificar la verdadera condición de posibilidad de toda formación cristiana: una autoridad que, precisamente por la verdad de su corazón y la calidad de su testimonio, haga posible que otro pueda confiarse libremente y crecer en el seguimiento de Cristo.

 

Para favorecer este clima, se vuelve prioritaria tanto la rigurosa selección y preparación de quienes acompañan el proceso, como la urgencia de contar con un instrumento pedagógico institucional: un Proyecto Formativo integral, real, accesible y vivo.

 

8.     Contar con un Proyecto Formativo

Un elemento fundamental, y que con frecuencia está insuficientemente desarrollado en los Seminarios, es la existencia de un verdadero Proyecto Formativo. No se trata simplemente de un documento formal o de una exigencia administrativa, sino de un auténtico instrumento pedagógico. Hace a la seriedad institucional. El Proyecto Formativo ofrece al seminarista un mapa del camino que está llamado a recorrer: explicita los objetivos de cada etapa, los medios para alcanzarlos, los criterios de evaluación y las competencias que se espera que vaya adquiriendo progresivamente.

 

De este modo, el proceso formativo no depende exclusivamente de la mayor o menor lucidez del formador, ni queda librado a apreciaciones puramente subjetivas. El discernimiento personal continúa siendo indispensable, pero se realiza dentro de un itinerario suficientemente objetivo, estable y compartido. Precisamente porque el camino está previamente explicitado, el seminarista puede comprender mejor lo que se espera de él, evaluar su propio crecimiento y convertirse en protagonista activo de su formación, acompañado por sus formadores.

 

En este sentido, el Proyecto Formativo constituye también un importante factor de confianza institucional. El formando no solo deposita su confianza en una persona, sino también en una comunidad educativa que sabe hacia dónde quiere conducirlo. Cuando el Proyecto Formativo es conocido, coherente y efectivamente vivido por el equipo formador y por los seminaristas, fortalece la credibilidad del Seminario, disminuye la sensación de arbitrariedad y ayuda a que la inevitable asimetría pedagógica sea experimentada con mayor libertad y serenidad. La confianza deja entonces de descansar exclusivamente en las cualidades personales del formador para apoyarse también en una mediación institucional transparente, estable y compartida.

 

La confianza lúcida formativa posee, por tanto, una doble dimensión: es interpersonal e institucional. El seminarista necesita poder confiarse a un formador, pero también confiar en un proyecto educativo que haga inteligible, estable y verificable el camino de su crecimiento. Solo la articulación de ambas dimensiones hace posible una auténtica pedagogía del discernimiento.

 

9.     La formación de formadores como prioridad eclesial

Tanto un modelo excesivamente disciplinario como otro carente de referencias claras pueden producir efectos igualmente nocivos. El primero favorece el miedo a la autoridad; el segundo, el desprecio o la indiferencia hacia ella. En ambos casos se debilita la confianza lúcida en las personas y en las mediaciones que la Iglesia ofrece para el discernimiento. Esta situación constituye el germen de la antiformación: alimenta la doble vida, favorece la percepción del itinerario formativo como una carrera de obstáculos o como un ejercicio de mera supervivencia institucional y termina convirtiéndose en terreno fértil para el clericalismo. Esta fragilidad puede aparecer en cualquier contexto formativo, cualquiera sea el lugar físico o la institución en que se desarrolle. Por ello, más que multiplicar reformas o modificar documentos, resulta decisivo invertir en la calidad humana, espiritual y pedagógica de quienes dan vida a esas instituciones.

 

Por otro lado, ningún seminarista o sacerdote se imagina a sí mismo como futuro formador. La proyección ministerial suele dirigirse espontáneamente hacia la parroquia, la escuela, la misión o la docencia. La formación sacerdotal aparece, en cambio, como un destino circunstancial y transitorio. Sin embargo, se trata probablemente de uno de los ministerios más complejos de la Iglesia, pues exige integrar competencias espirituales, pedagógicas, psicológicas, comunitarias y de discernimiento.

 

Precisamente por ello, el ministerio del formador requiere una preparación específica que difícilmente pueda improvisarse. La experiencia muestra que son necesarios varios años de formación especializada, acompañados del ejercicio concreto de la tarea, para adquirir las competencias que ella demanda. Las investigaciones sobre el desarrollo de la experticia en profesiones y actividades de alta complejidad muestran que el dominio de una práctica suele requerir aproximadamente una década de práctica deliberada y reflexiva.[8] Aunque estos estudios no se refieren directamente a la formación sacerdotal, resulta razonable pensar que un ministerio tan complejo como el de formar futuros presbíteros exige también largos años de aprendizaje, supervisión y experiencia acumulada.[9] A ello se suma un principio ampliamente reconocido por las ciencias de la educación: los procesos formativos significativos requieren estabilidad y continuidad. En consecuencia, la calidad de la formación sacerdotal depende, en buena medida, de la permanencia de formadores experimentados, capaces de madurar progresivamente en este servicio.

 

Quizá también convenga preguntarse si la elección y permanencia de los formadores no deberían discernirse, además de por sus cualidades personales, como un auténtico carisma eclesial y un ministerio específico dentro del presbiterio. Si la Iglesia reconoce que determinadas tareas requieren una vocación particular y una preparación prolongada, parece razonable considerar la formación sacerdotal desde esa misma perspectiva

 

De aquí se sigue otra consecuencia, frecuentemente subestimada: la estabilidad del equipo formador constituye un verdadero requisito pedagógico. La confianza no surge de manera inmediata; es una realidad que se construye lentamente a partir del conocimiento mutuo, la coherencia de vida y la experiencia compartida. Cada cambio de formador obliga al seminarista a iniciar nuevamente ese delicado proceso de apertura interior. Mientras aprende a conocer a quien lo acompaña y a discernir si puede confiarse verdaderamente a él, el proceso formativo puede ralentizarse o quedar reducido a una relación correcta pero superficial. Incluso algunos candidatos, para evitar el costo afectivo que implica volver a abrir su intimidad a otra persona, pueden optar por mantener un vínculo formal, preservando aspectos significativos de su mundo interior. Desde esta perspectiva, la estabilidad del equipo formador deja de ser una simple cuestión organizativa para convertirse en un elemento esencial de la pedagogía del discernimiento.

 

10.   Conclusiones

Toda pedagogía supone una paradoja: para crecer en libertad es necesario aceptar, durante un tiempo, una cierta dependencia. La cuestión no consiste en eliminar esa dependencia —lo que haría imposible toda formación— sino en lograr que sea vivida como una mediación de la libertad y no como una amenaza para ella.

 

Esta paradoja adquiere una particular intensidad en la formación y el discernimiento de la vocación sacerdotal. El candidato no solo está llamado a aprender contenidos o adquirir habilidades, sino a confiar su propia vida al discernimiento de la Iglesia. Esa confianza no puede imponerse; solo puede suscitarse. Por ello, el verdadero desafío de la formación sacerdotal no consiste tanto en radicales cambios de estructuras cuanto en crear las condiciones humanas, espirituales y pedagógicas que hagan posible ese acto de confianza.

 

En este sentido, el Seminario —'semillero'— está llamado a ser un verdadero "vivero" vocacional: un ámbito protegido, no para aislar de la realidad, sino para favorecer el crecimiento de una libertad interior suficientemente sólida. Como toda planta joven necesita un tiempo y un ambiente adecuados antes de ser trasplantada, también la vocación requiere un espacio donde pueda echar raíces, fortalecer su identidad y adquirir la consistencia necesaria para afrontar la complejidad del ministerio sacerdotal y su misión pastoral.

 

De ahí se sigue una consecuencia ineludible. La principal inversión que la Iglesia puede realizar para mejorar la formación sacerdotal consiste en discernir, preparar y sostener formadores capaces de ejercer una auténtica paternidad espiritual evangélica. La calidad de la formación dependerá, en gran medida, de la calidad humana, espiritual y pedagógica de quienes la hagan posible. Invertir generosamente tiempo, recursos y estabilidad en la formación de formadores no es un aspecto secundario de la pastoral vocacional, sino una de las decisiones más estratégicas para el futuro del ministerio ordenado.

 

En conclusión, la primera tarea de todo Seminario consiste precisamente en hacer posible ese acto de "confiarse". El mismo Seminario debe ser un clima donde sea posible dejarse formar. Las vocaciones no crecen simplemente donde existen buenos programas, sino allí donde encuentran personas e instituciones capaces de inspirar una confianza tan profunda, tan humana y teologal, que haga posible dejarse formar por Cristo a través de la Iglesia.

 

 

 


[1] RFIS 200, Cf. Instrucción sobre los criterios de discernimiento vocacional en relación con las personas con tendencias homosexuales antes de su admisión al seminario y a las órdenes sagradas, AAS 97 (2005)

[2]  Recientemente en un encuentro de la organización de los Seminarios de Mexico (OSMEX) hablaron de la urgencia de pasar de una pedagogía (guiar al hijo /niño) a una “andragogía” (facilitar el aprendizaje del adulto), invitando a revisar los reglamentos de cada Seminario en este sentido.

[3] En las discusiones del Sínodo sobre la Sinodalidad se percibió, en algunos momentos, una cierta mirada de sospecha hacia los Seminarios. Como fruto del trabajo del Grupo 4 se publicó el documento Revisión de la Ratio Fundamentalis desde una perspectiva sinodal misionera (2026), que ofrece una muy valiosa propuesta de conversión de las relaciones desde una perspectiva rica y sugerente.

Sin embargo, el documento presenta algunas limitaciones metodológicas. La consulta internacional se sustentó en solo 59 contribuciones, mayoritariamente europeas, debido al escaso tiempo destinado al proceso de participación. Asimismo, resulta discutible que el anexo proponga como modelos experiencias fuertemente condicionadas por contextos muy particulares —como el período propedéutico desarrollado en parroquias de Rusia— sin explicitar suficientemente las circunstancias que las hacen posibles, entre ellas el reducido número de fieles y las grandes distancias geográficas. En este sentido, el documento transmite, al menos en algunos aspectos, la impresión de haber sido elaborado con una participación limitada de formadores en ejercicio, especialmente provenientes de contextos no europeos.

[4] Cencini, A., ¿Ha cambiado algo en la Iglesia después de los escándalos sexuales?  Análisis y propuestas para la formación, Salamanca 2016, 39.

[5] MURILLO, J. A., Confianza Lúcida, Santiago de Chile 2012.

[6] IMODA, F., “Alcune considerazioni sull’apporto della psicologia alla vita comunitaria”, en AA.VV.,

Comunione e comunità, (Teologia Sapienziale, 4) Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 1987, 103-139.

[7] Cf. PDV 67 y 71.

[8] Cf. K. ANDERS ERICSSON, MICHAEL J. PRIETULA, AND EDWARD T. COKELY; The Making of an Expert en   Harvard  Business  Review  6 (2007) 115 -121. K. ANDERS ERICSSON, RALF TH. KRAMPE, AND CLEMENS TESCH-ROMER, The Role of Deliberate Practice in the Acquisition of Expert Performance en American Psychological Association 3 (1993) 363-406 

[9] A diferencia de otras profesiones donde la experticia es técnica, en el formador es "artesanal y espiritual", ya que no trabaja con destrezas mecánicas, sino con el misterio de la libertad humana y la gracia.


Pbro. Lic. Mauricio Damián Larrosa / Argentina



1.- Vivir el Seminario como una llamada a la conversión: a crecer y madurar como persona y como sacerdote, a ser más eucarístico, más pascual. Es estar en formación permanente.


2.- Quitarse de encima los prejuicios sobre la formación. Parece fácil, pero están escondidos, por lo que requieren tiempo. Algunos nos vienen de la cultura eclesiástica (“pobre, te mandaron al Seminario”, “es una estructura caduca”, “ahora que no haces nada… podrás?”, “eligen a lo selecto del clero, lo mejor”, “te envidian”, “qué carrera!”), otros son los recuerdos de la propia experiencia del que fuera nuestro Seminario, lo que “hicieron” con uno, lo bueno y lo malo, las personas de referencia, etc. Aquello era otro contexto y otras personas. Uno puede buscar inspiración, pero no repetir esquemas.


3.- Buscar amar, es oficio de amor. Siendo formador uno puede ser tan plenamente pastor como en otras tareas ministeriales. Pastorear es aprender a amar bien, a ser padres, a hacernos cargo de otros. Hay desafíos y gratificaciones, pero además es un privilegio de esperanza: ser testigos de la obra de Dios en la vida de jóvenes de hoy. La tarea formativa no consiste en hacer cumplir normas o en llegar a ciertas “expectativas de logro” sin más: su norte es la caridad. Amar es ayudar a crecer, y auctoritas indica capacidad para hacer crecer (no la idea de un poder directivo). En cuanto a las normas y al ejercicio de la autoridad, es bueno recordar que los planteamientos rígidos generan ocultamiento y sumisión, como la carencia de referencias claras, dispersión y desorientación.


4.- Querer aprender. Saber muy bien qué hay que hacer o cambiar en la formación inicial suele indicar más bien una torpeza pastoral, afectiva o intelectual. Si un padre de familia, en el contexto actual, dijera que sabe muy bien cómo educar a sus hijos, con la receta justa frente a los cambios culturales impresionantes que vivimos, es muy probable que se trate de uno que busca seguridades o que se cree “iluminado”, inclinaciones que pueden hacer mucho daño. Es bueno tener conciencia de que hay que estar siempre en búsqueda, dejándose guiar por la Iglesia Madre y por la realidad concreta. La brújula es el amor cristiano que nos hace creativos y audaces.


5.- Respetar y estimar a cada persona. Los seminaristas no son ni más ni menos que tus hermanos, en una etapa y en un proceso en el que la Iglesia confía a los formadores la tarea de acompañar y guiar. No hay dignidad mayor que ser bautizado, y en esta comunidad de iguales hay ministerios de diverso tipo, unos estructurales, esenciales, jerárquicos, pero al servicio de los que son hermanos (LG 32). No son niños. Es frecuente que un cura se queje diciendo de otro o de un obispo “¡me trata como a un seminarista!”, ¿Qué significa eso? ¿Como adulto? También es frecuente que al “llegar” a ser Diácono transeúnte parezca un insulto decir que es un seminarista, es decir, que está en formación inicial. Una tendencia a infantilizar y el clericalismo subyacen en esta visión de las cosas. Como en el caso del Catecumenado, el Seminario es mucho más y algo todavía distinto que un lugar físico, se trata de un camino.[1] 


6.- Saber escuchar. Estar en formación permanente es aprender a obedecer: “Dios habla cada día, si hay un corazón que escucha” (Cencini). Esto implica: aprender de los formadores (antiguos y nuevos), de la gente que trabaja en el Seminario y de las comunidades, y de los mismos seminaristas. Las cosas existían antes que uno llegara. La tarea formativa nos trasciende. Forma la Iglesia en la que somos corresponsables.


7.- Enseñar, y también saber decir "no sé". El ser formador no supone estar capacitado para todo. En cuanto a la enseñanza siempre es mejor incentivar a que el otro encuentre por sí mismo la senda, hacer sentir el gusto de aprender, no dar la comida ya digerida. Frente a cualquier temática difícil o confusa suelen ser puntos luminosos ir a lo esencial, las verdades básicas, así como una mirada global y de conjunto. En todo aspecto de la formación es imprescindible valorar el disenso positivamente, no asustarse, y distinguir según el famoso aforismo: “en lo esencial unidad, en lo opinable libertad, en todo caridad”. Por otro lado, a veces se acusa a la formación de remarcar demasiado lo negativo. Cuando hay que corregir, hay que partir de lo bueno.  Además, algunos vicios se combaten mejor haciendo crecer una virtud existente. “Padres, no exasperen a sus hijos…” (Col 3, 21)


8.- Dar testimonio, se educa con el ejemplo. Incrementar la vida de oración y ponerse “en orden” en cada dimensión: no podemos pedir a otros que tengan dirección espiritual si nosotros la hemos abandonado, por ejemplo, o pedir que se estudie si nosotros perdimos el hábito de lectura. También, como ocurre siempre con el Evangelio, debemos dar el testimonio de nuestra pobreza y de la misericordia de Dios. No debo esperar a vivir íntegramente el Evangelio para predicarlo, sino predicarlo con humildad. El hipócrita predica, pero no piensa mover ni siquiera un dedo, no lo intenta, no cree que sea posible vivirlo o, peor, piensa que es para otros, inferiores o en otra etapa que él ya superó.  


9.- Buscar una formación específica. La Iglesia confía en la honestidad y responsabilidad de sus hijos sacerdotes. Se espera que cualquier cura frente a un encargo dedique un buen tiempo de reflexión y estudio sobre esa área pastoral, lo mismo que buscar guía en otros más experimentados. Es triste que existan formadores que nunca hayan estudiado la Pastores, la Ratio Internacional y la Nacional. Es un signo de responsabilidad básica -y de Caridad Pastoral- leer los textos fundamentales del oficio que se te confía y regresar cada tanto a ellos, así como aprovechar las instancias de formación para formadores.


10.- Somos servidores de la comunión y la reconciliación. En el Seminario saber estar con todos, no cerrarse a unos pocos; no crear divisiones. Buscar vivir la fraternidad sacerdotal con el equipo de formadores, y no escatimar esfuerzos en cultivar los vínculos: con el obispo, los presbíteros, la vida religiosa, las familias y las comunidades. Nuestra visión política partidaria, o nuestras tendencias ideológicas -incluso teológicas-, no deben convertirse en muro que impida ser reconocidos como sacerdote para todos.


[1] “El Seminario en sus diversas formas (…) antes que ser un lugar o un espacio material, debe ser un ambiente espiritual, un itinerario de vida, una atmósfera que favorezca y asegure un proceso formativo…” (PdV 42).

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