Formadores "vertebrados" y con raíces: El desafío de acompañar con misericordia y humanidad
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Homilía del Arzobispo de Buenos Aires Mons. Jorge Ignacio García Cuerva a Formadores de Seminarios

Buenos Aires, Argentina. – En el marco del Curso para Formadores de Seminarios Mayores que se está llevando a cabo en la Casa de Encuentro de OMP, el Arzobispo de Buenos Aires presidió la celebración eucarística el sábado 11 de julio de 2026 en la Catedral Metropolitana. Durante su homilía, dirigió a los sacerdotes presentes —y por extensión a toda la Organización de Seminarios de América Latina (OSLAM)— un profundo llamado a replantear la identidad, el estilo y el corazón de quien acompaña a los futuros presbíteros.
Tomando como hilo conductor la vocación del profeta Isaías y el Evangelio de Mateo, el Arzobispo trazó tres grandes pilares para la formación sacerdotal en nuestro continente, culminando con una poderosa y gráfica alegoría sobre la anatomía espiritual del formador.
1. Reconciliados con nuestra humanidad: No somos una "casta de elegidos"
El primer llamado fue a tomar conciencia de nuestra fragilidad. Al igual que Isaías que exclama "¡Ay de mí, que soy un hombre de labios impuros!", el formador debe reconciliarse con su propia humanidad, con sus heridas y enterezas.
"No somos una casta de elegidos porque seamos más puros o menos decaídos. Somos parte de nuestro pueblo", advirtió. El Arzobispo alertó sobre la tentación de separarse de la gente o de creer que el seminario es un bunker. "Un sacerdote que se olvida de sus raíces se transforma en un príncipe de la iglesia, creyendo que tiene sangre azul. Cuando en realidad tenemos que tener la sangre de nuestro pueblo, de ese pueblo del que Dios está enamorado y por el cual se encarnó". Formar, por tanto, es ayudar a que los seminaristas echen raíces y no avergüencen de su origen.
2. Sanadores heridos: Testigos de la misericordia, no de la moralina
Al reflexionar sobre el serafín que toca los labios de Isaías con la brasa para perdonar su culpa, el Arzobispo subrayó la urgencia de formar "testigos de la misericordia".
Recordó que los formadores son "sanadores heridos", cuyo corazón está lleno de cicatrices que solo la infinita misericordia de Dios ha logrado curar. En contraste, advirtió sobre el peligro del formador que "levanta el dedito acusador" y lleva "un manual de moralina bajo el brazo". "Cuando nos olvidamos de nuestras propias heridas curadas por Dios, nos metemos en la vida de los demás y atamos pesadas cargas. Somos crueles con el nombre de la verdad", señaló, recordando que el valor absoluto no es la verdad fría, sino la caridad, y que a veces, por caridad, hay que saber callar para no hacer daño.
3. Hombres de confianza, no de temor
Abordando el Evangelio, donde Jesús repite "no teman", el Arzobispo hizo una fina distinción entre el miedo (ante un peligro concreto) y el temor (ante peligros imaginados o futuros). El formador está llamado a ser un hombre que confía profundamente en Dios, que no lo controla todo y que deja situaciones en las manos del Padre.
Invitó a los formadores a perder el miedo a no tener todas las respuestas, citando al escritor uruguayo Mario Benedetti: "Cuando tuvimos todas las respuestas, nos cambiaron las preguntas". "Qué lindo poder ser sacerdotes que dicen 'no sé', que dicen 'busquemos juntos'. Sacerdotes que quieren vivir de manera sencilla porque no tienen todo claro y controlado, y por eso se confían en Dios".
La alegoría del Formador "Vertebrado"
El Arzobispo regaló a los presentes una profunda y gráfica alegoría para definir la anatomía espiritual de quien acompaña vocaciones: El formador debe ser como un vertebrado.
"Un vertebrado se sostiene por dentro gracias a su estructura ósea, pero por fuera es blando, es carne", explicó. Aplicado a la formación sacerdotal, esta imagen encierra un sabio equilibrio pastoral:
Por dentro (Los Huesos): El formador debe tener una columna vertebral firme. Es la estructura de su identidad sacerdotal, la fidelidad a la Iglesia, la solidez de la doctrina y su vida de oración. Es lo que lo sostiene, lo que le da postura para no doblegarse ante las modas culturales o las crisis. Sin esta estructura ósea interna, el formador colapsa y no puede guiar a nadie.
Por fuera (La Carne): Pero todo vertebrado, por fuera, es blando, es músculo, es piel, es carne. Es la cercanía, la ternura, la escucha paciente, la misericordia y el olor a oveja.
El Arzobispo advirtió sobre los dos extremos que enferman la formación:
El formador que es puro "hueso" por fuera: Rígido, intransigente, frío. Si el formador saca su estructura ósea (la norma, la ley) para usarla como arma, golpea, hiere y quiebra a los seminaristas.
El formador que no tiene "huesos" por dentro: Blando por dentro y por fuera. Carece de identidad, de convicciones y de columna vertebral. No puede sostener el peso de la vocación ni ofrecer un camino seguro.
La sabiduría del formador, el verdadero estilo de Jesús, consiste en tener la columna firme de la verdad y la doctrina, pero envuelta siempre en la carne blanda, cálida y acogedora de la caridad pastoral. Que se note el hueso cuando abraza, no cuando golpea.
"Aquí estoy, envíame"
La homilía concluyó con una invitación a dejar que el Señor nos cure, nos reconcilie con nuestra fragilidad y nos llene de confianza. Solo desde esa humanidad asumida y abrazada por la misericordia, el formador de seminarios en América Latina puede hacer suyo el grito de Isaías y de tantos jóvenes que llaman a la puerta: "Aquí estoy, envíame".
Desde OSLAM, agradecemos al Arzobispo de Buenos Aires por estas palabras que iluminan nuestra misión de acompañar la formación de los futuros pastores de la Iglesia en América Latina y el Caribe.






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