El problema de la formación sacerdotal en los Seminarios: la fragilidad del sujeto en formación y la mediación pedagógica
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Pbro. Lic. Mauricio Damián Larrosa / Argentina
Desde hace décadas el debate sobre la formación sacerdotal se ha centrado, con frecuencia, en el modelo institucional: Seminarios sí o Seminarios no, más abiertos o más cerrados. La hipótesis de estas páginas es que esa discusión, siendo importante, no alcanza el verdadero núcleo del problema. La principal dificultad de la formación sacerdotal no reside en el modelo institucional adoptado, sino en la particular condición de fragilidad propia del sujeto en discernimiento eclesial y en la calidad evangélica de la mediación ejercida por quienes lo acompañan.
1. La posición de fragilidad del sujeto en formación
La condición del sujeto en formación es, en muchos aspectos, una condición de especial fragilidad. Quien ingresa al Seminario sabe que su itinerario depende del discernimiento de personas que poseen autoridad para orientar, ralentizar o incluso interrumpir su camino hacia el ministerio ordenado. Aunque, desde el punto de vista pedagógico, un eventual retraso en el proceso se comprenda como una personalización de los tiempos formativos según las necesidades de cada candidato, en la experiencia concreta suele vivirse como una amenaza, un fracaso o incluso un castigo.
En realidad, la tensión entre el sujeto ideal que presuponen los documentos y el sujeto real que inicia un proceso vocacional atraviesa toda la formación sacerdotal. Los textos magisteriales describen, implícitamente, una persona dotada de una considerable madurez humana y cristiana, capaz de ejercer una notable libertad interior y de abrirse con sinceridad al discernimiento eclesial.
Un ejemplo paradigmático puede encontrarse en el discernimiento de candidatos con tendencias homosexuales. Los documentos piden que el interesado manifieste esta realidad a sus formadores.[1] En el plano ideal, la exigencia resulta plenamente comprensible: supone honestidad, confianza en Dios y disponibilidad para dejarse discernir por la Iglesia. Sin embargo, en el plano existencial, esa apertura puede constituir un paso extremadamente difícil para quien experimenta esa tendencia como motivo de vergüenza, procura ocultarla, aún no la ha asumido plenamente, no tiene suficiente conciencia de ella o espera que disminuya con el paso del tiempo, evitando quizá poner en riesgo su camino hacia el sacerdocio.
Más allá de este caso particular, el proceso formativo parece presuponer un sujeto capaz de un acto de confianza extraordinariamente profundo. No se le pide solamente que confíe en la institución o en sus formadores; se le pide, sobre todo, que se confíe a ellos. La diferencia no es menor. Confiar significa reconocer al otro como digno de crédito; confiarse implica entregar la propia historia, las propias heridas, los deseos más profundos y el futuro personal al discernimiento de otro. Mientras que al confiar el centro de la decisión permanece fundamentalmente en uno mismo, al confiarse el eje del discernimiento pasa, en buena medida, a situarse en quien acompaña el proceso. Se trata de un acto que compromete a la persona entera.
Puede advertirse, entonces, la elevada estatura humana y cristiana que este proceso supone.
2. Cuando la institución dificulta la confianza
A este desafío se añaden algunos elementos propios de la vida institucional que, aunque posean una justificación legítima, pueden ser experimentados como factores que alimentan la desconfianza. Entre ellos se encuentran determinados estilos disciplinares excesivamente rígidos, donde el temor a correcciones o sanciones puede desalentar la apertura sincera. Cuando el formando percibe al formador principalmente como quien vigila, controla o evalúa su desempeño, difícilmente pueda experimentarlo al mismo tiempo como un padre y hermano al que confiar la propia intimidad y las heridas más profundas. La autoridad disciplinar, cuando ocupa el primer plano de la relación, puede terminar debilitando la confianza que requiere el acompañamiento formativo.
También la distinción entre fuero interno y fuero externo, indispensable para proteger la conciencia y la libertad espiritual de la persona, puede ser interpretada por algunos candidatos como una invitación implícita a no revelar suficientemente su mundo interior a los formadores. Como consecuencia, no resulta extraño que algunos desarrollen una cierta duplicidad: una identidad que responde a las expectativas del proceso formativo y otra, más profunda, que permanece cuidadosamente resguardada.
3. El falso debate sobre el Seminario
Esta percepción se ve reforzada, además, por una desconfianza bastante extendida en el clero hacia el propio “sistema” Seminario, al que con frecuencia se atribuyen los problemas posteriores del ministerio sacerdotal. Sin embargo, como advierte Cencini, esta explicación se ha convertido en una fórmula repetitiva y poco fecunda.[2] Existen crisis que solo emergen con el paso de los años y en circunstancias concretas de la vida ministerial. Por ello, el problema no puede reducirse únicamente a la formación inicial, sino que debe comprenderse en continuidad con la formación permanente.
Todo esto lleva a pensar que la condición de fragilidad propia del sujeto en formación no desaparece por el hecho de sustituir el Seminario por otras estructuras formativas. La vulnerabilidad del candidato permanece, cualquiera sea el modelo institucional adoptado.
4. La verdadera cuestión: crear las condiciones de la confianza teologal
La verdadera condición de posibilidad de un auténtico proceso pedagógico parece encontrarse, más bien, en la creación de un clima profundamente evangélico. Un clima sostenido por la verdad, la caridad y la credibilidad de los formadores, capaz de hacer posible una confianza lúcida[3] y progresiva, hasta que el candidato pueda entregarse libremente por la fe al discernimiento de la Iglesia.
Hay realidades que exigen cierta altura espiritual, una mística que haga posible lo que parece imposible. Tal como ocurre en otros ámbitos de la vida cristiana. Por ejemplo, la propuesta de la castidad prematrimonial se formulaba, en otro contexto histórico, para personas que contraían matrimonio hacia los veinte años. Hoy, cuando el matrimonio suele postergarse hasta edades cercanas a los cuarenta, esa misma propuesta exige condiciones humanas, afectivas y espirituales muy distintas para resultar realmente vivible. No basta con afirmar el valor del ideal ni constatar la bondad y buena voluntad de las personas; también es necesario preguntarse por las condiciones concretas que hacen posible su realización. Se necesita una mística evangélica profunda. Del mismo modo, la formación sacerdotal no puede limitarse a proponer la confianza como una exigencia moral, sino que debe crear las condiciones humanas, espirituales y comunitarias que permitan que esa confianza nazca, crezca y madure de manera auténtica.
En otras palabras, la formación inicial no solo debe discernir al candidato, sino que debe crear las condiciones de posibilidad para que el candidato pueda dejarse acompañar y discernir, y pueda construir una mística evangélica sólida.
5. La mediación de los formadores
Desde esta perspectiva, la cuestión decisiva deja de ser dónde se forma un futuro sacerdote para preguntarse quiénes forman y desde qué calidad humana y espiritual ejercen esa mediación. Siguen siendo actuales las conclusiones de un famoso artículo de Imoda,[4] uno de los fundadores del Instituto de Psicología de la Gregoriana: más que grandes reformas institucionales, la condición indispensable es contar con formadores verdaderamente formados como tales. Porque el trabajo formativo no consiste, ante todo, en administrar una estructura, sino en ofrecer una presencia personal capaz de suscitar confianza, libertad interior y crecimiento. En este ámbito, antes que modificar las instituciones, resulta necesario que los propios formadores recorran un serio camino de formación permanente.
6. El valor pedagógico del Seminario
Esto permite comprender también el valor específico del Seminario. Su finalidad no es aislar del mundo, sino crear un ámbito pedagógico donde sea posible una transformación profunda de la persona: la gestación de una personalidad sacerdotal.
Como ocurre en otros procesos intensivos de aprendizaje o incluso terapéuticos, ciertos cambios del corazón requieren un tiempo relativamente protegido, capaz de disminuir las múltiples posibilidades de evasión propias de la vida ordinaria.
En una cultura marcada por la fragmentación, la aceleración, el entretenimiento permanente y el individualismo, la vida comunitaria estable, el ritmo pausado, el silencio, la oración y la convivencia cotidiana constituyen, paradójicamente, una propuesta profundamente contracultural. No se trata de defender un "encierro" permanente, sino de reconocer el valor pedagógico de un tiempo y un espacio que favorezcan la unificación interior y la configuración con Cristo. La cuestión es, entonces, cómo articular un proceso de maduración del corazón, para “tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús”, con una inserción progresiva en la misión y un adecuado "aterrizaje" en la vida pastoral.
7. La asimetría pedagógica y la docibilitas
En definitiva, toda formación supone una cierta asimetría pedagógica. El problema no radica en que exista esa asimetría —porque sin ella no habría auténtica formación—, sino en cómo hacer que quien ocupa la posición más vulnerable pueda vivirla desde la confianza y no desde el miedo. La cuestión verdaderamente es: ¿cómo hacer habitable la inevitable vulnerabilidad del sujeto que está siendo formado?
La respuesta se deja ver. No basta algo exterior, reformas de espacios o estructuras. Se necesitan formadores capaces de generar un clima auténticamente evangélico, sostenido por la verdad, la caridad y la credibilidad de sus propias vidas, y una seriedad institucional que favorezca la docibilitas, es decir, la disposición permanente a dejarse formar por Dios en lo concreto de la vida de cada día. No se trata, por ello, de defender o cuestionar el modelo "Seminario", sino de identificar la verdadera condición de posibilidad de toda formación cristiana: una autoridad que, precisamente por la verdad de su corazón y la calidad de su testimonio, haga posible que otro pueda confiarse libremente y crecer en el seguimiento de Cristo.
Para favorecer este clima, se vuelve prioritaria tanto la rigurosa selección y preparación de quienes acompañan el proceso, como la urgencia de contar con un instrumento pedagógico institucional: un Proyecto Formativo integral, real, accesible y vivo.
8. Contar con un Proyecto Formativo
Un elemento fundamental, y que con frecuencia está insuficientemente desarrollado en los Seminarios, es la existencia de un verdadero Proyecto Formativo. No se trata simplemente de un documento formal o de una exigencia administrativa, sino de un auténtico instrumento pedagógico. Hace a la seriedad institucional. El Proyecto Formativo ofrece al seminarista un mapa del camino que está llamado a recorrer: explicita los objetivos de cada etapa, los medios para alcanzarlos, los criterios de evaluación y las competencias que se espera que vaya adquiriendo progresivamente.
De este modo, el proceso formativo no depende exclusivamente de la mayor o menor lucidez del formador, ni queda librado a apreciaciones puramente subjetivas. El discernimiento personal continúa siendo indispensable, pero se realiza dentro de un itinerario suficientemente objetivo, estable y compartido. Precisamente porque el camino está previamente explicitado, el seminarista puede comprender mejor lo que se espera de él, evaluar su propio crecimiento y convertirse en protagonista activo de su formación, acompañado por sus formadores.
En este sentido, el Proyecto Formativo constituye también un importante factor de confianza institucional. El formando no solo deposita su confianza en una persona, sino también en una comunidad educativa que sabe hacia dónde quiere conducirlo. Cuando el Proyecto Formativo es conocido, coherente y efectivamente vivido por el equipo formador y por los seminaristas, fortalece la credibilidad del Seminario, disminuye la sensación de arbitrariedad y ayuda a que la inevitable asimetría pedagógica sea experimentada con mayor libertad y serenidad. La confianza deja entonces de descansar exclusivamente en las cualidades personales del formador para apoyarse también en una mediación institucional transparente, estable y compartida.
La confianza lúcida formativa posee, por tanto, una doble dimensión: es interpersonal e institucional. El seminarista necesita poder confiarse a un formador, pero también confiar en un proyecto educativo que haga inteligible, estable y verificable el camino de su crecimiento. Solo la articulación de ambas dimensiones hace posible una auténtica pedagogía del discernimiento.
9. La formación de formadores como prioridad eclesial
Tanto un modelo excesivamente disciplinario como otro carente de referencias claras pueden producir efectos igualmente nocivos. El primero favorece el miedo a la autoridad; el segundo, el desprecio o la indiferencia hacia ella. En ambos casos se debilita la confianza lúcida en las personas y en las mediaciones que la Iglesia ofrece para el discernimiento. Esta situación constituye el germen de la antiformación: alimenta la doble vida, favorece la percepción del itinerario formativo como una carrera de obstáculos o como un ejercicio de mera supervivencia institucional y termina convirtiéndose en terreno fértil para el clericalismo. Esta fragilidad puede aparecer en cualquier contexto formativo, cualquiera sea el lugar físico o la institución en que se desarrolle. Por ello, más que multiplicar reformas o modificar documentos, resulta decisivo invertir en la calidad humana, espiritual y pedagógica de quienes dan vida a esas instituciones.
Por otro lado, ningún seminarista o sacerdote se imagina a sí mismo como futuro formador. La proyección ministerial suele dirigirse espontáneamente hacia la parroquia, la escuela, la misión o la docencia. La formación sacerdotal aparece, en cambio, como un destino circunstancial y transitorio. Sin embargo, se trata probablemente de uno de los ministerios más complejos de la Iglesia, pues exige integrar competencias espirituales, pedagógicas, psicológicas, comunitarias y de discernimiento.
Precisamente por ello, el ministerio del formador requiere una preparación específica que difícilmente pueda improvisarse. La experiencia muestra que son necesarios varios años de formación especializada, acompañados del ejercicio concreto de la tarea, para adquirir las competencias que ella demanda. Las investigaciones sobre el desarrollo de la experticia en profesiones y actividades de alta complejidad muestran que el dominio de una práctica suele requerir aproximadamente una década de práctica deliberada y reflexiva.[5] Aunque estos estudios no se refieren directamente a la formación sacerdotal, resulta razonable pensar que un ministerio tan complejo como el de formar futuros presbíteros exige también largos años de aprendizaje, supervisión y experiencia acumulada.[6] A ello se suma un principio ampliamente reconocido por las ciencias de la educación: los procesos formativos significativos requieren estabilidad y continuidad. En consecuencia, la calidad de la formación sacerdotal depende, en buena medida, de la permanencia de formadores experimentados, capaces de madurar progresivamente en este servicio.
Quizá también convenga preguntarse si la elección y permanencia de los formadores no deberían discernirse, además de por sus cualidades personales, como un auténtico carisma eclesial y un ministerio específico dentro del presbiterio. Si la Iglesia reconoce que determinadas tareas requieren una vocación particular y una preparación prolongada, parece razonable considerar la formación sacerdotal desde esa misma perspectiva
De aquí se sigue otra consecuencia, frecuentemente subestimada: la estabilidad del equipo formador constituye un verdadero requisito pedagógico. La confianza no surge de manera inmediata; es una realidad que se construye lentamente a partir del conocimiento mutuo, la coherencia de vida y la experiencia compartida. Cada cambio de formador obliga al seminarista a iniciar nuevamente ese delicado proceso de apertura interior. Mientras aprende a conocer a quien lo acompaña y a discernir si puede confiarse verdaderamente a él, el proceso formativo puede ralentizarse o quedar reducido a una relación correcta pero superficial. Incluso algunos candidatos, para evitar el costo afectivo que implica volver a abrir su intimidad a otra persona, pueden optar por mantener un vínculo formal, preservando aspectos significativos de su mundo interior. Desde esta perspectiva, la estabilidad del equipo formador deja de ser una simple cuestión organizativa para convertirse en un elemento esencial de la pedagogía del discernimiento.
10. Conclusiones
Toda pedagogía supone una paradoja: para crecer en libertad es necesario aceptar, durante un tiempo, una cierta dependencia. La cuestión no consiste en eliminar esa dependencia —lo que haría imposible toda formación— sino en lograr que sea vivida como una mediación de la libertad y no como una amenaza para ella.
Esta paradoja adquiere una particular intensidad en la formación y el discernimiento de la vocación sacerdotal. El candidato no solo está llamado a aprender contenidos o adquirir habilidades, sino a confiar su propia vida al discernimiento de la Iglesia. Esa confianza no puede imponerse; solo puede suscitarse. Por ello, el verdadero desafío de la formación sacerdotal no consiste tanto en radicales cambios de estructuras cuanto en crear las condiciones humanas, espirituales y pedagógicas que hagan posible ese acto de confianza.
En este sentido, el Seminario —'semillero'— está llamado a ser un verdadero "vivero" vocacional: un ámbito protegido, no para aislar de la realidad, sino para favorecer el crecimiento de una libertad interior suficientemente sólida. Como toda planta joven necesita un tiempo y un ambiente adecuados antes de ser trasplantada, también la vocación requiere un espacio donde pueda echar raíces, fortalecer su identidad y adquirir la consistencia necesaria para afrontar la complejidad del ministerio sacerdotal y su misión pastoral.
De ahí se sigue una consecuencia ineludible. La principal inversión que la Iglesia puede realizar para mejorar la formación sacerdotal consiste en discernir, preparar y sostener formadores capaces de ejercer una auténtica paternidad espiritual evangélica. La calidad de la formación dependerá, en gran medida, de la calidad humana, espiritual y pedagógica de quienes la hagan posible. Invertir generosamente tiempo, recursos y estabilidad en la formación de formadores no es un aspecto secundario de la pastoral vocacional, sino una de las decisiones más estratégicas para el futuro del ministerio ordenado.
En conclusión, la primera tarea de todo Seminario consiste precisamente en hacer posible ese acto de "confiarse". El mismo Seminario debe ser un clima donde sea posible dejarse formar. Las vocaciones no crecen simplemente donde existen buenos programas, sino allí donde encuentran personas e instituciones capaces de inspirar una confianza tan profunda, tan humana y teologal, que haga posible dejarse formar por Cristo a través de la Iglesia.
[1] RFIS 200, Cf. Instrucción sobre los criterios de discernimiento vocacional en relación con las personas con tendencias homosexuales antes de su admisión al seminario y a las órdenes sagradas, AAS 97 (2005)
[2] Cencini, A., ¿Ha cambiado algo en la Iglesia después de los escándalos sexuales? Análisis y propuestas para la formación, Salamanca 2016, 39.
[3] MURILLO, J. A., Confianza Lúcida, Santiago de Chile 2012.
[4] IMODA, F., Alcune considerazioni sull’apporto della psicologia alla vita comunitaria, en AA.VV.,
Comunione e comunità, (Teologia Sapienziale, 4) Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 1987, 103-139.
[5] Cf. K. ANDERS ERICSSON, MICHAEL J. PRIETULA, AND EDWARD T. COKELY; The Making of an Expert en Harvard Business Review 6 (2007) 115 -121. K. ANDERS ERICSSON, RALF TH. KRAMPE, AND CLEMENS TESCH-ROMER, The Role of Deliberate Practice in the Acquisition of Expert Performance en American Psychological Association 3 (1993) 363-406
[6] A diferencia de otras profesiones donde la experticia es técnica, en el formador es "artesanal y espiritual", ya que no trabaja con destrezas mecánicas, sino con el misterio de la libertad humana y la gracia.






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