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Dios siempre ha caminado con nosotros

  • 1 day ago
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Entrevista al P. Manuel Penagos, Rector del Seminario de Girardot, Presidente de la Organización de Seminarios en Colombia, Vocal de OSLAM


Recientemente, rectores de seminarios y formadores de casas de estudio sacerdotal de toda Colombia se congregaron en el Seminario Mayor Juan Pablo II de Valledupar. El motivo: meditar, reflexionar y evaluar el estado actual de la formación sacerdotal en medio de una sociedad en constante transformación. En el marco de este encuentro, conversamos con el padre Manuel Penagos, quien comparte una visión lúcida, esperanzadora y profundamente pastoral sobre el camino vocacional hoy.


El sacerdote que el mundo necesita: cercanía y coherencia

Para el padre Manuel, la misión del seminario trasciende lo académico. Se trata de forjar hombres de integridad, con una sólida vida espiritual y humana, capaces de caminar al lado del Pueblo de Dios.

«Necesitamos sacerdotes cercanos, hombres espirituales, capaces de ser testimonio y de transparentar la luz del Evangelio en las familias, los jóvenes, los universitarios y el mundo profesional», afirma.

En una época marcada por la prisa y la fragmentación, la Iglesia apuesta por pastores que acompañen sin juicios, que comprendan las crisis personales y sociales, y que vivan su entrega con coherencia y alegría. No se buscan figuras distantes, sino hermanos que sepan sanar heridas y caminar al ritmo de la gente.


Retos de una generación en busca de raíces profundas

Los candidatos llegan al seminario marcados por la realidad contemporánea: familias en crisis, carencias afectivas, presión por el éxito inmediato y una cultura digital que a veces prioriza la apariencia sobre la profundidad.

«Muchos jóvenes ponen sus raíces en tierra movediza; crecen, pero no profundizan», señala el padre Penagos. Frente a esto, la formación exige paciencia y acompañamiento personalizado. «Como en la agricultura, hay que preparar la tierra, regar, esperar y no apresurar la cosecha».

La tarea formativa se enriquece con el apoyo profesional en salud mental y psicología, la participación activa de los laicos y familias ejemplares (en línea con la sinodalidad que promueve el papa Francisco), y, sobre todo, con formadores que sepan escuchar, discernir y guiar sin imponer.


Cuatro dimensiones, un solo corazón: la intimidad con Dios

La formación sacerdotal se articula en cuatro ejes inseparables: humano, espiritual, intelectual y pastoral. «Cuando logramos equilibrar estas dimensiones, proyectamos el sacerdote que el pueblo necesita», explica el rector.

Sin embargo, advierte con claridad pastoral: sin una vida de oración profunda, el ministerio corre el riesgo de volverse administrativo.

«Sin intimidad con el Señor, el sacerdote vive vacío; se convierte en un funcionario que solo administra sacramentos y actividades. Si la copa no está rebosando, ¿qué podremos dar a los demás?», recuerda citando a santa Teresa de Jesús.

La Liturgia de las Horas y el Rosario son pilares disciplinarios, pero lo central es ese encuentro personal y silencioso con Cristo: la visita al Santísimo, la lectura orante de la Palabra y la revisión de vida a la luz del Evangelio. «Es su Palabra la que nos da vida», concluye.


«No hay crisis vocacional, hay crisis de ejemplo»

Ante el frecuente discurso sobre una supuesta escasez de vocaciones, el padre Manuel es categórico: «No hay crisis vocacional. Si hablamos de crisis, también tendríamos que hablar de crisis matrimonial o familiar. Lo que falta es llegar, animar y arrastrar con el ejemplo».

Invita a los jóvenes a descubrir que Dios no es un juez lejano, ni un castigo, ni una idea abstracta. Es presencia viva, fuente de alegría y paz. «Cada vez que me entrego, soy feliz. La verdadera felicidad está en Dios, en caminar con Él. Dios es felicidad, es alegría, es fe, es mi tranquilidad».

Comparte una anécdota del padre Rafael García Herreros, quien, al ver a un joven detenido por la policía desde un bus en Bogotá, dijo: «Si yo fuera ese policía, le daría una segunda oportunidad». Esa mirada de misericordia, añade el padre Penagos, es la que Dios nos ofrece constantemente: «Siempre está esperando, siempre quiere contar con nosotros. Qué lindo poder responderle».


Un llamado a orar y caminar juntos

La conversación cierra con una petición sencilla pero profunda: orar por los sacerdotes, especialmente por los rectores y formadores que cargan con la delicada tarea de moldear futuros pastores en un mundo vertiginoso. «No es fácil, pero vale la pena», reconoce.

Mientras la Iglesia colombiana renueva su compromiso con la formación, una verdad permanece inquebrantable, tal como reza el título de esta reflexión: Dios siempre ha caminado con nosotros. Y mientras haya jóvenes dispuestos a escuchar su voz, y comunidades dispuestas a acompañarlos con paciencia, testimonio y oración, la vocación seguirá floreciendo como semilla en buena tierra.


 
 
 

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