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«Homosexualidad y sacerdocio» de Stefano Guarinelli*

  • Writer: Oslam Celam
    Oslam Celam
  • Jun 24, 2025
  • 11 min read

*Traducimos el texto publicado en Tredimensioni 19 (2022), pp. 214-22


Luca Balugani*

*Psicologo e psicoterapeuta (Modena), docente all’Istituto Superiore per Formatori.

«Quien toca muere» reza el cartel sobre las torres de alta tensión y parece ser también la advertencia implícita a toda reflexión teórica y estructurada sobre la homosexualidad. Si hay autores que frente a pacientes homosexuales proponen terapias reparadoras, he aquí que los Colegios profesionales se transforman en tribunales de la inquisición (!) y poco importa si esos caminos versan sobre la relación padre-hijo. Si, además, es la Iglesia la que reflexiona sobre la homosexualidad y lo hace específicamente dentro de la formación, entonces la electrocución se extiende no solo al autor sino a toda la comunidad cristiana. En los últimos años es fácil encontrar, en papel impreso y en línea, especialistas que han sido puestos en el banquillo a pesar de la fama, la experiencia de muchos años y la abundancia de publicaciones: porque sobre la homosexualidad se ha desatado un fanatismo futbolero por el cual toda opinión llega a ser legítima y de este modo prospera la anarquía teórica.


Stefano Guarinelli[1] se ha mostrado bien consciente del panorama contemporáneo e igualmente ha querido dar a difusión el trabajo que aquí se presenta, esforzándose por mantener junto al rigor metodológico, la adhesión a una psicología en relación con la antropología y también con la práctica del acompañamiento de caminos personales.


En el prefacio al volumen, el vicario episcopal de Milán, Luca Bressan, afirma que este ensayo es «un ejercicio», una especie de ejercicio de elongación para mantener en la Iglesia una elasticidad suficiente para estar a la altura de los tiempos. Al reconocerlo como un texto que merece la pena, Bressan invita a una lectura atenta por parte de las instituciones formativas: esto se ve reflejado también en el resto del libro, allí donde Guarinelli reconoce que los formadores en los Seminarios corren el riesgo de oscilar entre una mirada simplificadora  (la búsqueda de un diagnóstico, a menudo deficiente desde el plano científico) y el pasar por alto la orientación sexual, considerándola una imperfección entre muchas, en conjunto aceptable si en el otro plato de la balanza existen numerosas características adaptativas en el joven.

 

Una serie de “diferenciaciones”

 

No hace mucho tiempo, la homosexualidad se consideraba un dato patognomónico, el síntoma de una problemática significativa de la persona. En verdad todavía hoy hay formadores eclesiales que, a partir de la homosexualidad, prestan atención al eventual ejercicio de la genitalidad, mientras que no lo hacen en el caso de la heterosexualidad. Por otra parte, tampoco está dicho que la lógica binaria homo/hetero sea la única posible (el modelo caliente/frío) y no sea, en cambio, el caso de tomar en consideración la existencia de un continuum sobre el cual las personas se sitúan y oscilan.[2] Ya tratando de categorizar la cuestión, junto a «orientados en sentido homosexual, heterosexual y bisexual», Guarinelli añade a los «desorientados» y a los «no orientados».

  

En 2005 la Congregación para la Educación Católica había emitido una Instrucción[3] sobre la formación en los Seminarios y la orientación sexual, sin asumir una intención interpretativa. Guarinelli distingue tres coordenadas ofrecidas por el Vaticano:

 

1.     la exclusión de la práctica genital (aspecto que afecta también a la orientación heterosexual);

2.     el apoyo a una cultura gay (que Guarinelli interpreta como un enfoque acrítico y fundamentalista de la homosexualidad, pero esto podría valer para cualquier otro tipo de falta de voluntad en dejarse cuestionar);

3.     el arraigo de las tendencias homosexuales.

 

Este último punto (en realidad el segundo en la Instrucción) recibe mucha atención del autor porque se presta a ser equívoco. Hablar de "tendencia" es referirse a una organización estable que predispone a determinados actos; pero hay que decir también que, si no se inserta un rasgo o una tendencia dentro de un conjunto, se cae en un enfoque descriptivo que llega a ser clasificatorio a partir de pocos signos.

¿"Homosexualidad" es un contenedor variado o una clasificación diagnóstica única? ¿La terapia es el paso de la distonía («Tengo miedo de declarar públicamente mi homosexualidad») a la sintonía («Me acepto como soy y hago outing»), o un camino terapéutico que se preocupa en reconectar la orientación sexual con la identidad de la persona?

 

Una digresión analógica: el estilo de personalidad obsesivo-compulsivo

 

Para salir de este callejón sin salida, el autor recurre brillantemente a la analogía entre la homosexualidad y el estilo de personalidad (diferente del trastorno en su versión patológica) obsesivo-compulsivo. No hay dos personas iguales con este mismo estilo y al mismo tiempo es como si entraran en un paradigma común. Podría resumirse así: la psicogénesis de una personalidad obsesivo-compulsiva señala la presencia de una pregunta (afectiva) temprana que ha recibido una respuesta inadecuada y/o condicionada por el logro de algunos resultados: el niño a menudo crece con la convicción de que "no hace lo suficiente", de que no se ha esforzado y comprometido lo suficiente como para obtener la tan ansiada aprobación; "siente" que para ser amado y/o valorizado debe corresponder a ciertas expectativas que el medio ambiente (especialmente sus padres) tiene sobre él. Esto lo lleva, de manera no deliberada, a estabilizar algunos mecanismos de defensa y adaptación que van en la dirección del control. Tal control puede terminar reduciendo, contrayendo e incluso excluyendo la experiencia afectiva, o alternándola o sustituyéndola simbólicamente. Esa instancia de control puede ser más o menos dominante, pero allí donde logra mantener a raya las instancias afectivas, puede garantizar a la personalidad global algunos modos de actuar (performances) que, de manera particular en algunos contextos culturales y sociales, son muy apreciadas.


La persona obsesivo-compulsiva muestra de hecho un comportamiento lineal, suficientemente autónomo y, sobre todo, capaz de organizarse y organizar el entorno. De esto puede derivar la tendencia, en el curso de su propio desarrollo, a confirmar y reforzar ese estilo, mostrando mucha habilidad sobre todo en aquellas actividades - que no son pocas - que exigen orden, organización, puntualidad, eficiencia, capacidad de soportar la complejidad, razonamiento lógico y lineal, etc. A esto hay que añadir la presencia de una autonomía afectiva que en algunos casos puede implicar una cierta introversión, cierta distancia respecto a la intimidad, pero, al mismo tiempo, una considerable fiabilidad, un gran sentido de la responsabilidad personal y un espíritu de independencia, también en el juicio.  ¿No será útil que para quien elige el celibato por el Reino, se tenga una cierta independencia que también implique una autonomía afectiva? En resumen: ¿no será que muchas cosas en el mundo (incluida la Iglesia) "funcionan" precisamente gracias a aquellas personas que tienen una personalidad obsesivo-compulsiva?


Estas características, sin embargo, nacen de una imperfección evolutiva, pero nadie se atrevería a afirmar que ésta es en sí misma positiva, o "normal", o incluso deseable, sobre todo porque no implica aspectos meramente secundarios del desarrollo de la personalidad, sino cuestiones de relieve, como el cuidado y la respuesta afectiva precoces. Pero esa imperfección evolutiva pone los fundamentos para elementos talentosos de la personalidad que, no pocas veces, en la experiencia de la vocación cristiana se transforman, se transfiguran, en verdaderos carismas, en el sentido teológico del término. Sin embargo, también sientan las bases para rasgos de carácter que no son tan talentosos y que a menudo contribuyen a hacer de la interacción con una personalidad obsesivo-compulsiva un asunto no demasiado simple.


Sin embargo, incluso estos - que son rasgos, no talentos - pueden con todo refluir en el carisma de esa persona, a razón del primado teológico de la vocación: el carisma no es la prolongación del talento, porque el carisma a veces asume y transfigura aspectos de debilidad o vulnerabilidad de la personalidad y, sobre todo, porque, en el fondo, las partes "problemáticas" existen porque también existen las partes talentosas. Lo que significa que se comprenden dentro de un sistema global y no sin él.


La digresión analógica, mediante el recurso a un estilo de personalidad, tiene como objetivo mostrar cómo, cambiando el ámbito del discurso, se suavizan algunas características de personalidad, evitando involucrar un diagnóstico  (cualquiera que éste sea, incluyendo su ausencia que siempre es una afirmación diagnóstica de "normalidad") y de abordar el problema pasando por esa especie de filtro preliminar (patología sí/patología no) que, creando inmediatamente dos bandos, inhibe cualquier intento posterior de reflexión formativa (por consiguiente primariamente teológica), terminando en cambio por direccionar el camino hacia una confrontación a menudo ideológica, cuando no incluso hacia un conflicto abierto.

 

Ampliar el campo de las orientaciones

 

El conocimiento de la orientación sexual del candidato o del seminarista no debería hacerse simplemente buscando detectar la presencia de una tendencia homosexual, ya que según Guarinelli esta lectura es excesivamente reductiva y simplista.


Es necesario referir las respuestas de aquellos que se interrogan o se expresan sobre la propia orientación sexual en al menos cinco grupos, con la conciencia, también en este caso, de esquematizar y simplificar: «orientados en sentido heterosexual», «orientados en sentido homosexual», «orientados en sentido bisexual», «desorientados», «no orientados». Para complicar las cosas, en realidad, algunas personas caen simultáneamente en tipologías diferentes, a veces de manera relativamente estable, a veces por períodos cortos o más prolongados. Es bueno definir sobre todo los dos últimos grupos.


Los «desorientados» son aquellos que no pueden reconocer muy bien el objeto del propio interés sexual. Es incluso posible que declaren un interés, a pesar de ser atraídos, de manera más o menos explícita o consciente, por un interés diferente, o por uno y por otro. También entran aquí aquellos que tienen realmente una gran confusión, afectiva, pero a veces también cognitiva, sobre todo lo que haga referencia a este ámbito antropológico.


Los «no orientados» son en cambio los que declaran una orientación y probablemente estén también convencidos de que efectivamente las cosas son así, salvo que, para ellos, el interés sexual es un dinamismo principalmente nominal, nocional, no integrado dentro de un interés afectivo-relacional por otra persona. Se trata de personas que, por razones muy diversas, pueden «representarse» la experiencia relacional (afectiva y sexual), como si «no fuera para ellos». La falta de interés relacional, sin embargo, no necesariamente anula o compromete lo sexual-genital. En estos casos, el interés sexual puede reducirse a la necesidad de una liberación pulsional, sin que esté implicada la dimensión afectiva, pero, en algunos, aquella resulta en su conjunto indiferente a la orientación sexual.

 

El camino hacia la madurez

 

La madurez es donde recae el peso de los documentos eclesiales en el ámbito de la formación. Guarinelli repasa las diferentes contribuciones, poniendo de relieve el aspecto relacional (compasión, ternura, fidelidad, coherencia...), el aspecto interior (conocimiento de sí mismo, formación intelectual...), la integración de la debilidad y el aspecto comunitario. Como sucede a menudo, los documentos presentan un identikit al borde de la perfección, tanto que cualquiera que saliera del Seminario o dejase el ministerio sería fácilmente etiquetado como inmaduro: «Maestro, ¿quién podrá salvarse?».


La madurez es redefinida por Guarinelli como un camino (proceso) y no como las piernas (estructura): no una propiedad de la persona sino la interacción entre las múltiples estructuras de la persona y el contexto humano y ambiental en la que vive. Por lo tanto, la persona madura es la persona que sabe caminar, que ha aprendido un proceso que hace probable (aunque no por descontado) un determinado logro. De este modo, sin embargo, se puede hablar también de madurez del contexto: de aquel Seminario, de aquella parroquia, de aquella comunidad... Hay una responsabilidad de la Iglesia en la madurez de sus jóvenes y de sus llamados: la madurez está siempre en consorcio entre individuos y comunidades.


Volviendo a enfocar en la persona, la pregunta principal se convierte en: ¿cuándo un vínculo afectivo puede ser considerado inmaduro? Ciertamente hay signos evidentes de patología tales como lazos fusionales o simbióticos, incapacidad para "sentir" al otro, pérdida de límites...

Pero también hay patologías relacionales que se mueven sobre una línea al cabo de la cual no tenemos una problemática evidente:

 

•        la dependencia, cuando se convierte en incapacidad para soportar cada frustración afectiva, con el terror de la pérdida del otro (y de sí mismos);

•        la inferioridad, cuando se transforma en búsqueda continua de confirmación sin que nunca sacie el hambre de reconocimiento;

•        la permeabilidad de las fronteras, cuando desemboca en una voluntad de control sobre el otro (o de dejarse dominar).

 

Nos podríamos preguntar si estas problemáticas se corresponden más a una orientación sexual que a otra, sin perjuicio que de todos modos ninguna pierda la propia dimensión de riesgo, independientemente de la identidad sexual. En el fondo los focos de la cuestión podrían resumirse así:

 

  • la cualidad de la búsqueda de y de la relación con otra persona, a partir del proceso de identificación hasta la dimensión sexual;

  • la reconfiguración del Ser o de una identidad que debe hacer frente a los numerosos cambios que ocurren en la vida;

  • la madurez del contexto formativo: no hay que olvidar que en el Seminario están presentes solamente "otros iguales", y cuando forman parte personas orientadas homosexual, bi orientadas o no orientadas, pueden aumentar las agitaciones y las dobles vidas.

 

La subjetividad de la institución

 

¿Quiénes son los actores en un Seminario? Sin duda el formando, de quien ya se ha hablado. Luego están los formadores (sacerdotes dedicados a tiempo completo o que dividen su tiempo con otras tareas) cuya vida "profesional" y afectiva se juegan en el mismo espacio, siempre que exista una vida afectiva en ese célibe, porque los "otros" podrían incluso faltar. En el polo opuesto puede ocurrir que se conforme una complicidad que se acerca a la folie à deux (Trastorno psicótico compartido) Y luego hay un tercer actor: el grupo. Aunque la estructura psicológica del individuo no es transferible al grupo, permanece firme que si la formación tiene lugar dentro de un contexto comunitario, significa que éste tiene una fuerza propia, puesta en evidencia constantemente por los documentos eclesiales sobre la formación. Esta fuerza viene de la construcción de una narrativa común que ejerce presión sobre los diferentes protagonistas siguiendo una especie de guion y que se condensa y simboliza en la persona del líder. Ejemplos de estos libretos pueden ser un celibato tranquilizador respecto a la propia timidez o la proyección sobre la existencia de otros de vivencias reprimidas (la dureza, el enamoramiento y la propia orientación homosexual o de desorientación). Por este motivo, la subjetividad del grupo puede funcionar a nivel visible según cánones adultos y serios, mientras que en un nivel subyacente pueden permanecer preguntas regresivas de identificación o de satisfacción de necesidades infantiles.


Existe luego una cultura más amplia, que es el oxígeno que se respira también en las paredes del Seminario. El celibato no está exento de los cambios epocales en curso, como la invasión de la red en los espacios existenciales, un emocionalismo que corre el riesgo de convertirse en dictatorial, una sexualidad omnipresente y desvergonzada: todo esto entra en una casa de formación, desde el educador y desde los educados.

 

¿Y la moral cristiana?

 

Algunos lectores estarán decepcionados al no encontrar en el libro una profundización moral relativa a los actos homosexuales. Sobre esto Guarinelli afirma que el celibato excluiría la genitalidad y sobre la base de esta razón ha eludido "estratégicamente" la perspectiva moral.

Más bien, el autor elabora una reflexión teológica sobre la vocación, la cual se conecta con la dimensión carismática más que con los talentos o habilidades del llamado. La habilidad viene de una historia personal, a veces como compensación de una carencia; la carismaticidad hace referencia en cambio al todo de la persona, incluso lo que no es talento. En este sentido, el formador no será un cazador de brujas, destinado a desenmascarar la presencia de la homosexualidad, sino alguien que trabaje en la integración entre habilidades o talentos y entrega de sí mismo en la perspectiva del Reino de Dios, sin olvidar la orientación sexual del candidato. La antropología cristiana se convierte en un instrumento interpretativo mucho más importante que los criterios diagnósticos ofrecidos por la clasificación psicológica estadística. El presbítero es un "célibe para el Reino" y no un soltero: esta peculiaridad no puede ser ignorada.


[1] S. Guarinelli, Omosessualità e sacerdozio. Questioni formative, Àncora, Milano 2019.

[2] Basta tomar una serie de afirmaciones que en p. 25 el mismo Guarinelli enumera: «Soy homosexual», «Quizás soy homosexual», «Tengo dudas respecto a mi orientación sexual», «En algunas circunstancias siento atracción sexual hacia personas de mi sexo, en otras hacia personas del otro sexo», «siento igual atracción por personas de mí mismo sexo y del otro sexo», etc.

[3] Congregazione per L’Educazione Cattolica, Istruzione della Congregazione per l’Educazione Cattolica circa i criteri di discernimento vocazionale riguardo alle persone con tendenze omosessuali in vista della loro ammissione al Seminario e agli Ordini sacri, 2, https://www.vatican.va 


 
 
 

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