Articulación entre Formación Inicial y Formación Permanente de los presbíteros
- Oslam Celam
- Jan 7
- 12 min read
Pbro. José María Recondo
BOLETÍN OSAR AÑO 38 - N°42 - 2025

Introducción
El propósito de este encuentro es ver el modo en que deberían articularse la formación inicial y la formación permanente de los presbíteros en la Argentina. Ese sería el norte. Pero deberíamos comenzar considerando primero de dónde partimos. Porque, en mi opinión, partimos de un problema. Estamos hablando aquí de poner de acuerdo a dos interlocutores, cuando en realidad, uno de ellos existe y el otro no… Porque ¿quién es el interlocutor que representa aquí a la formación permanente? De acuerdo a lo que dicen las Orientaciones para la formación permanente de los presbíteros y todo el magisterio precedente, los agentes de la formación permanente son, en primer lugar los mismos presbíteros y, al servicio de ese proceso, los obispos, los presbiterios, y el equipo diocesano de pastoral sacerdotal. Y de modo subsidiario, cooperan con ellos distintas instancias interdisciplinares y, por supuesto, la vida del pueblo de Dios.
Pero yo me pregunto: hoy día, en la Argentina, ¿cuántas son las diócesis en las que sus obispos se interesan prioritariamente por este tema y se involucran personalmente en el acompañamiento de los sacerdotes? [Tampoco se me oculta que no es raro encontrar en nuestro gremio una suerte de síndrome adolescente en relación a la autoridad, por el que, si ella está muy presente, “me controla”, y si se me aleja, “me abandona”… No es nada fácil pastorear pastores.] ¿Y cuántas son las diócesis en las que existe un proyecto de formación sacerdotal permanente y un equipo de pastoral sacerdotal? ¿Serán un 10%? Creo que estoy siendo demasiado generoso al poner esa cifra. Podrían existir, quizá, en algunas regiones, algunos eventos aislados de formación permanente, pero aquí estamos hablando del acompañamiento de la vida de los curas en los procesos que ellos puedan transitar, como parte de una pastoral ordinaria; no de acontecimientos episódicos y extraordinarios, de los que, además, en general, los que más participan suelen ser los que menos lo necesitan… ¿Cuántos curas en nuestras diócesis se han sentido acompañados por el obispo o por el presbiterio a lo largo de su vida sacerdotal? ¿Ustedes se incluirían en este número? Repito, entonces: hay que iniciar este encuentro sabiendo que si lo que buscamos es tender un puente, tenemos una orilla firme (que es la que ofrece la formación inicial, representada aquí por la OSAR) y otra orilla incierta, que está, Dios quiera, en vías de consolidación desde hace muchos años, pero que no termina de cuajar, que es la de la formación permanente. Entonces, al hablar de articular la una a la otra, debemos saber que en general estamos tratando de vincular una realidad con una abstracción.
Con todo, habría que decir, para ser realistas pero no negativos, que en el tendido del puente, aún cuando no encontremos fácilmente en la orilla de la formación permanente algo ofrecido por las diócesis desde un plano institucional, sí podríamos comenzar ese diálogo con todos los curas que, animados por el deseo de cuidar la llama de la caridad pastoral en sus corazones, tienen viva la inquietud por seguir creciendo, y buscan caminos por donde continuar su formación. Y seguramente, en esto, la mayor parte de nosotros podemos incluirnos. A ellos están dirigidas, primariamente, las Orientaciones para la formación permanente de los presbíteros de la Argentina recientemente publicadas. Habiendo sido dirigidas primariamente a cada cura, lo que pretenden estas Orientaciones es, precisamente, provocar o alimentar el deseo, en cada uno, de hacerse cargo de la propia formación permanente. Habida cuenta de que somos nosotros los primeros agentes de la misma.
Por eso quisiera empezar por una rápida presentación de este texto, de tal manera que, antes de hablar del tendido del puente, hagamos un reconocimiento del terreno de lo que entendemos por formación permanente. Les pido perdón por adelantado a quienes están más familiarizados con este tema, que probablemente sean aquí muchos, pero no todos, y prefiero correr el riesgo de aburrir a algunos, porque he podido comprobar en distintos presbiterios que muchos sacerdotes (quizá la mayoría) y muchos obispos, siguen reduciendo la formación permanente a algún que otro curso o retiro que se ofrecen en la diócesis para los curas.
Presentación de “Reaviva el don”
Orientaciones para la FP de los presbíteros
1. Naturaleza y estilo del texto:
Cuando comenzamos a trabajar el texto con el equipo redactor, se habló expresamente de que no fuera un “documento”. ¿Qué quiero decir con esto? Que se buscó que la impostación del texto no fuera preponderantemente doctrinal o canónica, como lo fue, por ejemplo, la del Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, emanado de la Congregación para el Clero, que tuvo una primera versión en 1994, y una segunda en 2013. En este caso se quiso, en cambio, que el punto de partida y el género literario estuvieran definidos por la experiencia vocacional y ministerial del presbítero, iluminada, sí, por la Escritura, la Tradición, el Magisterio y la reflexión teológica. Pero buscando que la impostación fuera, en lo posible, predominantemente sapiencial. Podríamos decir que en el género sapiencial, uno encuentra la experiencia humana “amasada” por la vida teologal. Por eso digo que en la elaboración de este texto se quiso hablar desde y sobre la experiencia de la vocación presbiteral.
2. ¿Por qué fueron llamadas “Orientaciones”…?
Al no ser un documento, se optó por “no hablar de todo”, que es siempre una tentación en este tipo de textos. Más de uno podría decir que falta aquí hablar de tal o cual tema, y probablemente esté en lo cierto. Porque el texto se desarrolló con la consciencia de que no debía ser un tratado sobre el sacerdocio ni tampoco un texto normativo. De aquí la elección del subtítulo “Orientaciones”, porque lo que busca es orientar el camino de la formación permanente como respuesta a la vocación recibida. El texto debería favorecer, de este modo, la lectura creyente de la propia vida, para rumiar espiritualmente esa respuesta que debemos dar cotidianamente a la llamada del Señor. Llamada que hemos recibido hace algunos o muchos años, y que debemos seguir respondiendo cada día.
3. Los destinatarios escogidos, como dije antes, no son primariamente los equipos diocesanos de formación permanente, sino cada uno de los presbíteros de la Argentina, abordados personalmente. Estas “Orientaciones” están dirigidas a cada presbítero. Después podrán ser aprovechadas, si se consideran útiles, para las distintas propuestas que lleve adelante la pastoral sacerdotal en cada diócesis. Pero su cometido principal es “despertar” en cada uno el deseo de atizar las brasas, como lo pide Pablo a Timoteo. Porque si esta inquietud, si este interés no está vivo, sabemos por experiencia que las iniciativas institucionales acaban siendo estériles.
En el comentario que hace Cencini a este texto, y que será publicado en el próximo número de “Pastores”, se pregunta qué imagen de sí mismo ofrece (en la Iglesia y al mundo) el sacerdote que toma en serio su propia formación permanente. Y responde:
“Es la imagen de un creyente que no presume de sí, que no se siente ya llegado, ni que sólo tiene que enseñar a los demás, que se coloca en un pedestal de autoridad, dotado de un poder apresuradamente considerado sagrado, pero que en realidad puede estar en el origen de todo clericalismo… Se trata, por el contrario, de un creyente muy consciente del don recibido y de la responsabilidad que del mismo deriva, que busca humildemente vivir en la gratitud y en la voluntad de compartir ese mismo don con los demás, dándoles pero también recibiendo de ellos, en la libertad de crecer juntos.”
4. Estructura del texto:
1) “¿Formarnos?” Esta sección busca clarificar qué entendemos por “formación permanente”, porque, como decía antes, en mi opinión, es un término ampliamente difundido, pero no siempre bien comprendido. A menudo usamos entre nosotros el mismo término, para hablar de cosas distintas.
Aquí se nos dice que, de la misma manera que los primeros discípulos, cuando fueron llamados, no imaginaban que el seguimiento del Señor comportaría para ellos todo un camino en el que irían profundizando su fe, purificando su esperanza y madurando su caridad, así también nosotros quizá no habíamos previsto que partiendo de la experiencia fundante de la llamada al sacerdocio, “el Padre comenzaría a formarnos, por la acción del Espíritu en nuestras vidas, para que pudiéramos hacer presente la imagen de su Hijo como Buen Pastor, en medio de su Pueblo”.
Y la imagen bíblica del alfarero parece aquí particularmente adecuada para expresar este proceso, porque nos permite entender la FP, no ya como algo que nosotros hacemos, sino como algo que Dios realiza en cada uno de nosotros a lo largo de nuestras vidas. “Es el Padre creador, quien a través de su Espíritu sigue formándonos -dándonos forma-, “alfarereándonos”, para plasmar en nosotros los sentimientos, actitudes y comportamientos” que son propios de Cristo y que se compendian en su caridad pastoral (cf. PDV 21). Y esto Él lo realiza de modo permanente a través de múltiples ocasiones y provocaciones que el ejercicio del ministerio ofrece cada día. De todo se sirve Dios para se1guir “dándonos forma”. De tal modo que podríamos decir, con el profeta Isaías: “Tú, Señor, eres nuestro padre, nosotros somos la arcilla, y tú, nuestro alfarero: ¡todos somos la obra de tus manos!” (Is 64,7).
Con todo, si bien es Dios quien nos forma, a nosotros nos toca abrirnos a la acción de Dios respondiendo a su llamada. El sí, el “hágase” que cada uno de nosotros dio en el origen de su vocación está llamado a ser profundizado, madurado y renovado cada día, a lo largo de toda la vida. Y ese es el alma de la formación permanente.
Es entonces la vida cotidiana la que ha de provocarnos y seguir formándonos, a través de los múltiples retos y oportunidades que nos pone por delante. Esto supone según enseña Amedeo Cencini, una actitud peculiar, que es la docibilitas, la cual consiste en estar disponibles para aprender de la vida, durante toda la vida. Así las cosas, la formación permanente tiene dos dimensiones, una ordinaria y otra extraordinaria:
la ordinaria, que forma parte de la vida diaria y que se refiere a todos sin distinción, la llevamos a cabo como autoformación,
mientras que la extraordinaria tiene lugar en acciones puntuales y ocasionales, por iniciativa de la institución eclesial, y busca acompañar las distintas etapas de la vida. A esta última dimensión se refiere la pastoral sacerdotal, la cual, antes que con actividades planificadas –por cierto, siempre necesarias–, tiene su inicio y sostén imprescindible en el diálogo y el acompañamiento que el obispo establece con cada uno de sus presbíteros, algo que nadie puede reemplazar y que, se diga o no, todos esperan.
Un proyecto de FP debería comprender estas dos dimensiones, siendo la primera –la FP como autoformación- la más decisiva, ya que es la que dispone positivamente para la segunda.
Dice Cencini que “un Seminario no puede pretender formar - en el pleno sentido de la expresión- un sacerdote. Nunca lo hizo, así como ningún camino realizado en un noviciado formó a una persona consagrada. Porque sólo la vida forma al discípulo del Señor: la vida con todas sus tormentas y complejidades… La formación inicial sirve para aprender la disponibilidad para dejarnos formar por la vida a lo largo de toda la vida.” La expresión formación “inicial” habla de que uno en el Seminario comienza a formarse, pero no termina de hacerlo.
En este sentido es acertada la advertencia que hace Cencini. Y de hecho, cuando uno es ordenado, ciertamente es configurado sacramentalmente como sacerdote, pero será el roce cotidiano con Dios y con su Pueblo en el ejercicio del ministerio lo que terminará de configurarlo existencialmente. Como ocurre con aquellos que se casan: ya son esposos al recibir el sacramento, pero se vuelven existencialmente esposos compartiendo posteriormente la vida.
2) “Lo que no puede faltar…” Se trata de presentar aquí lo que no puede faltar en nuestras vidas, para que la llama de la caridad pastoral no deje de arder en nuestros corazones. Porque éste pretende ser el cometido de las “Orientaciones”. De aquí su título: “¡Reaviva el don!” ¡Anazopyréin! De eso se trata: de atizar las brasas, para que el fuego no se debilite o, de ser necesario, renazca. Este es el desafío por excelencia de la formación permanente.
Podríamos decir que esta segunda sección bosqueja el perfil evangélico del presbítero que es necesario cuidar y cultivar. Perfil delineado por 11 pinceladas extraídas del Evangelio (y de alguna carta paulina):
1. “A ustedes los llamo amigos…” Lo que nos constituye no es una tarea sino una relación: “el núcleo del sacerdocio es ser amigos de Jesús” (Ratzinger). Se trata entonces de atizar las brasas “volviendo a Galilea”, para recuperar la memoria de lo que dio origen a esa llamada. Para recuperar el fuego que dio origen a esa llamada.
2. “Llevamos ese tesoro en vasos de barro”. Reconocer y asumir nuestra fragilidad… No podemos solos ni tampoco sin misericordia. El presbiterio debería ser, en este sentido, lugar de contención. La necesidad del acompañamiento espiritual.
3. “Quien quiera venir detrás de mí…, tome su cruz” La dimensión pascual del seguimiento. No hay seguimiento sin cruz.
4. “Yo he venido para que tengan vida…” El Señor nos quiere felices. La FP debe ayudarnos a cuidar nuestra salud… corporal, afectiva, espiritual. Las crisis y el modo de afrontarlas. El celibato sacerdotal...
5. “El que permanece en mí y yo en él, da mucho fruto…” La necesidad de la oración. Muchas crisis, dice Francisco, tienen origen precisamente en este descuido.
6. “Yo estaré siempre con ustedes…” La fidelidad de Dios es la raíz de nuestra esperanza. “El problema no es ser pocos, sino una sal que ha perdido su sabor o una luz que no ilumina” (Francisco).
7. “Apacienta a mis ovejas…” Lo hacemos través del triple ministerio… Y el ejercicio del ministerio está llamado a nutrir nuestra vida espiritual.
8. “En esto conocerán que son mis discípulos, en el amor que se tengan…” La necesaria comunión con el obispo y los hermanos en el presbiterio. Desarrollar la mística de la diocesaneidad.
9. “Lo vio y se conmovió…” Habla de la dimensión solidaria y compasiva del ministerio. Saber “tocar” las heridas… La Iglesia como hospital de campaña. La Eucaristía como el lugar donde llevamos a la Cruz, para volverlo fecundo, el dolor del mundo.
10. “Vengan a mí los que están cansados y agobiados…” El cansancio y su discernimiento. Sólo el amor descansa. Saber descansar.
11. “Aquí tienes a tu madre…” El lugar que Jesús quiso que tuviera nuestra Madre en nuestra vida sacerdotal.
Esta segunda sección está pensada para ser rumiada en la oración, deteniéndonos en cada aspecto. La base evangélica que da pie a cada uno de los temas, enriquecida por las enseñanzas ofrecidas en la predicación de los últimos Papas, quiere justamente ser una invitación a la oración. Y el formato con que fue publicado el texto está pensado en cierto sentido como para que se pueda llevar junto con la Biblia a la oración…
3) “Las etapas de la vida ministerial”
1. Los primeros años: Hasta los 15 años de ministerio:
- Los primeros 5 años.
- De los 6 a los 15 años de ministerio.
2. La mediana edad presbiteral. De los 16 a los 25 años de ministerio.
3. La etapa de los adultos mayores. Más de 25 años de ministerio.
4. Los mayores de 75 años.
Siempre es un poco arbitraria la delimitación de estas etapas, por lo que el señalamiento del comienzo y del final de cada una requieren flexibilidad. Lo cierto es que, si bien hay una línea de continuidad en lo profundo del proceso, cada etapa tiene características y desafíos propios, y es bueno poder identificarlos, contrastándolos con nuestra propia experiencia.
Comenta Cencini que “si es la vida la que forma, debemos tratar de comprender la respuesta que hay que dar al don de la gracia en cada fase evolutiva en la vida del sacerdote”. Y conforme a esto, tratar de identificar el tipo de propuesta formativa que es necesario ofrecer para cada edad.
4) “Los agentes de la FP”. Un capítulo necesario para poder entender, todos, el papel que cada uno tiene en esta empresa: el propio presbítero, el obispo, el presbiterio, el equipo diocesano de pastoral sacerdotal -asociado a algunas instancias interdisciplinares-, y siempre, el Pueblo de Dios.
5. El marco precedente
Para comprender por qué fueron redactada estas “Orientaciones”, no podemos no hacer referencia a la última versión de la Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis, titulada “El don de la vocación presbiteral”, publicada en Roma el 8 de diciembre de 2016, y que dio lugar, después, a la redacción de la nueva Ratio argentina. En esta Ratio fundamentalis se introduce una impostación novedosa, porque si bien en el magisterio se hablaba ya de la importancia de la formación permanente, sobre todo a partir de “Pastores debo vobis” (1992) (cf. cap. VI: nn. 70-81), en esta nueva Ratio se le da un lugar central y absolutamente original. En ella se dice que el camino formativo ha de ser único e integral:
Un unico proceso: “La formación del sacerdote es la continuación de un único «camino discipular», que comienza con el Bautismo, se perfecciona con los otros sacramentos de iniciación cristiana, es reconocido como centro de la vida en el momento del ingreso al Seminario, y continúa durante toda la vida” (Ratio, Introd.). Es ésta quizá la mayor novedad, por el significado que aquí se le atribuye a la FP, y la relación que se establece entre ella y la formación sacerdotal inicial.
1) No sólo no se reduce la FP a una mera actualización teológica o pastoral –como tantas veces ha ocurrido, y como aún hoy muchos la entienden-.
2) Tampoco se la concibe como una suerte de “complemento” facultativo de la formación inicial, sino en indisoluble relación con ella, pero, además, se invierte en cierto sentido la subordinación que había entre ellas: porque no es ya la permanente la que viene a completar la formación sacerdotal inicial, sino la FI la que se incorpora al proceso de formación permanente, que tiene su punto de partida en el Bautismo y nos acompañará durante toda nuestra vida terrena.
Un proceso integral: “El proceso formativo no se puede reducir a un solo aspecto, en detrimento de los otros, sino que se realiza siempre como un camino integral del discípulo llamado al presbiterado” (Ratio, Introd.).
Será importante, entonces, no perder de vista esta perspectiva integradora del proceso formativo, en orden a favorecer la unidad de vida en el ministerio de los presbíteros. Se presenta, en este sentido, el desafío de elaborar una síntesis - cuya maduración no estará nunca definitivamente conquistada- entre lo que uno es (humanamente), lo que uno sabe (teológicamente), lo que uno vive (espiritualmente), y lo que uno hace (pastoralmente).


