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Carta del Santo Padre al Presbiterio de la Arquidiócesis de Madrid con motivo de la Asamblea Presbiteral «Convivium», 09.02.2026

Con ocasión de la Asamblea Presbiteral «Convivium» celebrada en Madrid los días 9 y 10 de febrero de 2026, el Santo Padre León XIV dirigió una carta al presbiterio arquidiocesano en la que propone una reflexión de notable profundidad simbólica: la catedral como alegoría viva del sacerdocio. Más allá de su valor arquitectónico o histórico, el templo sagrado se presenta como un itinerario espiritual donde cada elemento —desde la fachada hasta el sagrario— encierra una lección para la configuración existencial y pastoral del presbítero en el tiempo presente.


La fachada: testimonio que invita sin agotar el misterio

La fachada de la catedral cumple una función esencialmente pedagógica: es lo primero que se ofrece a la mirada, pero no pretende revelar todo de inmediato. Indica, sugiere, orienta hacia el interior sin constituirse en fin en sí misma. De modo análogo, la vida del sacerdote está llamada a ser visible y coherente, reconocible en su identidad sin caer en la exhibición. Su existencia no se agota en lo perceptible, sino que apunta constantemente hacia Aquel a quien representa. La fachada humana del presbítero —sus gestos, su palabra, su presencia— debe funcionar como umbral simbólico que invite al encuentro con el Misterio, sin usurpar nunca el lugar de Dios.


El umbral: el espacio del discernimiento vocacional

Entre la plaza pública y el templo interior se alza el umbral, frontera sagrada que marca un paso necesario. No se trata de una barrera excluyente, sino de un acto de respeto hacia lo santo: algo debe quedar fuera para que lo esencial pueda resonar en plenitud. En esta imagen se refleja con claridad el sentido teológico del celibato, la pobreza evangélica y la obediencia presbiteral. Estas notas no constituyen una negación de la realidad humana, sino el espacio de libertad que permite al sacerdote pertenecer enteramente a Dios mientras camina entre los hombres. El umbral es, pues, el lugar donde se vive plenamente esa tensión evangélica: estar en el mundo sin ser del mundo.


Las columnas: arraigo en la Tradición apostólica

Al penetrar en el templo, la mirada descubre que toda la estructura descansa sobre columnas firmes, silenciosas sostenedoras del conjunto. La liturgia de la Iglesia ha visto siempre en ellas la imagen de los Apóstoles, fundamento sobre el cual se edifica la comunión eclesial. La vida sacerdotal, por su parte, no se sustenta en la originalidad personal ni en las modas pastorales del momento, sino en el testimonio apostólico recibido y transmitido en la Tradición viva de la Iglesia. Cuando el presbítero permanece anclado en este fundamento —custodiado por el Magisterio y alimentado por la liturgia— evita edificar sobre la arena de interpretaciones circunstanciales y se apoya en la roca que lo precede y supera.


Las capillas laterales: diversidad en la unidad eclesial

A lo largo de la nave central se abren capillas diversas, cada una con su advocación particular, su estilo artístico y su historia específica. Sin embargo, ninguna rompe la armonía del conjunto ni se orienta hacia sí misma; todas convergen en el altar mayor. Esta imagen ilumina con particular belleza la realidad de los carismas y espiritualidades en el seno del presbiterio. Cada sacerdote recibe una gracia particular para vivir su configuración con Cristo, pero ninguna particularidad justifica la fragmentación de la comunión. La diversidad enriquece cuando permanece ordenada a la unidad; los distintos modos de vivir el sacerdocio encuentran su pleno sentido cuando todos miran hacia el mismo centro: Cristo Eucaristía.


El presbiterio: el corazón del ministerio

El recorrido simbólico culmina en el espacio más sagrado: el presbiterio, donde el altar y el sagrario revelan el núcleo inalienable del ministerio sacerdotal. En el altar, por las manos del presbítero, se actualiza sacramentalmente el sacrificio de Cristo; en el sagrario, permanece Aquel que ha sido ofrecido, confiado nuevamente al cuidado amoroso de sus ministros. Todo el edificio eclesial —y toda la actividad pastoral— converge en este punto. Por ello, antes que gestores, organizadores o comunicadores, los presbíteros están llamados a ser ante todo adoradores: hombres de profunda oración cuya vida gira en torno al misterio eucarístico. Solo quien se alimenta constantemente en la fuente puede ser cauce fecundo para los demás.


Templos vivos en un mundo secularizado

En un contexto cultural marcado por la secularización avanzada y la pérdida de referencias comunes, la alegoría de la catedral ofrece al presbiterio un camino de renovación que no pasa por la invención de nuevos modelos, sino por el retorno a la esencia recibida. El sacerdote no está llamado a multiplicar tareas ni a buscar resultados espectaculares, sino a dejarse configurar por Cristo hasta convertirse en un templo vivo: estructura humana donde Dios habita y desde la cual los hombres pueden acceder a Él.

La catedral de piedra enseña que lo sagrado no se improvisa; requiere cimientos profundos, orientación clara y un centro que dé sentido a cada elemento. Así también la vida presbiteral: cuando se edifica sobre Cristo como piedra angular, cuando se orienta constantemente hacia la Eucaristía y cuando se vive en comunión fraterna, se convierte en un signo eficaz del Reino en medio de la ciudad. Como catedral que camina, llevando en vasijas de barro el tesoro inefable del Evangelio para todos los que, en medio del vacío contemporáneo, buscan el rostro de Dios.


Paraná, 2 al 6 de febrero de 2026

Del 2 al 6 de febrero de este año, tuvo lugar en la casa El Salvador, de la Arquidiócesis de Paraná, el Encuentro Nacional Anual de formadores de Seminarios de la Argentina, preparado por la Organización de los Seminarios de la Argentina (OSAR).

Esta instancia de comunión entre las Casas de formación de los futuros sacerdotes del país es animada por una Comisión; la cual está constituida por sacerdotes elegidos para tal misión de entre los formadores de Argentina y representan las distintas regiones: Pbro. Mauricio Larrosa del Seminario de Morón (presidente), Pbro. David Cabral del Seminario de Río Cuarto (vicepresidente), Pbro. Lionel López del Seminario de Paraná (delegado de le región Litoral, tesorero y referente anfitrión), Pbro. Andrés Vallejos del Seminario de Lomas de Zamora (delegado de la Región Bs. As. y secretario), Pbro. Daniel Lascano del Seminario de la Patagonia Comahue (delegado de esa región), Pbro. Alex Martínez del Seminario ambiental de Cruz del Eje (delegado de la región Centro), Pbro. Nelson Stañulis del Seminario de Posadas (delegado de la región NEA) y el Pbro. José Carbajal del Seminario de Jujuy (delegado de la región NOA).

Participaron 63 sacerdotes rectores, formadores y directores espirituales de 24 Seminarios del país. Además estuvieron presentes sacerdotes formadores del Seminario Nacional de Uruguay. El tema elegido para este año fue: “Formar en la docibilitas en contextos de incertidumbre”. Se procuró reflexionar sobre los modos más adecuados para preparar a los futuros pastores, de cara a vivir y ejercer el ministerio presbiteral en tiempos de fuertes cambios e interrogantes.  A través de distintos bloques, articulados por exposiciones y trabajos en grupos, tres expositores ofrecieron elementos de gran relevancia:

-    Dra. María Pilar García Bossio: socióloga que ha investigado sobre los seminaristas argentinos y la perspectiva de los formadores, brindó una mirada esperanzadora sobre el origen y los rasgos de los actuales seminaristas como también de las características de los procesos de acompañamiento integral que ofrecen hoy las Casas de formación.

-    Pbro. Esteban Madrid Páez: sacerdote de Paraná, recientemente doctorado en teología, que trabajó sobre la crisis y la incertidumbre desde una perspectiva teológica.

-    Lic. Stella Maris Romero: como psicopedagoga, mostró los hallazgos que, desde las Ciencias de la Educación, se han realizado sobre la formación en contextos de incertidumbre y brindó herramientas para adecuar los procesos formativos según las características de los formandos y los nuevos desafíos sociales y eclesiales.

Además, hubo espacio para el intercambio de experiencias y recursos como también talleres sobre temas relevantes para la formación sacerdotal hoy: la entrevista formativa, la dimensión pastoral y su articulación, las redes y las nuevas tecnologías en la formación y el acompañamiento espiritual.

La celebración de la Eucaristía, la Liturgia de las Horas y la adoración al Santísimo constituyeron los momentos más destacados de la espiritualidad del Encuentro. El Arzobispo de Paraná, Mons. Raúl Martín, presidió la Misa del primer día. Asimismo, participaron de las distintas jornadas Mons. Damián Nannini (Obispo de San Miguel y presidente de la Comisión de Ministerios de la Conferencia Episcopal Argentina -CEMIN-), Mons. Roberto Ferrari (obispo auxiliar de Tucumán) y Mons. Eduardo Redondo (obispo auxiliar de Quilmes), ambos miembros de la CEMIN, y Mons. Sergio Bosco, rector del Seminario de Rio Cuarto y obispo auxiliar electo de la misma diócesis.

La recreación y el esparcimiento incluyeron una visita por lugares significativos de Paraná y alrededores. Finalmente se procedió a votar el tema, la fecha y el lugar del próximo encuentro: se realizará en el Seminario de Azul (provincia de Buenos Aires), del 1 al 5 de febrero de 2027 y girará en torno a la renovación sinodal y misionera de los Seminarios.


El corazón del ministerio sacerdotal


OSLAM



En un momento en que la Iglesia navega por aguas marcadas por la transformación cultural, las heridas del pasado y la urgente necesidad de renovación, el Papa León XIV ha publicado la Carta Apostólica Una fidelidad que genera futuro, con motivo del sexagésimo aniversario de los decretos conciliares Optatam totius y Presbyterorum ordinis. Este texto no es solo una conmemoración histórica, sino una llamada profunda y urgente a revitalizar el ministerio sacerdotal desde sus raíces evangélicas.


Fidelidad: no solo como lealtad, sino como fecundidad

El título mismo del documento revela su núcleo: la fidelidad no es mera lealtad al pasado, sino una fuente viva que engendra futuro. El Santo Padre insiste en que “no celebramos un aniversario de papel”, sino que los decretos del Concilio Vaticano II conservan “una gran frescura y actualidad”. La fidelidad al sacerdocio es, ante todo, fidelidad a Cristo, cuya voz sigue llamando hoy: “Ven y sígueme”.


Esta fidelidad se vive como un camino cotidiano de conversión, sustentado en la oración, la Eucaristía, la Palabra de Dios y la fraternidad. El Papa recuerda que cada día el sacerdote debe volver al lago de Galilea, donde Jesús le pregunta: “¿Me amas?” (Jn 21,15). Es en esa repetida respuesta de amor donde se renueva la identidad ministerial.


Formación permanente: más allá del seminario

Uno de los acentos más destacados es la formación permanente. León XIV subraya que la formación sacerdotal “no se detiene en el tiempo del seminario”, sino que debe ser un dinamismo continuo que abarque lo humano, espiritual, intelectual y pastoral. En este sentido, celebra iniciativas como el reciente Congreso para la formación permanente de los sacerdotes (febrero de 2024), que reunió a más de 800 responsables de 80 países.


Ante las crisis recientes —especialmente los abusos cometidos por miembros del clero—, el Papa enfatiza que la formación integral es una urgencia pastoral. No basta con la preparación intelectual: se requiere madurez humana, afectiva y espiritual. “El seminario debe ser una escuela de los afectos”, afirma, invitando a los futuros sacerdotes a transfigurar toda su humanidad en la lógica del grano de trigo que muere para dar fruto (Jn 12,24).


Fraternidad presbiteral: don y tarea

El documento recupera con fuerza el ideal del presbiterio como comunidad fraterna. Lejos del individualismo pastoral, el Concilio enseñó que “ningún pastor existe por sí solo”. Los sacerdotes están unidos no solo por una misión común, sino por un vínculo sacramental que los constituye en “hermanos entre hermanos”.


El Papa denuncia realidades que rompen esta comunión: la desigualdad económica entre presbíteros, la falta de atención a los ancianos o enfermos, y la soledad que afecta a muchos en contextos de secularización. Frente a ello, exhorta a promover formas reales de vida en común, donde se cultive la espiritualidad, se comparta el ministerio y se prevengan los peligros del aislamiento.


Sinodalidad: un nuevo estilo de ser Iglesia

La Carta se inscribe decididamente en la dinámica del camino sinodal. León XIV invita a los sacerdotes a “abrir el corazón” a los procesos sinodales, superando modelos de liderazgo centrados únicamente en la figura del presbítero. En una Iglesia sinodal, el ministerio ordenado se ejerce en comunión con los laicos, los diáconos y el obispo, valorizando los carismas de todos los bautizados.


“La configuración con Cristo Cabeza no implica una exaltación que lo coloque por encima del resto”, recuerda citando a Evangelii gaudium. El sacerdote, en lugar de ser un “jefe”, es un servidor que escucha, acompaña y promueve la participación de todo el Pueblo de Dios.


Misión: salir de sí para encontrar la identidad

Quizá una de las frases más impactantes del documento es esta: “Si no sales de ti mismo, el óleo se vuelve rancio y la unción no puede ser fecunda”. La identidad sacerdotal no se encuentra en la introspección, sino en la misión. El presbítero es “para” —para Cristo, para la Iglesia, para los hermanos— y su alegría nace del don de sí.


El Papa advierte contra dos tentaciones contemporáneas: el eficientismo (medir el valor por la productividad) y el quietismo (refugiarse en la inacción por miedo al mundo). La respuesta es la caridad pastoral, ese amor del Buen Pastor que une contemplación y acción, y que impulsa a evangelizar todas las dimensiones de la vida: la cultura, la economía, la política.


Mirando al futuro con esperanza

El documento concluye con un llamado a la oración y al compromiso vocacional. Ante la escasez de vocaciones en muchas regiones, el Papa insta a crear “ambientes impregnados del Evangelio” donde los jóvenes puedan descubrir la belleza de entregarse totalmente a Cristo y a su Iglesia.


“¡No hay futuro sin el cuidado de todas las vocaciones!”, escribe con urgencia pastoral. Y concluye con una hermosa cita del Cura de Ars: “El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”.


En un mundo sediento de autenticidad, comunión y esperanza, esta Carta Apostólica no solo ilumina el camino de los sacerdotes, sino que invita a toda la Iglesia a caminar junta, sostenida por una fidelidad que —lejos de encerrar en el pasado— abre horizontes nuevos para el anuncio del Evangelio.

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